Capítulo 2

1386 Palabras
Zoe Miller —Por favor, por favor, solo necesito comprar una cosa. Uno de los árboles que tienen en exposición —murmuro a través de la r*****a de la puerta, a la chica que está por cerrar la tienda. Ella me mira con fastidio y algo de pena. Señala el reloj y el cartel que anuncia el horario de trabajo. Mi pecho se agita ante la posibilidad de que no pueda llevar a casa el arbolito que mi hija desea, porque esta es la única tienda que queda abierta en las inmediaciones de mi barrio. —Será rápido, por favor, lo juro. Junto mis manos y pongo mi mejor expresión de ruego. Tengo que conseguir esto o no podré dormir por la cara de pena que tendrá Sammy cuando me vea llegar sin árbol, luego de decirle que llevaría uno. La chica rueda sus ojos y con un gesto rápido, abre la puerta. —Cinco minutos. Sus palabras suenan a orden, pero su tono es suavizado. Yo entro a la tienda en cuanto la puerta se abre del todo y corro por el pasillo donde más temprano vi el árbol que quedará perfecto para el espacio vacío del salón. Me falta el aire cuando llego al mostrador. Con el árbol en mano y mirando los adornos y luces que se ven en el mostrador y que puedo aprovechar para comprar. Agradezco montón de veces a la chica que, a pesar de que hay frío y ya cae la noche, tuvo un acto de buena fe. Salgo de la tienda pocos minutos después, llevando conmigo el árbol y una bolsa con lo mínimo indispensable para decorar. No tengo auto, así que me toca ir caminando. Esta tienda es la más cercana que queda de casa, pero todavía es demasiado lejos. Tengo que apurar el paso, porque no quiero que me agarre la noche y además, las temperaturas cada vez son más bajas. Llevo el árbol como si abrazara un peluche grande. Casi que no puedo caminar, porque se me dificulta ver por dónde voy y además, llevo una bolsa cargada de cachivaches. A pesar de la temperatura, siento que estoy sudando. Mis piernas queman ya por el esfuerzo de caminar tan rápido y pasando tanto trabajo. Estoy pensando detenerme y llamar a Madeleine antes de cruzar esta última calle que me lleva al vecindario, pero donde no hay más que algunas casas en espacios esporádicos y no podré cubrirme si comienza a nevar. Dudo solo unos segundos. Miro al cielo. Me convenzo de que puedo seguir, que solo serán unos minutos y nada pasará. Sigo adelante. -------- Samuel Riley —Amor, no demores, no quiero que estés en la calle cuando comience a nevar —murmura Sandra a través del teléfono. —No te preocupes, cariño, solo veo a mis viejos y regreso contigo —respondo tranquilo mientras salgo del aparcamiento del supermercado. —Ten cuidado y me llamas cuando llegues. Recuerda no beber antes de venir. Me abstengo de rodar los ojos solo porque sé que ella no lo hace por mal, solo está preocupada. Sobre todo porque se quedó en el hotel esperando unos paquetes que había solicitado y aún no llegaban con este tiempo horrible. Ya van dos veces que no puedo presentarla a mis padres porque ella quiere llevarles ese regalo. Y como ellos saben que estoy aquí por "temas de trabajo", pues debo visitarlos. —No, cariño. Todo estará bien. Nos vemos más tarde. —Te amo —declara, con su tono meloso. Sonrío de medio lado y le devuelvo las palabras. Salgo del aparcamiento y por más que quiero avanzar rápido, no puedo, el tráfico no me ayuda. Me cruzo con más semáforos en rojo de los que deberían ser legales y juro que mi humor se está volviendo una mierda molesta. En Boston estoy acostumbrado, pero supongo que acá no tanto y eso me desespera. Es la primera vez que vengo a Lowell y me quedo en un hotel, siempre lo hago en casa de mis padres, en una zona mucho más tranquila. No había tenido que lidiar con esta parte de la realidad cuando vengo a casa a descansar del ajetreo de mi vida diaria. Enciendo la reproductora cuando el aburrimiento me puede. Una canción que no reconozco suena en la radio, pero casi al instante, All I want for Christmas is you, de Mariah Carey, comienza. Tengo un sentimiento de amor y odio por esta canción que no me permite disfrutarla del todo. Me trae recuerdos de etapas anteriores de mi vida y también, es un punto fijo cada año en esta época de fiestas y celebraciones. Con el tiempo he podido superar las primeras impresiones. Esas primeras veces que la escuché, con quién la escuché y sobre todo, a quién se la dedicaba cada año. Suspiro, cuando cierro los ojos y, atrapado en mi auto y a la espera de poder avanzar, la letra de la canción se filtra en mis sentidos. All I want for Christmas is you You, baby Oh, I won't ask for much this Christmas I won't even wish for snow I'm just gonna keep on waiting underneath the mistletoe Sobre todo esa mención al muérdago. Porque si acaso soy capaz de escucharla y no recordar, cuando la palabra muérdago hace su aparición, es inevitable recordar esa puerta que daba al comedor, donde le di a ella su primer beso. A escondidas. Y como no quiero recordar unos ojos claros como la miel que nada tienen que ver conmigo a estas alturas de mi vida, cambio la emisora y me quedo con la melodía que más me aleja de estas emociones. Zoly amaba la Navidad. Y creo que es por ella que después de todo, yo me convertí en algo muy parecido al Grinch. (...) Cuando al fin puedo salir del centro de la ciudad, que tomo rumbo a casa de mis padres, el cielo ya presenta las últimas luces del día. En el auto todo está tibio, agradable, pero es evidente que las temperaturas ya comenzaron a bajar. Pienso en el regreso y la verdad es que me digo que debía quedarme en el hotel y no salir a esta hora. Pero quería comprar un regalo para mi madre y ya le había dicho que iba a verlos, así que no podía faltar. Los pronósticos no son buenos y mientras escucho en la radio que se espera una nevada, maldigo por dentro porque eso significaría que no puedo regresar esta noche con Sandra. Me queda poco para llegar y me alegro que así sea. No apuro la velocidad porque a las calles por acá no les tengo mucha fe. Paso de largo la parte las céntrica de esta zona de la ciudad y cuando voy a tomar el camino que me lleva a casa, veo por delante a una mujer llevando algo. Me sorprendo y miro la temperatura que marcan los indicadores en la pantalla del auto. Está haciendo demasiado frío para que alguien esté a esta hora en la calle. Me acerco más y a medida que puedo ver mejor, me doy cuenta que lo que lleva encima es un arbolito de Navidad. Y que camino tan rápido como sus piernas le permiten para poder llegar pronto a su destino. Siento algo de pena y me digo que tengo que ayudar. Conozco a la mayoría de las personas que viven por aquí y de seguro es alguien que reconoceré en cuanto baje la ventanilla. Disminuyo la velocidad hasta que me pongo a su altura. Bajo la ventanilla y llamo la atención de la mujer. —Buenas tardes —llamo su atención, aunque son casi "buenas noches"—, ¿puedo ayudarte con un aventón? Lo pregunto porque tal vez vive cerca, en unas de estas casas que están más adelante. La chica se detiene y se gira para ver quién la llama. No puedo verla del todo, porque el auto es bajito y lo pegué lo más que pude a la acera. Pero cuando sus ojos aparecen en mi campo de visión, me quedo congelado. Más de lo que debe estar ella con la temperatura que hay en la calle. El miel de su mirada puede que sea lo más inesperado que haya pensado encontrar. Aquí. En Lowell. En mi vida.
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