Capítulo 13 El convento estaba sumido en ese silencio denso que solo conocen los lugares donde el tiempo parece detenido. Para Anastasia, cada día era una penitencia; pero para Dimitri, era una cárcel demasiado luminosa si estaba ella. Dimitir llevaba noches sin dormir profundamente, ya que sus ojos verdes en ocasiones siempre estaban clavados en las sombras del bosque, en los murmullos del viento que parecían anunciar lo inevitable. Desde que estaba ahí había aprendido a escuchar, a distinguir entre el crujido de las ramas por el paso de un ciervo y el de un hombre que sabía arrastrar los pies con sigilo. Él solo no observaba a Anastasia como un depredador hambriento por su ser, sino que también estaba al pendiente por si llegaban a encontrarlo y esa noche tan silencio que ni siquiera e

