Capítulo 20 La penumbra de la celda había sido su mundo durante días que se confundían con noches. El aire cargado de humedad se pegaba a la piel y el olor a encierro era tan penetrante que parecía haberse adherido a los huesos. Vera y Anastasia habían aprendido a comunicarse con apenas una mirada, con un roce de dedos en la oscuridad, como si el silencio fuera el único idioma permitido en aquel lugar al que las habían condenado. Ese amanecer no se distinguía mucho de los anteriores: apenas un rayo de luz tímido se filtraba por la rendija alta de la pared, y el chirrido de la cerradura avisó que la rutina se repetía. La hermana encargada del pan y el agua entró con su andar parsimonioso, murmurando un rezo entre dientes, pero lo que no imaginaba era que aquella vez, las dos prisioneras y

