capítulo 8

1045 Palabras
El sonido de una notificación interrumpió la concentración de Belén. Estaba en su pequeño departamento, acomodando su escritorio con libros y cuadernos cuando leyó el remitente en la pantalla de su laptop: Recursos Humanos. Con manos algo temblorosas y el corazón acelerado, abrió el mensaje. "Estimada Belén Ferrer: Nos complace informarle que ha sido seleccionada para el puesto de Asistente Ejecutiva en el área de dirección. Su incorporación será inmediata. Por favor, preséntese el lunes a las 8:00 a.m. en la recepción del piso 18. Atentamente, Departamento de Recursos Humanos." Su boca se entreabrió y por un instante no supo si gritar o llorar. Apretó los labios, se inclinó hacia atrás en la silla y tomó el celular sin pensarlo dos veces. —¡Sofía! —dijo apenas su amiga atendió—. ¡Me contrataron! ¡Me contrataron en Black Enterprises! —¿Qué? ¿Hablas en serio? ¡Grita, por Dios, grita! —respondió Sofía entre carcajadas—. Belén, ¡es el momento! Sabía que te tomarían en serio, aunque llegaras vestida como bibliotecaria deprimida. —Oye… tampoco exageres. Me veía profesional —respondió entre risas. —Profesional y virgen del siglo XIX —bromeó Sofía—. Belén, por favor… ahora que te tomaron en serio, necesitamos que alguien te tome en *otro* sentido. Belén se llevó la mano a la frente. —No empieces con tus teorías de “seducción en la oficina”. No fue por eso que me contrataron. —No, claro que no, te contrataron por tu inteligencia, tus estudios, y… *la forma en que te ves sin gafas*. —Hubo una pausa traviesa—. Mira, amiga, si vamos a conquistar a ese hombre, vestida de monja no lo vamos a lograr. —¡Sofía! —¡Estoy siendo objetiva! —se defendió con tono juguetón—. ¿Quieres llegar el lunes con esa falda recta y camisa de botones hasta el cuello? No, Belén. Este fin de semana nos vamos de compras. Punto. —No tengo dinero para andar de compras, Sofía. Apenas voy a empezar a trabajar... —Yo invito —interrumpió ella, firme—. Consideralo mi regalo de buena suerte… y como inversión en tu autoestima. Sofía era así. Extrovertida, coqueta, descarada y siempre segura de sí misma. Había sido su amiga desde la universidad y no perdía oportunidad para recordarle a Belén que esconderse tras ropa holgada, peinados estrictos y gafas enormes era un desperdicio. En cambio, ella llevaba faldas ajustadas, tacones y maquillaje impecable incluso para ir al supermercado. Esa misma tarde, Sofía se presentó en el departamento de Belén con una maleta vacía —literalmente— lista para llenarla de ropa nueva. —Primero el shopping, luego el salón. Vas a parecer otra mujer, te lo prometo. —¿Y si no quiero parecer otra mujer? —bromeó Belén, siguiéndola con resignación. —Entonces seguís siendo una diosa escondida, y yo estoy aquí para sacarte del monasterio. Pasaron horas entre percheros, probadores, risas y discusiones sobre escotes y telas. Sofía eligió blusas entalladas, pantalones que marcaban la figura sin caer en la vulgaridad, vestidos que podían lucirse con un blazer y tacos que desafiaban la costumbre de Belén por los mocasines. A cada prenda, ella se resistía con argumentos prácticos, y Sofía respondía con ojos en blanco y frases como: “No estás comprando uniformes de enfermera”. Cuando llegaron al salón de belleza, Belén protestó una vez más. —Mi cabello está bien. —Tu cabello está escondido en una cárcel. Tiene rulos divinos, pero siempre lo llevas atado como si fueras profesora de química. Te juro que ni te van a reconocer. Un par de reflejos y un corte en capas. ¿Confías en mí? La verdad era que sí. Una hora más tarde, su cabello caía suelto, sedoso, con un leve brillo dorado que iluminaba su rostro. Las cejas estaban prolijamente perfiladas y su rostro limpio de maquillaje se veía fresco. Cuando se miró en el espejo, se quedó en silencio. —Wow… —musitó. —Lo sé. Estás buenísima. Lo único que te faltaba era creerlo. Sofía la abrazó desde atrás y ambas sonrieron, emocionadas. —Gracias —susurró Belén—. Por empujarme. Siempre. —Para eso estamos las mejores amigas. Para decirte que eres hermosa, y también para decirte cuándo necesitas más push-up y menos cuello cerrado. Rieron juntas todo el camino de regreso. Belén no recordaba cuándo había disfrutado tanto de un día así. Tal vez, porque por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba empezando de nuevo… y con una imagen que por fin se atrevía a mostrar. *** Lunes. Siete y treinta de la mañana. El sol apenas brillaba entre las torres de cristal, pero el vestíbulo del edificio de Black Enterprises ya estaba en movimiento. Belén caminó con paso firme, vestida con un conjunto de falda lápiz color marfil y blusa blanca de seda, cabello suelto, gafas más modernas y tacones medios que aún no terminaba de dominar. Llevaba un bolso estructurado y el corazón latiendo con fuerza bajo la piel. —Buenos días, soy Belén Ferrer —dijo a la recepcionista—. Vengo a comenzar en el puesto de Asistente Ejecutiva. —Perfecto, señorita Ferrer. Su acceso está autorizado. Tome este pase y suba por el ascensor directo al piso dieciocho. Cada número que ascendía en la pantalla digital del elevador parecía contar también los latidos de su corazón. Cuando las puertas se abrieron, respiró profundo y avanzó. Frente a ella, un pasillo elegante conducía a una oficina de vidrio donde la esperaba nada menos que… **Él**. Erick Black estaba de pie, mirando por la ventana con una taza de café en la mano. Vestía un traje oscuro, perfectamente ajustado, y al girarse hacia ella, sus ojos se detuvieron en los suyos con una intensidad que hizo que el tiempo se congelara un segundo. —Señorita Ferrer —dijo con voz profunda—. Bienvenida. Belén tragó saliva, enderezó la espalda y esbozó una sonrisa. —Gracias. Es un honor estar aquí. Pero en el fondo, algo crujía entre los recuerdos. Como si esa mirada no le fuera del todo ajena. Como si el pasado, disfrazado de un nuevo comienzo… estuviera por regresar.
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