El sonido de la lluvia golpeando el parabrisas creaba un ritmo constante, casi hipnótico. Erick conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando en la palanca de cambios, en silencio, pero no incómodo. Desde que Belén había subido al auto, el ambiente se había llenado de una tensión que ninguno de los dos parecía dispuesto a reconocer en voz alta.
Ella miraba por la ventana, las luces de la ciudad reflejadas en sus lentes. Sus labios se apretaban suavemente cada vez que el coche pasaba por un charco, como si con eso pudiera evitar cualquier movimiento repentino. No parecía nerviosa, solo… contenida.
—¿Le molesta la música? —preguntó él, rompiendo el silencio mientras encendía el estéreo a bajo volumen.
—No, en absoluto —respondió ella sin mirarlo, su voz suave y educada.
Durante unos segundos, una melodía instrumental llenó el auto, creando una especie de burbuja íntima entre ambos. Erick la observó de reojo. Había algo magnético en la forma en que Belén se perdía en sus pensamientos. Misteriosa. Casi inaccesible.
—¿Hace mucho que vive en esta ciudad? —preguntó con tono casual, sin soltar el volante.
—Unos meses. Me mudé por trabajo… y por una necesidad personal de empezar de cero.
—¿Y está resultando? —La pregunta parecía inocente, pero su tono tenía un matiz más profundo, casi inquisitivo.
Ella giró apenas la cabeza para mirarlo, aunque no sostuvo su mirada por mucho tiempo.
—A veces. No siempre es fácil soltar el pasado.
—No —coincidió él—. Pero a veces el pasado no te suelta a ti.
Belén bajó la mirada, como si aquellas palabras la hubiesen tocado más de lo que esperaba. Jugueteó un momento con el borde de su abrigo.
—¿Y usted? —preguntó con cautela—. ¿Siempre vivió aquí?
—No. Pero volví hace un tiempo, cuando la empresa me necesitó más cerca. Esta ciudad... tiene forma de círculo. Siempre te hace regresar al punto de partida, ¿no cree?
Ella sonrió apenas, ladeando el rostro.
—A veces creo que nunca nos fuimos realmente.
Una gota más de tensión cayó en esa burbuja de cristal.
Erick se obligó a volver la mirada al frente. No podía seguir ese hilo. No ahora.
—¿Qué le llevó a escribir? —preguntó de pronto, como si la curiosidad lo hubiera vencido sin previo aviso—. Me comentaron que publicó varias novelas… ¿siempre quiso dedicarse a eso?
Belén lo miró de inmediato, esta vez con cierta alarma en la mirada.
Él disimuló con elegancia.
—Mi secretaria me mencionó que sus novelas son muy conocidas. Estábamos revisando su perfil profesional. No fue difícil de encontrar.
Belén entrecerró ligeramente los ojos, como si no terminara de creerle, pero no insistió. Se limitó a volver la vista al parabrisas, donde la lluvia no cesaba.
—No creo que el género que escribo sea de su interés.
Erick sonrió con suavidad, manteniendo la vista en el camino.
—Podría sorprenderse.
—Dudo que lo haga. Escribo novelas eróticas —declaró sin rodeos, sin titubeos—. Muy gráficas. Muy emocionales. Con protagonistas que hacen y deshacen su vida entre sábanas y decisiones que nadie entiende. No son para todos.
Erick volvió apenas el rostro hacia ella, sorprendido por su honestidad cruda… y también por el recuerdo que esas palabras despertaron.
Sus mejillas encendidas.
Su mirada dulce y vulnerable.
La manera en que lo había seguido aquella noche con una obediencia que no era sumisión ciega, sino curiosidad entregada. Sed de aprender. Hambre de ser descubierta.
Recordó cómo había temblado bajo su toque. Cómo se aferró a él cuando la noche se convirtió en un susurro largo entre pieles y jadeos. Ella había querido aprender… y él le había enseñado con paciencia y deseo.
Su cuerpo reaccionó al recuerdo de forma automática. Un escalofrío le recorrió la espalda, haciéndolo apretar la mandíbula con fuerza. Respiró hondo. No. No ahora.
—Ya veo… —dijo finalmente, controlando su voz—. Pues debe irle muy bien. Vivir en esa zona no es para cualquiera.
Belén frunció el ceño, extrañada.
—¿Qué zona?
Erick sonrió, girando a la izquierda.
—Esa calle que acaba de mencionar… Está justo detrás de la mía. Vivo apenas a un par de cuadras.
Ella lo miró, genuinamente sorprendida.
—¿En serio?
—En serio.
—Vaya… Qué coincidencia.
—¿Coincidencia? —repitió él, bajando un poco el tono de voz—. ya lo creo...
Belén entrecerró los ojos, analizándolo.
—¿Qué está insinuando, señor Black?
Erick sonrió, sin responder.
El silencio volvió a caer, pero esta vez estaba cargado de algo más denso, algo que se enredaba entre las palabras no dichas.
—¿Sabe? —murmuró ella, después de unos segundos—. No suelo decirle a nadie lo que escribo. Menos a mis jefes. Pero parece que usted tiene un talento especial para sacar secretos.
—¿Debería tomarlo como un cumplido?
—No estoy segura —contestó ella, ladeando la cabeza—. ¿Se siente halagado cuando la gente revela cosas que no quiere decir?
—Me siento intrigado —confesó él, girando por su calle—. Me gusta entender a las personas. Especialmente a las que llevan máscaras tan bien puestas.
—Tal vez no sea una máscara —susurró ella, sin mirarlo—. Tal vez así soy.
Erick frenó suavemente frente a una casa moderna, con luces cálidas en el porche. Ella reconoció la entrada de inmediato.
—Es aquí —dijo, soltando el cinturón.
Él apagó el motor, pero no se movió. La observó mientras ella reunía su bolso, colocándose bien la chaqueta.
—¿Siempre escribe sobre la misma persona? —preguntó en voz baja.
Ella se detuvo. El corazón le dio un pequeño vuelco.
—¿Cómo dice?
—En sus historias… ¿esa mujer que ama con desesperación, que huye y regresa… es siempre la misma?
Belén no respondió de inmediato. Sus dedos se tensaron alrededor de la manija de la puerta.
—A veces sí. A veces… solo hay una persona a la que uno no puede olvidar. Aunque todo lo demás cambie.
Erick sintió que su pecho se tensaba, como si sus propias palabras estuvieran siendo devueltas con una fuerza inesperada.
—Gracias por traerme —dijo ella, por fin.
—Gracias por dejarme —respondió él.
Cuando abrió la puerta, una ráfaga de lluvia fría se coló en el auto. Ella se despidió con una leve inclinación de cabeza y cruzó el jardín hasta su puerta. Antes de entrar, se volvió por un instante.
Erick aún estaba allí, en su auto, observándola.
El aire entre ellos vibraba, incluso a esa distancia.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Erick se recostó en el asiento y dejó escapar un suspiro largo.
Entonces sí me recuerdas… aunque no lo digas.
Encendió el motor. La lluvia seguía cayendo, pero ahora, lo único que golpeaba en su mente era el eco de su voz.
"Escribo sobre novelas eróticas."
Y lo que no había dicho… era que su mayor inspiración seguía estando a solo dos calles de distancia.