[POV Sofía]
Sus ojos están fijos en mis labios. Su respiración se mezcla con la mía mientras mis ojos lo escanean.
Todo mi cuerpo grita «sí». Cada terminación nerviosa de mi piel anhela cerrar ese centímetro de distancia y probarlo. Sé que besarlo sería como beber fuego, y Dios sabe que he tenido demasiado frío estos últimos meses.
Pero entonces, en medio de la niebla del deseo, un pensamiento intrusivo y brutal se abre paso en mi mente como un cuchillo afilado.
Veintiséis.
Liam tiene veintiséis años.
Jasper acaba de cumplir diecinueve.
El cálculo matemático golpea mi cerebro con la fuerza de una bofetada.
Siete años.
Solo hay siete años de diferencia entre el hombre que tengo enfrente, mirándome con deseo de hombre, y el niño al que le cambié los pañales, mi hijo, mi bebé.
La náusea regresa, más violenta que antes.
«¿Qué estoy haciendo?», me grita mi conciencia. «Por Dios, Sofía, podrías haber sido su niñera. Podría ser el amigo mayor de tu hijo.»
La imagen de Jasper se superpone a la de Liam.
Y luego, la realidad corporativa cae como una losa de concreto.
Él es mi jefe.
El dueño del imperio que me está dando de comer.
El hombre que tiene mi futuro en la palma de su mano.
Si cruzo esta línea... si dejo que esto pase... pierdo todo control. Me convierto en lo que Aston dijo: la empleada que se acuesta con el jefe. La mujer mayor que se aprovecha del muchacho.
El pánico me inunda. Un pánico frío, racional y aterrador.
Suelto su mano como si me quemara.
Liam parpadea, confundido por la ruptura repentina del contacto.
—¿Sofía? —susurra, dando un paso hacia mí, intentando recuperar el momento.
Pero yo retrocedo dos pasos rápidos, chocando mi espalda contra la pared de piedra de la terraza.
—No —digo, y mi voz sale estrangulada, llena de miedo—. No, no, no.
La confusión en el rostro de Liam se transforma en preocupación.
—¿Qué pasa? ¿Hice algo mal? Si fui demasiado rápido, yo...
—¡Todo esto está mal! —exclamo, abrazándome a mí misma, tratando de poner una barrera física entre nosotros—. Liam, por favor... míranos. Mira la realidad.
—La realidad es que me gustas —dice él, con esa franqueza desarmante que suele derribar mis defensas. Pero hoy no puedo permitirlo.
—¡Tengo cuarenta años! —suelto la verdad como un arma—. Tengo un hijo universitario, Liam. Mi hijo, Jasper, es solo siete años menor que tú. ¿Entiendes lo que eso significa?
Liam se queda quieto. Su expresión no cambia, no parece asqueado ni sorprendido, pero el dato flota en el aire entre nosotros, pesado y denso.
—A mí no me importan los números, Sofía —dice él, firme, intentando acercarse de nuevo.
—¡A mí sí! —retrocedo otra vez, al borde de las lágrimas—. A mí sí me importa. No puedo... no puedo hacer esto. Eres mi jefe. Eres un niño en comparación con mi vida, aunque seas un genio para los negocios. Tengo cicatrices que tú ni siquiera puedes imaginar.
Me tiemblan las manos. La magia de la noche, el vestido de seda, la música... todo se siente ahora como un disfraz ridículo. Soy una mujer de mediana edad jugando a la cenicienta con el príncipe heredero.
Es patético. Es peligroso.
Liam aprieta la mandíbula. Veo dolor en sus ojos. Veo que mi rechazo lo ha golpeado, pero mi instinto de supervivencia es más fuerte que su dolor.
—Sofía, no te escondas detrás de excusas —dice él, con voz tensa—. Lo que sentimos... esa conexión... no es un error.
—No lo sé —lo interrumpo, negando con la cabeza frenéticamente, sintiendo que me falta el aire—. No sé qué es esto, Liam. No sé si es admiración, soledad o locura. Pero sea lo que sea... es un error.
La palabra queda colgando en el silencio frío de la terraza.
Un error.
Veo cómo la luz se apaga en los ojos de Liam. Su postura se vuelve rígida, defensiva. El lobo ha sido rechazado y se está retirando detrás de sus muros de hielo.
—Si eso es lo que piensas —dice él, con voz gélida y distante, recuperando su máscara de CEO—, entonces no le quitaré más su tiempo, directora Campbell.
