Recibí el mensaje de Alejandro y no pude evitar sonreír. Esa amenaza disfrazada de advertencia, como si él tuviera el control absoluto sobre lo que hacía o dejaba de hacer. Levanté la mirada y noté cómo Zouse observaba mi reacción con una ceja arqueada, divertido, pero también curioso. —¿Qué pasa? —preguntó, inclinándose hacia mí con un brillo desafiante en los ojos—. ¿Alejandro sigue vigilándote desde su torre de marfil? —Parece que no le gusta que me divierta —respondí, dejando el celular a un lado y fijando mi atención en él—. Pero te aseguro que no voy a dejar que eso me detenga. Zouse sonrió, y por un momento, el ambiente se sintió más cargado, como si estuviéramos en un juego donde ambos sabíamos que había más en riesgo de lo que estábamos dispuestos a admitir. —Entonces, ¿por qu

