Capítulo 23 El hierro se cerró tras ellas con un chirrido prolongado, seco, que resonó como sentencia. Esta vez no compartían el mismo encierro: Anastasia y Vera habían sido separadas por la crueldad, confinadas en celdas distintas, apenas divididas por una pared de piedra húmeda y gruesa. La oscuridad era más espesa, el frío más cruel, y todo parecía calculado para quebrar sus cuerpos, sus voluntades y espíritu. El aire olía a humedad y a óxido viejo. La luz apenas entraba por una pequeña rendija en lo alto, tiñendo las paredes de un gris lúgubre. Anastasia se sentó en el suelo, derrotada y el vientre ligeramente abultado bajo sus manos protectoras. Aquel hijo era su única chispa de esperanza en un mundo que parecía determinado a arrancárselo todo, pero la presencia de su madre no le d

