—¿Cómo te he dicho que me llames? Él arqueó su espalda y su cuerpo bocabajo tembló, pude ver los lunares esparcidos por la piel de su espalda y que corrían hacia su redondo trasero lampiño. Los dedos de mi mano quedaron marcados en su pálida piel. —Ka… Kai. —apenas logré escuchar, sumisamente. —¿Ah? —gruñí, y entonces volví a darle otro azote más fuerte que el anterior, y que resonó en el coche—. Te he ordenado algo, cabrón. —Sí, señor… —jadeó, obediente. —Perfecto, así me gustan los chicos… —le dije repasandole la espalda con mi dedo indice—. Buenos y sumisos… ¿Te gustaría que te follara? —ronroneé cayendo sobre su cuerpo para tomarlo fuerte del pelo y lamerle el cuello. Moví mi lengua en su cuello lentamente e iba dejando succiones, pero él había dejado de gemir. Noté que estaba ja

