—Maldita hija. ¿Estás son horas de llegar? —me grita ese hombre que dice llamarse mi padre. —Estaba trabajando —contesto pasando de él y dirigiéndome a la cocina. Esto es un puto desastre. Los recibientes amontonados unos sobre otros sobre la encimera. Las losas que hace mucho dejaron de ser blancas están sucias. Ni inmutarse por encontrar nada para la cena, si no lo hago yo, nadie lo hace aunque estén desocupados. —Hasta que al fin llegó la princesa —llega a la cocina Tiffany, mi cuñada. Un verdadero grano en el culo—. Tengo hambre, así que no demores en hacer la cena. —Le pondré veneno a tu plato —expongo. Un jalón fuerte en el pelo me hace quejarme. —Cuidado con tus amenazas hermanita —expresa mi hermano apretando aún más mi cabello. En una humilde casa, en uno de los barrios

