Narra Alejandro. Hay algo especial en los fines de semana con Anny, algo que los hace únicos, casi suspendidos en el tiempo. Desde el momento en que cruzó la puerta de mi departamento el viernes por la noche, su presencia llenó el espacio como un perfume dulce y embriagador, una mezcla de jazmín y algo puramente ella. La recibí con un beso lento, de esos que parecen decir todo lo que no se puede poner en palabras. Sus manos se aferraron a mi camisa, como si temiera que el momento se escapara. Me encantaba esa intensidad, esa manera en que nos perdíamos el uno en el otro sin reservas. Pasamos la noche en el sofá, con una botella de vino y una película que ni siquiera recuerdo. Lo que sí recuerdo es cómo su risa iluminaba todo, cómo se acurrucó contra mi pecho y cómo sus dedos dibujaban

