Después de los intensos acontecimientos en la universidad, los días posteriores parecieron desvanecerse en una neblina de rutina y monotonía. Las horas se deslizaron sin dejar huella, y cada día se fundió con el siguiente en una sucesión indiferenciada de actividades y obligaciones. Llegó el domingo por la noche, y con él, un cansancio que parecía haberse acumulado a lo largo de la semana entera. Al regresar a casa, el saludo a mis padres fue breve, apenas un murmullo cansado que apenas traspasó mis labios fatigados. Les informé que no tenia apetito para cenar, recordándoles que había compartido una comida con mis amigos. Sin esperar respuesta, me encaminé directamente hacia mi habitación. El ambiente acogedor de mi cuarto me envolvió al instante, ofreciendo un refugio tranquilo del bull

