Ellen. El cielo gris de Nueva York se extendía como una manta apagada sobre los edificios, cubriendo todo de un tono nostálgico y triste. Ellen caminaba con paso firme por la acera mojada, el abrigo ajustado sobre su vientre en crecimiento, sus labios apretados y su corazón latiendo con furia contenida. Había decidido llamarlo esa mañana. No por él, sino por ella. Necesitaba cerrar esa historia cara a cara, poner en palabras lo que se había repetido en su cabeza cientos de veces. Eligieron una cafetería en el centro, en un punto neutro entre las oficinas de Derek y su nuevo departamento. Neutral. Práctico. Frío. Como necesitaba que fuera esa conversación. Mientras se acercaba al lugar, repitió para sí misma: No voy a llorar. No voy a dudar. No voy a cambiar mis planes. Cuando lo vio a

