Alejandro permaneció en silencio, su expresión oscilando entre el asombro y el desafío, como si yo hubiera cruzado una línea invisible que él no esperaba. Por un segundo, pensé que lo había descolocado, pero en menos de un parpadeo, esa chispa desafiante volvió a encenderse en su mirada. —Así que ahora eres tú la que toma la iniciativa, ¿eh? —murmuró, con una sonrisa que solo hacía que quisiera besarlo de nuevo o tal vez empujarlo. Me crucé de brazos y levanté la barbilla, tratando de ignorar el calor en mis mejillas y lo acelerado de mi pulso. —¿Qué pasa, Alejandro? ¿Acaso no puedes manejarlo? Su sonrisa se ensanchó, y sus ojos se estrecharon levemente, como si estuviera evaluándome de nuevo, analizándome como si fuera un rompecabezas que él estaba empeñado en resolver. —Oh, Anny, pu

