Mis palabras quedaron suspendidas en el aire, y por un instante, Alejandro y yo nos miramos en silencio, como si estuviéramos librando una batalla sin decir una sola palabra. Sus ojos oscuros seguían fijos en mí, evaluándome, buscando alguna reacción que yo no estaba dispuesta a mostrarle. —Alejandro, ya hice mi parte al venir. Si no tienes nada más que decir, me voy —dije finalmente, levantándome de la silla. Pero en un segundo, él estaba ahí, frente a mí, bloqueando la salida. Su cercanía me hizo detenerme. Podía sentir su respiración, podía oler su colonia, ese aroma que siempre parecía demasiado lujoso, y demasiado... Alejandro. —¿Por qué siempre estás huyendo, Anny? —murmuró, inclinándose hacia mí, su voz suave y peligrosa, como un susurro al borde del abismo—. ¿O es que tienes mie

