Erick entró a su oficina con el ceño fruncido y el ritmo de su respiración apenas contenido. Cerró la puerta tras él y Nicolás, su hermano menor y vicepresidente de la empresa, lo siguió con una expresión mezcla de confusión y diversión.
—Ok, ahora sí dime qué demonios pasa. ¿Desde cuándo sales corriendo detrás de las candidatas a asistente?
Erick soltó un largo suspiro, se dejó caer sobre su silla y se pasó ambas manos por el rostro.
—No lo vas a creer.
—Inténtalo —dijo Nicolás, dejándose caer sobre uno de los sillones frente al escritorio—. Con todo lo que he visto en esta empresa, ya nada me sorprende.
Erick levantó la mirada, con los ojos aún cargados de incertidumbre.
—Era ella...
—¿Quién?
—La mujer del bar. Aquella noche… hace cinco años.
Nicolás alzó ambas cejas. Por un segundo, la burla desapareció de su rostro.
—¿La misteriosa dama?
Erick frunció el ceño, molesto por el apodo.
—Te he dicho que no me gusta que le llames así.
—¿Y cómo quieres que le diga si nunca supimos su nombre?
Erick no respondió de inmediato. Se quedó en silencio unos segundos, como si intentara encajar las piezas de un rompecabezas borroso.
—Creo que es ella... No estoy completamente seguro, pero... su voz, su forma de moverse, la mirada... hay algo en ella que me llevó directo a esa noche. Y luego vi el tatuaje.
—¿Tatuaje?
—Una mariposa... diminuta, en la muñeca. Lo noté cuando me dio la mano para despedirse. Exactamente igual al que vi aquella noche, cuando tomé su brazo.
Nicolás se inclinó hacia adelante, ahora interesado de verdad.
—¿Y ella te reconoció?
—No lo sé. Parecía confundida cuando le mencioné la gala benéfica. Respondió con seguridad, pero... sus ojos me decían otra cosa.
—¿Qué te dijo exactamente?
—“Creo que me confunde con alguien más.” Y técnicamente no mentía. En aquel entonces no fue en una gala donde nos conocimos, sino en un bar, en medio de una noche que todavía no logro olvidar.
—Pero ¿estás seguro? Han pasado años, muchas mujeres, muchos rostros...
—Ninguno como el de ella —dijo Erick, con voz baja pero firme—. ¿Sabes cuántas veces he intentado olvidarla? Cuántas veces me he convencido de que solo fue una noche y ya… Pero ella sigue apareciendo. En mis sueños, en mi mente. He intentado reemplazarla, buscar esa conexión en otras personas y... no se compara. No hay nadie que me haya hecho sentir lo que sentí con ella.
Nicolás se cruzó de brazos y lo miró con una mezcla de escepticismo y comprensión.
—Y ahora crees que trabaja en esta empresa... que se postuló como tu asistente.
—No lo creo. Lo sé. Algo en mí lo sabe. Y si hay una mínima posibilidad... no voy a dejar que desaparezca otra vez sin entender qué pasó aquella noche.
—¿Y si solo se parece? ¿Si es una coincidencia?
—¿Coincidencia que tenga el mismo tatuaje? ¿La misma mirada? No, Nico. No lo creo. Aunque ella parezca no recordarme.
—O tal vez finge... Nunca se sabe.
Erick apretó la mandíbula. La idea no le agradaba, pero no podía descartarla.
—Puede ser. Tal vez fingió no saber quién soy... o tal vez simplemente me olvidó.
—Dudo que alguien olvide una noche con el gran Erick Black —bromeó su hermano.
—No es gracioso.
—Lo sé. Pero es raro verte así por una mujer después de tanto tiempo. Pensé que ya la habías dejado en el pasado.
—Créeme, yo también lo pensé. Pero ahora que volvió a aparecer en mi vida... no voy a ignorarlo.
Erick se levantó de su asiento y se acercó a su escritorio. Tomó su celular y buscó su nombre en internet: *Belén Ferrer*. A los pocos segundos, los resultados empezaron a aparecer. Era escritora. Una bastante conocida dentro de ciertos círculos literarios.
—Mira esto —le dijo a su hermano mientras le mostraba la pantalla—. Tiene varias publicaciones... novelas románticas, algunas con contenido bastante... exótico.
Nicolás soltó una risita.
—Vaya, vaya... ¿así que tu misteriosa dama también tiene su lado oscuro?
—Cállate —gruñó Erick, aunque no pudo evitar sonreír apenas.
Justo cuando estaba por comprar uno de sus libros, su celular vibró con una llamada entrante. Era su secretaria.
—¿Señor Black? Le llamo para informarle que la siguiente candidata para el puesto ya está lista. ¿Desea que la haga pasar?
Erick miró la pantalla del teléfono por un momento, pensativo. Luego lo llevó a su oído y dijo:
—No. Cancele las entrevistas restantes.
—¿Disculpe?
—Avise a recursos humanos que Belén Ferrer tiene el puesto.
—¿Está seguro?
—Más que nunca. Gracias.
Y colgó.
Nicolás lo miraba con los brazos cruzados.
—¿Ni siquiera vas a entrevistar a las otras?
—No necesito hacerlo. Belén cumple con todos los requisitos. Tiene preparación, experiencia, y... —hizo una pausa breve, antes de admitir— necesito tenerla cerca. Saber quién es en realidad. Por qué desapareció aquella vez. Si me recuerda.
—O si solo está jugando contigo...
—Lo descubriré. Pero esta vez no voy a dejar que se me escape.
Nicolás lo miró con una mezcla de ironía y preocupación.
—Bueno, parece que será interesante ver cómo te las arreglas trabajando día a día con la mujer que no has logrado olvidar en cinco años.
—No va a ser fácil.
—Ni un poco.
—Pero valdrá la pena.
Erick volvió a sentarse en su silla. Por primera vez en años, sintió algo parecido a esperanza. Quizá esa noche no fue un simple desliz del destino. Quizá, después de todo, esta vez tendría una segunda oportunidad para descubrir la verdad.
Y no pensaba desaprovecharla.