Capítulo 2: Él

1756 Palabras
Dione Entramos al estacionamiento del hotel y al bajar, nos recibe un enorme conjunto de hombres armados, con caras de pocos amigos, pero vestidos con trajes a medida, eso sí. Sin preámbulos, nos hacen voltear hacia la camioneta, inspeccionando nuestros cuerpos y los bolsos. Esto no me gusta y se lo hago saber a Max con una mirada asesina, pero me ignora y sonríe cuando nos guían hacia uno de los ascensores. No me atrevo a hablar junto al hombre que tengo a mi lado, pero el gesto triunfal de Max al mirarme con la boca cerrada me cabrea cada vez más, porque debió advertirme sobre esto. —El Zar quiere verla antes de la presentación. —No, la reunión está pactada al finalizar —dice Manila, pero el mismo hombre que habló antes, la ignora e incluso gira hacia Max, como si yo tampoco existiera. —Este es un incentivo para complacerlo. —El señor músculos de concurso saca de su bolsillo una caja negra y larga. Distingo con facilidad el sello de mi joyería favorita. Sé lo que es y mis ojos se agrandan cuando Max extiende la mano. —Discúlpeme con él, por favor. —Lo detengo y vuelvo a introducir la caja en su bolsillo interno. Él me mira los labios con ansias y yo finjo no notarlo—. Suelo ponerme nerviosa antes de cantar y necesito que esto salga bien. Parte de eso es verdad. No sé si nos han pagado y las presentaciones privadas son lo que realmente han sostenido mis lujos y los de mi madre adoptiva en los últimos meses. Pensar en ella me recuerda la pesadilla y sacudo la cabeza. Retomo mi gesto de inocencia, recalco mi reticencia con un puchero estudiado y el hombre queda embobado y poco después avisa con una llamada que será imposible el encuentro que su jefe desea. Disimulo mi sonrisa y evito mirar a Max, pero Manila me saca la lengua con disimulo y termino tosiendo para ocultar mi risa. —¿Puedo pedirle un favor? Luce indeciso al dejarnos en el acceso trasero del salón donde debo cantar y mira sobre su hombro, pero a la espera de una respuesta. Asiento y me muestra un teléfono, así que sonrío y me acerco a su mejilla mientras él toma la fotografía. Está tan nervioso que me causa una pizca de ternura, a pesar de lo tosco e inflexible que parecía unos minutos antes. —¿Cómo te llamas? —pregunto. —Yuri. —Te dedicaré una canción, Yuri. Sus mejillas se ruborizan con candidez, pero el pánico en sus ojos me hace dudar y ahora no sé qué decir. —Será mejor que no lo haga —responde antes de aclarar su garganta y volver a su pose de chico malo y peligroso antes de despedirse con un gesto de la cabeza y dejarnos solos. Manila termina de maquillarme y escucho a los músicos practicando. Max se va a ultimar los detalles, pero cuando regresa, su rostro está rojo, lleno de ira. —Nos vamos —logra decir con gran esfuerzo. Nunca lo vi tan descompuesto, pero se gira, pone las manos en su cintura y se frota la frente. Eso indica que no sabe qué hacer y yo menos, pero añade—: Quiere que cantes a capela. —No es problema. Solo adviértele que puede que no sea muy divertido. —Sonrío y Manila hace lo mismo. Nuestro último cliente fue vapuleado por su esposa al notar cómo crecía su erección cuando me acerqué a cantarle así, aunque fue ella quien me lo pidió. No fue mi culpa—. Ya, terminemos con esto. —Aliso mi hermoso vestido y hago una nota mental para agradecérselo al final. Salgo al escenario que hay en el salón y me detengo de inmediato. El reflector ilumina una silla alta, en el centro del escenario y lo que veo detrás me hace tragar con fuerza; hay una mujer sentada, con una guitarra acústica sobre las piernas y eso es lo único que lleva encima y su piel brilla con suavidad. Como público, no hay nadie más que un hombre en la mesa principal, distingo unos cuantos detrás, pero todos están de pie y lejos de él. Siento su mirada intensa sobre mí, a pesar de no poder verlo, pero noto que es alto y con cuerpo atlético. Estuve tentada a regresar por donde vine, pero a contraluz, la sonrisa petulante de ese hombre me lo impidió. Era como si estuviese retándome. —Buena noche… —saludo frente al micrófono. —¿Lo es? —pregunta, divertido. —Debería, es su cumpleaños —respondo, impaciente por iniciar, seguir viéndome profesional y que la voz no me falle. Sin embargo, veo a otro de sus hombres posicionarse en la puerta por donde salí, mostrándome su arma como quien no quiere la cosa y todo mi autocontrol se va al caño—. Felicidades, ¿señor…? —Kozlov. Andrei Kozlov —dice con un leve acento ruso—. Es muy amable, pero se negó a hacerlo personalmente. Su voz es como si la miel se deslizara sobre una superficie caliente y hace que me pregunte cómo se escuchará cerca de mi oído en un susurro, pero