Capítulo 22 El silencio en la habitación era tan denso que solo se escuchaba el zumbido constante de las máquinas y el leve jadeo de un cuerpo que se aferraba a la vida. Dimitri llevaba meses atrapado en esa penumbra, sumido en un limbo donde los recuerdos se confundían con los delirios de su mente. En su inconsciente estado, los sueños eran fragmentos desordenados que venían una y otra vez: sombras, fuego, disparos… y esa voz femenina que lo perseguía como un susurro en el viento. Siempre la llamaba con el mismo nombre, desgarrándose la garganta en cada grito desesperado, pero nunca llegaba a ella: — ¡Anastasia! Eso era lo que decía una y otra vez. Su eco lo atravesaba como un puñal, obligándolo a luchar contra la oscuridad que intentaba arrastrarlo. Dimitri no recordaba su rostro, a