Ese título formal duele más que cualquier insulto.
Sin esperar respuesta, me doy la media vuelta y corro hacia las puertas de cristal.
Huyo.
Huyo de él. Huyo de la tentación. Huyo de la posibilidad de ser feliz porque el miedo a ser ridícula y a perder mi trabajo es más grande.
Cruzo el salón de baile con la cabeza gacha, ignorando la música y las risas. Salgo al vestíbulo del hotel y pido el primer taxi que veo.
Solo cuando estoy dentro del auto, en la oscuridad y el silencio, me permito soltar el aire que tenía contenido.
Miro por la ventanilla trasera, hacia el hotel iluminado donde dejé al único hombre que me ha hecho sentir viva en años.
—Es por mi bien —me susurro a mí misma, aunque las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, arruinando mi maquillaje perfecto—. Es por mi bien.
Pero mientras el taxi se aleja, el corazón me duele como si hubiera cometido el error más grande de mi vida.
.
[...]
.
Han pasado tres semanas desde la Gala. Tres semanas de invierno polar dentro de las oficinas de Blackwood Corp.
Liam ha cumplido su palabra. Es estrictamente profesional. Me envía correos cortos, asiente cuando me ve en los pasillos y no me dirige la palabra a menos que sea vital para la empresa.
Me duele. Me duele más de lo que quiero admitir. Extraño al hombre que me abrazó en la terraza, pero me repito mil veces al día que es lo mejor.
Estoy revisando unos contratos en mi oficina, con la puerta entreabierta, cuando entra Derek, uno de los gerentes de contabilidad. Es un tipo de treinta y tantos, atractivo de una forma genérica y con demasiada confianza en sí mismo.
—Toc, toc —dice, entrando sin invitación y sentándose en el borde de mi escritorio. Invadiendo mi espacio.
Levanto la vista, fastidiada.
—¿Necesitas algo, Derek? Estoy ocupada con el reporte trimestral.
Él sonríe, una sonrisa de lado que supongo él cree que es encantadora.
—Solo venía a ver cómo estaba la mujer más trabajadora del piso. —Se inclina hacia mí, bajando la voz—. Se nota que el ambiente está tenso, ¿no? El Rey de Hielo te tiene trabajando como esclava últimamente.
Me tenso. Odio que le llamen así.
—El señor Blackwood es exigente, Derek. Eso es todo.
Derek suelta una risa burlona.
—Vamos, Sofía. Aquí entre nos... se nota que ya se aburrió de tenerte 24/7 para él. Ya sabes cómo es Liam. Juega con un juguete nuevo, se obsesiona y luego... puf, al congelador. —Me guiña un ojo—. Pero no te preocupes. A algunos nos gustan las mujeres con experiencia.
Siento una oleada de asco subirme por la garganta.
—Sal de mi oficina. Ahora.
Derek no se mueve. Al contrario, se pone de pie y camina alrededor del escritorio hasta quedar a mi lado. Me levanto de la silla para poner distancia, pero quedo acorralada entre él y el archivero.
—No te hagas la difícil —dice, invadiendo mi espacio personal. Huele a colonia barata y a arrogancia—. Sé que estás sola. Sé que necesitas a alguien que te trate bien, no como a una empleada más.
—¡Dije que te largues! —exclamo, intentando empujarlo.
Pero él me agarra de las muñecas.
—Vamos, dame una oportunidad. Solo un beso y vas a ver que soy mejor que el témpano de hielo de allá afuera...
Se inclina hacia mí, forzando la situación. Intento girar la cara, forcejeo, pero es más fuerte. Siento sus labios húmedos rozando mi mejilla y el pánico se apodera de mí.
—¡Suéltame! —grito.
De repente, la puerta de mi oficina se abre de golpe, golpeando la pared con un estruendo que hace vibrar los vidrios.
Derek se separa de mí sobresaltado.
Miro hacia la entrada y se me hiela la sangre.
Liam está ahí.
Pero no es el CEO frío de las últimas semanas. Es una bestia.
Tiene los ojos inyectados en sangre, el pecho agitado y los puños apretados tan fuerte que los nudillos están blancos. Irradia una violencia pura, asesina.
—¿Qué... demonios... está pasando aquí? —ruge Liam. Su voz es un trueno bajo y peligroso.
Derek, el idiota, intenta sonreír nervioso, levantando las manos.
—Hey, jefe. Tranquilo. Solo estábamos...
