La mañana se desplegaba en todo su esplendor, con la luz del sol filtrándose por la ventana y llenando la habitación de un resplandor cálido y reconfortante. Estaba acostado en la cama, disfrutando del momento de tranquilidad, mientras mi mente divagaba en pensamientos felices. De repente, mi celular vibró, sacándome de mi ensoñación. Al revisar el mensaje, vi que era de Joaquín, confirmando los planes para esta noche. Sentí un alivio inmediato; no quería perder lo más hermoso que acababa de encontrar. En ese instante, comprendí que mi padre tenía razón: había encontrado la razón de mi vivir. Minutos después, Victoria salió de la ducha, envuelta en una toalla, con una expresión de preocupación en su rostro. Me incorporé, preocupado. —¿Qué pasa, amor? pregunté, mi voz llena de curiosidad

