Alejandro no soltaba mi mano. Sus dedos, firmes pero cálidos, trazaban líneas suaves sobre mi piel, como si quisiera memorizar cada centímetro. Su mirada seguía fija en mí, cargada de algo que no solo era deseo, sino también una ternura que hacía que mi corazón latiera con más fuerza. —¿Cómo logras esto? —preguntó de repente, su voz es apenas un susurro, como si temiera romper la magia del momento. —¿Esto qué? —respondí, atrapada en el azul profundo de sus ojos. —Que el mundo desaparezca cuando estoy contigo. Sus palabras me hicieron sonreír. Me incliné hacia él, dejando que mis labios rozaran los suyos, tentándolo, pero sin darle el beso completo todavía. —Tal vez porque hacemos buena química —bromeé, aunque mi voz tembló un poco. —No es química, Anny —dijo, atrapándome suavemente p

