capítulo 9

960 Palabras
Erick le indicó con un leve gesto que pasara a su oficina, sin apartar la mirada de ella mientras lo hacía. Había algo distinto en Belén Ferrer esa mañana. La mujer tímida, casi austera, que había entrevistado días atrás, ahora caminaba con seguridad, el cabello suelto acariciando sus hombros y su figura sutilmente acentuada por la ropa, sin caer en la exageración. "Definitivamente no había olvidado cómo dejar sin aliento a un hombre", pensó, cerrando la puerta tras ella. —Tome asiento, por favor —indicó con un tono que intentó mantener neutral. Belén obedeció y colocó su bolso con delicadeza junto a la silla. Tenía el corazón acelerado, pero su rostro no lo demostraba. Era la primera vez que se enfrentaba a un jefe tan intimidante… y tan inquietantemente familiar. Había algo en la forma en que la miraba. Algo en sus ojos oscuros, en esa voz profunda que provocaba ecos en lugares que prefería ignorar. —Su jornada comenzará a las ocho en punto cada día —dijo Erick, sentándose frente a ella—. Habrá ocasiones en las que necesite que se quede hasta tarde o que me acompañe a reuniones, así que espero flexibilidad. —Por supuesto. No tengo problema con eso —respondió con firmeza. —Perfecto. Mi secretaria le entregará una carpeta con el cronograma de esta semana. También quiero que tenga acceso directo a mi agenda personal. Erick hablaba con tono profesional, pero no podía evitar observar cada pequeño gesto de ella. Cómo pasaba el pulgar por el borde del cuaderno que había traído, cómo, de vez en cuando, se mordía apenas el labio inferior. Detalles que recordaba más de lo que le gustaría admitir. "¿Será posible que no me recuerde?" pensó con frustración contenida. "¿Una noche tan intensa, tan marcada en mi memoria, simplemente se desvaneció para ella?" —¿Tiene alguna pregunta hasta aquí? —preguntó, cruzando los brazos mientras se recostaba en la silla. Belén alzó la mirada, firme. —No, señor Black. Todo está claro por ahora. "Señor Black." La forma en que pronunciaba su nombre encendía una punzada de deseo mezclado con irritación. Esa mujer lo estaba volviendo loco. Y no podía presionarla. No todavía. Tenía que averiguar por sí mismo si fingía... o si realmente no lo recordaba. —Muy bien. Entonces acompáñeme, le presentaré al resto del equipo. Caminaron juntos por el amplio piso ejecutivo. Erick la presentó uno a uno: a su secretaria personal, a los jefes de comunicación, finanzas, marketing... Belén escuchaba con atención, tomando nota mental de cada nombre y detalle. Su expresión era serena, segura, su comportamiento impecable. Pero detrás de sus gafas modernas, algo en ella titilaba. Un recuerdo enterrado… o tal vez una sospecha que aún no terminaba de aflorar. Cuando regresaron a la oficina, la secretaria le entregó una carpeta con los lineamientos generales, una tablet corporativa, y le mostró su escritorio: justo frente a la puerta del despacho de Erick. —¿Todo en orden? —preguntó él, deteniéndose en el marco de la puerta mientras ella se acomodaba. —Sí, gracias. El equipo fue muy amable. Erick asintió y regresó a su lugar. Cerró la puerta, pero la dejó entreabierta. Se quedó en silencio un momento, observando su reflejo en el ventanal. Luego, sin resistirse más, volvió a su escritorio, abrió su laptop y tecleó su nombre en el buscador: Belén Ferrer. Quería saber más. Todo. Sus novelas eran sensuales, cargadas de emociones intensas, encuentros prohibidos, protagonistas que se debatían entre el deber y el deseo. Empezó a leer fragmentos, y en más de uno sintió que las palabras parecían salidas de su propia historia. “Nunca supe su nombre, pero su voz se me quedó en el pecho. Era como si el destino me la hubiese dado por una noche, solo para maldecirme con su ausencia por el resto de la vida.” Erick sintió que el aire se le detenía en los pulmones. Ese era él. Esa era su historia. "Entonces sí me recuerdas..." pensó. Pero ¿por qué fingir? Un suave golpe en la puerta lo sacó de su ensimismamiento. —¿Señor Black? —Adelante. No pudo seguir leyendo. Belén entró con unos documentos que debía firmar. Apagó rápidamente su portátil y se dispuso a trabajar con ella, aunque ese fragmento seguía vagando en su mente, como un eco constante. El día transcurrió largo, lleno de juntas y videollamadas. Cuando menos lo pensó, ya no quedaba nadie en la oficina. Belén seguía en su escritorio, revisando algunos papeles. Erick miró la hora: pasadas las siete de la tarde. Apagó todo, tomó su saco y salió de su oficina. —Señorita Ferrer, ¿qué hace aún aquí? Belén levantó la vista con una sonrisa. —Oh… me entretuve con algo de trabajo. Ya dejé todo organizado para mañana. Lo vi tan concentrado que no me animé a interrumpirlo. Erick asintió, aunque frunció el ceño. —No soy un explorador. Cuando llegue la hora de salida, siéntase libre de irse. —Entendido —respondió ella, tomando sus cosas. Caminaron en silencio hasta el ascensor. Al salir del edificio, Erick notó que llovía intensamente. Al verla sin paraguas y vestida algo ligera para el clima, no lo dudó. —¿Vive lejos? —¿Qué? —La llevo a su casa. Ya es tarde y parece que el cielo está a punto de venirse abajo. —No es necesario. Puedo tomar un taxi… —Yo la llevo. No me molesta. Belén dudó un instante, pero luego asintió con una leve sonrisa. —Gracias. Caminaron juntos hacia el estacionamiento, mientras la lluvia comenzaba a golpear con más fuerza el pavimento, marcando el inicio de una noche cargada de silencios… y preguntas sin respuesta.
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