Precipicio (Parte 1)

1994 Palabras
[POV Sofía] ​El salón de baile del Hotel Plaza está bañado en luz dorada. Los candelabros de cristal del tamaño de coches pequeños cuelgan del techo, iluminando a la crema y nata de la ciudad. Hay diamantes, pieles y trajes de diseñador por donde se mire. ​Hace tres meses, yo habría entrado aquí temblando, buscando la salida de servicio. Hoy, entro del brazo de Liam Blackwood. ​Llevo un vestido de seda color verde esmeralda, de corte sirena, con un escote barco que deja mis hombros al descubierto pero mantiene la elegancia. No es el vestido de una jovencita que quiere enseñar piel; es el vestido de una mujer que sabe lo que vale. ​Siento la mano de Liam en mi espalda baja, guiándome entre la multitud. Su tacto es posesivo, firme. —Respira, Campbell —me susurra al oído, su aliento haciéndome cosquillas—. Eres la mujer más impresionante de este salón. Que no se te olvide. ​Le sonrío, agradecida, pero mi sonrisa se congela cuando veo que una figura se separa de un grupo de socialités y camina directamente hacia nosotros. ​Es una mujer espectacular. Alta, rubia platinada, con un vestido rojo sangre que parece pintado sobre su cuerpo perfecto. Se mueve con la gracia depredadora de una pantera. Su rostro es de portada de revista: ojos azules, labios carnosos y una expresión de dulzura que no llega a sus ojos. ​—¡Liam! —exclama ella, extendiendo los brazos. Su voz es melodiosa, encantadora. ​Liam se tensa a mi lado. Su mano en mi espalda se aprieta un poco. —Jennifer —saluda él, con un tono cortés pero gélido—. No sabía que estabas en la ciudad. ​—Acabo de llegar de Milán, cariño. No podía perderme la Gala de Invierno. —Jennifer Byron ignora el tono frío de Liam y le planta dos besos en las mejillas, demorándose un poco más de lo necesario, rozando su pecho con el de ella—. Te ves... delicioso, como siempre. El divorcio de mis padres me ha tenido fatal, necesitaba ver una cara amiga. ​Su mano "casualmente" se posa en la solapa del saco de Liam, marcando territorio. Es un movimiento de manual: Él fue mío y todavía tengo derechos. ​Entonces, sus ojos azules se posan en mí. Me escanea de arriba abajo en menos de un segundo. Veo el cálculo en su mirada. Veo cómo evalúa mi vestido, mi peinado, mi edad. Su sonrisa se ensancha, volviéndose condescendiente. ​—Oh, y traes compañía. Qué considerado de tu parte traer a tu equipo de trabajo, Liam. —Me extiende una mano lacia, como si esperara que se la besara—. Jennifer Byron. Encantada. Supongo que eres su nueva asistente ejecutiva. La anterior era un desastre, ¿verdad, Liam? ​Es un golpe maestro. En dos frases me ha llamado "empleada", "irrelevante" y ha insinuado que mi presencia aquí es caridad laboral. Además, su tono implica que yo soy la "señora mayor" eficiente que cuida al jefe. ​Siento la furia de Liam a mi lado. Él va a hablar. Va a defenderme. Pero yo le pongo una mano suave en el antebrazo, deteniéndolo. No. Esta batalla es mía. Ya no soy la mujer que llora por las esquinas. Soy la Directora de Estrategia. Y esta niña malcriada acaba de meterse con la loba equivocada. ​Tomo su mano con firmeza, aprieto un poco más de lo que dicta el protocolo y le devuelvo la sonrisa. Una sonrisa de tiburón. ​—Un placer, señorita Byron —digo con voz aterciopelada y tranquila—. Pero creo que está un poco desactualizada. Soy Sofía Campbell, Directora de Estrategia Financiera de Blackwood Corp. Y de hecho, soy quien aprueba los presupuestos para este tipo de eventos. ​La sonrisa de Jennifer vacila un milímetro. —Oh... Directora. Vaya. No sabía que Liam estaba contratando... —hace una pausa, buscando la palabra hiriente— ...personal con tanta experiencia