—¡Te vi tocarla! —El grito de Liam es aterrador.
En dos zancadas, Liam cruza la oficina.
Es puro movimiento y furia.
Derek ni siquiera tiene tiempo de reaccionar. Liam lo agarra de las solapas del saco, lo levanta casi en vilo y lo estampa contra la pared contraria. Los cuadros se caen al suelo.
—¡Liam, no! —grito, corriendo hacia ellos.
Pero Liam está ciego.
—¡¿Quién te dio permiso de ponerle una mano encima?! —brama Liam, y antes de que Derek pueda balbucear una excusa, Liam suelta un derechazo brutal.
CRACK.
El sonido del puño de Liam impactando la mandíbula de Derek resuena en toda la habitación. Derek cae al suelo como un saco de papas, gimiendo, con el labio partido y sangre en la barbilla.
Liam se queda de pie sobre él, respirando como un toro, listo para patearlo.
—¡Lárgate! —grita Liam, señalando la puerta con un dedo tembloroso—. ¡Estás despedido! ¡Si vuelvo a verte en este edificio te mato! ¡FUERA!
Derek, aterrorizado, se levanta a duras penas, agarrándose la cara, y sale corriendo de la oficina sin mirar atrás.
Nos quedamos solos.
El silencio que sigue es ensordecedor solo roto por el portazo que da Liam para cerrar la puerta y separarnos del mundo externo.
Aquí solo se escucha la respiración irregular y ronca de Liam. Se pasa una mano por el cabello, desordenándolo, caminando de un lado a otro como un león enjaulado. Tiembla de pura adrenalina.
—Liam... —susurro, acercándome con cautela. Tengo miedo, pero no de él. Tengo miedo por él. Nunca lo había visto perder el control así.
Él se detiene y se gira hacia mí. Sus ojos siguen oscuros, salvajes. Me escanea frenéticamente, buscando heridas.
—¿Te hizo algo? —pregunta con voz ronca—. ¿Te lastimó? Juro por Dios que voy a buscarlo y...
—Estoy bien, Liam. Estoy bien —digo suavemente, llegando hasta él. Pongo mis manos sobre su pecho, sobre la camisa blanca que sube y baja violentamente por su respiración—. Cálmate. Por favor. Te estás lastimando la mano.
Miro sus nudillos. Están rojos y lastimados por el golpe.
Él no mira su mano. Me mira a mí. Su mirada baja a mis labios, luego sube a mis ojos con una intensidad que me quema.
La "Guerra Fría" se ha acabado. El muro de hielo se derritió con el fuego de su ira.
—No pude soportarlo —confiesa, su voz rompiéndose—. Verte con él... pensar que él te tocó... Sofía, me está volviendo loco.
—Shhh, ya pasó —intento calmarlo, acariciando su pecho.
Pero la cercanía es demasiada. La adrenalina de la violencia se está transformando en otra cosa. En deseo. En necesidad urgente.
Liam me agarra de la cintura y me atrae hacia él con brusquedad, eliminando cualquier distancia.
—Me dijiste que era un error —gruñe, bajando la cabeza hasta que sus labios rozan los míos—. Dime que me detenga, Sofía, dímelo ahora o no voy a poder parar.
Mi mente grita «Es tu jefe, es joven, es peligroso».
Pero mi cuerpo, mi corazón y mi alma gritan más fuerte.
No digo nada. Solo lo miro, con los labios entreabiertos.
Liam toma mi silencio como la rendición que es.
Sus manos acunan mi rostro con fuerza y estrella su boca contra la mía.
No es un beso dulce. Es un beso hambriento, desesperado, posesivo. Es el beso de un hombre que ha estado muriendo de sed durante semanas.
Por un segundo, mi cerebro intenta resistirse. Pongo las manos en sus hombros para empujarlo levemente, por instinto, por miedo.
Pero él gruñe contra mi boca y profundiza el beso, su lengua buscando la mía, reclamándome.
Y yo me rompo.
El "no" se disuelve en mi garganta. Mis manos dejan de empujar y se aferran a su saco, jalándolo más hacia mí. Abro la boca y le correspondo con la misma furia, con la misma hambre.
Nos besamos como si el mundo se estuviera acabando afuera de esa oficina. Chocamos contra el escritorio. Caen papeles al suelo.
No nos importa.
En este momento no hay jefe, no hay empleada, no hay diferencia de edad.
Solo hay fuego.
Y nos estamos quemando vivos.