La celebración comenzó de manera discreta, con un par de copas de champaña que Alejandro tenía guardadas en su bar personal, una botella que, según él, costaba más de lo que cualquier persona razonable pagaría por algo que simplemente se bebe. —Tienes que admitir que mi buen gusto no tiene comparación —dijo mientras servía, inclinándose con una precisión exagerada, como si fuera un experto sommelier. —Oh, claro, porque claramente sabes más de champaña que de humildad —respondí, sonriendo. —La humildad está sobrevalorada. Pero si alguien puede enseñarme algo de eso, eres tú. Le lancé una mirada que no tenía ni pizca de amenaza, pero que él fingió interpretar como peligrosa. —Deberías tener cuidado, Alejandro. No querrás que me acostumbre a ponerte en tu lugar. —¿Y quién dice que no me