vital. Usualmente prefiere gente más... fresca para la imagen de la empresa. ​Ahí está. El insulto a la edad. Vieja. Liam da un paso adelante, sus ojos echando chispas, pero yo me río. Una risa suave, genuina, como si acabara de contar un chiste adorable. ​—Tiene razón, Jennifer. La "frescura" es encantadora para los catálogos de moda o para decorar fiestas —digo, mirándola con una dulzura maternal que sé que la está matando—. Pero cuando se trata de manejar un imperio multimillonario, Liam prefiere la inteligencia y la madurez. —Inclino la cabeza ligeramente—. Las "imágenes" se marchitan con los años, querida. Las estrategias perduran. ​El silencio que sigue es delicioso. Jennifer se queda con la boca ligeramente abierta. Su maquillaje perfecto no puede ocultar el rubor de ira que le sube por el cuello. La he llamado "adorno temporal" sin decir una sola mala palabra. ​Ella intenta recuperar el control, parpadeando rápido. —Bueno... supongo que alguien tiene que hacer los números aburridos mientras los demás disfrutamos la fiesta. ​—Exacto —respondo, rematando la jugada—. Disfrute la fiesta, señorita Byron. El champán es cortesía de mi departamento. Asegúrese de probarlo, es una cosecha excelente. ​Suelto su mano y me giro hacia Liam, ignorándola por completo, como si fuera una camarera más. —¿Vamos a saludar a los inversores japoneses, Liam? Creo que nos esperan. ​Liam me mira. Sus ojos no tienen furia ahora. Tienen asombro. Tienen un brillo oscuro, intenso, de pura fascinación. Me mira como si acabara de verme sacar una espada y cortar una cabeza limpiamente. ​—Vamos, Directora Campbell —dice, y su voz es ronca de orgullo. ​Me ofrece el brazo de nuevo. Pasamos junto a Jennifer, dejándola plantada en medio del salón, furiosa y sin palabras, con su vestido rojo y su veneno inútil. ​Mientras nos alejamos, Liam se inclina hacia mí, rozando mi oreja con sus labios. —Recuérdame nunca hacerte enojar, Sofía. Eso fue... letalmente sexy. ​Siento un escalofrío delicioso recorrerme la espalda. David me hizo sentir pequeña. Jennifer intentó hacerme sentir vieja. Pero esta noche, del brazo de Liam y con mi dignidad intacta, me siento gigante. Después de dejar a Jennifer Byron humillada con una copa de champán en la mano, Liam me guía hacia la pista de baile. La orquesta comienza a tocar un vals suave y melancólico. Liam pone una mano en mi cintura y toma la otra con firmeza. Sus movimientos son expertos, fluidos. A pesar de mi altura y mis tacones, él sigue siendo más alto, más grande, una presencia que me envuelve por completo. —Estuviste magnífica allá atrás —murmura, inclinando la cabeza para que solo yo pueda oírlo—. No solo eres una genio financiera, Sofía Campbell. Eres una estratega letal. —Tuve un buen maestro —respondo, mirándolo a los ojos, sintiéndome embriagada no por el alcohol, sino por la adrenalina y su cercanía. La música nos hace girar. Las luces doradas del salón se convierten en borrones a nuestro alrededor. Siento que pertenezco a este mundo de brillo y poder. Pero entonces, la expresión de Liam cambia. La sonrisa de orgullo se suaviza, dando paso a algo más profundo, más crudo. —Sabes... a veces me cuesta creer que eres la misma persona —dice, su voz bajando de tono, volviéndose más íntima—. La misma mujer que vi ese día en mi auto. Me tenso ligeramente. No me gusta recordar ese día y que él toque ese tema que hemos evadido exitosamente estos meses justo ahora me tensiona. —Liam, no... —Déjame terminar —insiste suavemente—. Cuando te vi en mi auto... estabas rota, Sofía. Estabas descendiendo al mismísimo infierno del dolor. Lo vi en tus ojos aunque nunca supe el motivo. Y verte ahora... —Sus ojos recorren