Un mes después... El sol apenas comienza a filtrarse por las persianas cuando despierto, y lo primero que siento es el calor de Alejandro junto a mí. Su brazo está extendido sobre mi cintura, su respiración tranquila y rítmica contra mi cabello. Intento moverme lentamente, pero antes de que pueda escapar, sus dedos se cierran suavemente alrededor de mi muñeca. —¿A dónde crees que vas? —murmura, su voz grave aún cargada de sueño. —Necesito agua —contesto, girando para encontrarme con sus ojos. Están entrecerrados, pero hay una chispa de picardía en ellos que me hace sonreír. —Quédate un poco más. —Su tono es una mezcla de súplica y autoridad que siempre termina desarmándome. —Si me quedo, será porque quiero, no porque lo ordenes —le digo, aunque mi cuerpo ya se acomoda más cerca de él.

