Seguí a Alejandro fuera del restaurante, notando cómo el aire entre nosotros parecía tan espeso como el asfalto en verano. Mis pasos resonaban al unísono con los suyos mientras caminábamos hasta una esquina tranquila, un poco alejada del bullicio. El silencio se volvió tan intenso que era como un tercer protagonista, opresivo y denso. Finalmente, me detuve y me crucé de brazos, mirando a Alejandro con la misma intensidad con la que él me observaba. —¿Qué es tan importante que no podías esperar a que terminara mi cena, Alejandro? Él no respondió de inmediato. Sus ojos viajaron por mi rostro, estudiándome, como si quisiera absorber cada reacción. Y entonces, con un suspiro pesado, soltó: —No soporto verte con él. No pude evitar reírme, aunque no era una risa de diversión. Era una mezcla