mi rostro con una admiración que casi duele—. Es como ver a un Ave Fénix resurgir de sus propias cenizas. Eres el ser más resiliente que he conocido. Él cree que es el mayor cumplido. Y lo es. Pero sus palabras actúan como un detonador. «Descendiendo al infierno...» Mi mente viaja instantáneamente a ese momento. La oficina de David. Mi hermana Zoe riendo, mi esposo besando el vientre abultado de mi propia sangre. La traición doble. El asco. El dolor que casi me mata. La música del vals se distorsiona en mis oídos. El aire del salón se vuelve irrespirable. Siento náuseas. Tropiezo en pleno paso de baile. Liam me sostiene al instante, su agarre volviéndose preocupado. —¿Sofía? ¿Estás bien? Te pusiste pálida. —Yo... necesito aire —balbuceo, soltándome de él casi con brusquedad. No puedo mirarlo. No puedo dejar que vea el fantasma que acaba de invocar—. Disculpa. Me doy la vuelta y camino rápidamente hacia las puertas del balcón. Empujo las puertas de cristal y salgo a la terraza de piedra. El aire frío de la noche golpea mi rostro, ayudándome a respirar. Me aferro a la barandilla de piedra, mirando las luces de la ciudad abajo, intentando alejar la imagen de Zoe embarazada. «Soy fuerte. Soy fuerte. Soy fuerte,» me repito como un mantra. Escucho la puerta abrirse y cerrarse detrás de mí. Pasos firmes sobre la piedra. No necesito voltear para saber quién es. Liam se detiene a mi lado. No dice nada por un minuto, solo mira la ciudad conmigo. —Lo siento —dice finalmente. Su voz está llena de un arrepentimiento genuino—. Fui un idiota. No debí mencionar ese día. No quería... no quería traerte dolor. Niego con la cabeza, aún mirando al vacío. —No es tu culpa. Es solo que... hay heridas que nunca cierran del todo, Liam. No importa cuánto éxito tenga, no importa qué vestido lleve puesto. Esa mujer rota sigue viviendo dentro de mí. Siento que él se gira hacia mí. —Y eso es lo que te hace fascinante, Sofía. Me giro lentamente para enfrentarlo. La luz de la luna suaviza sus rasgos duros, haciéndolo parecer menos un lobo y más un hombre vulnerable. —A decir verdad —continúa, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal—, nunca había admirado a nadie como te admiro a ti. En mi mundo, la gente se rompe y se queda rota. O se vuelven seres que se protegen como yo. Levanta una mano lentamente y toma la mía, que sigue aferrada a la barandilla fría. Sus dedos se entrelazan con los míos. Su mano es cálida, grande, callosa. El contraste de temperatura me hace estremecer. —Pero tú... —Sus ojos miel se clavan en los míos, intensos, oscuros—. Verte cada día en la oficina, ver cómo tomas el control, cómo recuperas tu brillo... es fascinante para mí. Es como ver una flor hermosa y fuerte creciendo en medio de la primavera después de un invierno brutal. El cumplido es tan poético, tan inesperado viniendo del "Rey de Hielo", que me deja sin aliento. El silencio cae sobre la terraza. Pero ya no es un silencio de dolor o de incomodidad. El aire entre nosotros cambia, se vuelve denso, pesado. Miro nuestras manos entrelazadas sobre la piedra fría, luego subo la mirada a su boca, a la línea firme de su mandíbula, y finalmente a sus ojos. Él me está mirando de la misma manera. Ya no hay admiración profesional en su mirada. Ya no hay al "mentor" y la "protegida". Hay hambre. Hay un deseo crudo, sin filtros. Mi corazón empieza a latir con un ritmo peligroso. La atracción entre nosotros es una fuerza innegable, que tira de mí hacia él. Sé que él lo siente también. Lo veo en la forma en que su pulgar acaricia distraídamente el dorso de mi mano. Estamos al borde de un precipicio diferente.
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