descarto la sensación y me reprendo. —Este es un mejor obsequio. Tomo asiento y preparo el escudo que ahora uso contra el mundo. Miro a la mujer de reojo; esta se abre de piernas para él y me quedo de piedra. No soy una mojigata, pero jamás me había ocurrido algo así antes. Llamo su atención para preguntar si conoce el repertorio, pero ella me mira con indiferencia e inicia con las notas de la primera canción que él pidió: Rosas Negras; el tributo de un hombre para una mujer a la que le quitó la vida, mi primer éxito. Mi voz gruesa sale, dándome el abrigo que necesito en ese momento, cierro los ojos e imagino que estoy en la habitación en penumbra que describe la letra. Experimento el dolor y la culpa del ser que se arrepiente de los celos que sintió y al abrirlos y entonar el coro, veo a ese hombre bajar la cabeza y la sostiene con sus manos, ambos codos sobre sus rodillas, como si sufriera por la misma razón que el personaje al que describo. Pierdo la noción del tiempo, pero noto el cambio de postura de mi otra acompañante y me doy cuenta de que es momento de bajar y cantar el último tema. Hasta ahora, él solo me ha mirado y ha mantenido sus brazos cruzados, pero cuando la letra de Tócame Despacio, cobra vida, se pone de pie y toma asiento sobre la orilla de la mesa por la parte de enfrente. Entiendo la indirecta y doy un par de pasos en su dirección, pero cuando la tenue luz de esa zona le ilumina el rostro, tengo que obligarme a avanzar, porque nunca había visto un hombre que me quitara el aliento como él. Su rostro es varonil, con una barba oscura, recortada y, su mirada es profunda. Lame sus labios y advierte el repaso que le he hecho y aunque quiero morir de vergüenza, me controlo y sigo cantando. Palmea su rodilla, invitándome a sentarme sobre él, pero la humedad entre mis piernas me desconcentra y debo detenerme para no emitir el ronroneo que tanto deseo al verlo así; imponente, seductor. El tipo de hombre que me gusta. —Ven y con tus besos acaricia mi alma, invade mi ser hasta que nos sorprenda el alba —canto con voz sugerente y esta vez, ríe y niega antes de pasarse la mano con descaro por su entrepierna—. Tócame, piérdeme despacio, amor. La canción ha terminado, pero cierro los ojos y sonrío, como si siguiera degustando aquella invitación hecha melodía y luego los abro para despedirme y salir de allí. Las cosas se han salido de control, ambos lo sabemos, pero no daré el paso que espera y eso solo yo lo sé. —¿Llegó el momento de compartir una copa? —pregunta y camina hacia mí—. Has estado maravillosa, Sirena. Esto último, lo dice con un tono sucio que me sabe a gloria. Ambos sonreímos, pero yo estoy demasiado ansiosa. El miedo se apoderó de mí desde que vi el arma del otro sujeto y ahora, también estoy excitada. Una combinación peligrosa, tomando en cuenta que mi novio está del otro lado de la puerta y no ha salido ni una vez a ver cómo van las cosas, como suele hacer. —Se lo agradezco, señor Kozlov. Espero que haya sido de su agrado. Cruzo ambos brazos sobre mi pecho en forma de abrazo y me inclino con suavidad; el gesto de un artista para guardar las distancias. Comprende que ha sido rechazado. Lo noto en su mandíbula perfecta siendo presionada con la fuerza de un yunque y una mirada acerada que ha perdido todo rastro de diversión. —Esperan por mí —digo antes de acercarme y extender mi mano. La tengo sudada, solo espero que no lo note. —Se fueron hace rato, pero uno de mis hombres te llevará de regreso. Si eso es lo que quieres. —Besa el dorso mi mano como un caballero de otra época, pero su mirada es tan sugerente que me hace tragar con fuerza—. Tu voz es un don peligroso. —Acaricia el centro de mi mano con su pulgar derecho, pero la deja caer cuando ve mi rostro desencajado—. Buenas noches, señorita Catalano y gracias por… nada. Lo veo recorrer mi cuerpo con sus ojos oscuros, me da la espalda en un movimiento fluido. Imagino que voy por él y lo detengo, pero no lo hago y quiero gritar por no atreverme. No suelo acobardarme frente a nadie, pero este hombre emana demasiado peligro y mi instinto de supervivenvia es el que me lo ha impedido. Además, qué me quedaría después de ceder con alguien como él. Manila diría que al menos el buen recuerdo, me respondí de inmediato y negué medio arrepentida, pero con una sonrisa de triunfo al no ceder con tanta facilidad. Me decido a girar hacia la puerta ahora que que ya no está obstruida, en busca de mi equipo para salir de allí. Sin embargo, el mismo hombre mira sobre mí y niega, al mismo tiempo que extiende el brazo para no dejarme cruzar y señala algo a mis espaldas.
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