—¡AHGG! —El grito de Faruz no era humano; era el sonido de un animal acorralado, desgarrado desde lo más profundo de sus entrañas. Su cuerpo, normalmente una fortaleza de poder controlado, se retorció violentamente en la cama. Seguía sosteniendo mi mano en un agarre que me dejaba los dedos entumecidos y me anclaba a su tormento. Y paralizada por el horror, sentía cómo mis rodillas amenazaban con ceder. —¡Basta! —rugió, con los ojos cerrados con tanta fuerza que surcos profundos se marcaban en su frente. Se retorcía, manchando las sábanas con más rojo, y cada movimiento suyo era una puñalada de realidad en mi propio ser. Tuve que apartar la mirada, clavándola en una mancha de sangre que se expandía lentamente por el suelo de madera. No pienses. No sientas. Solo respira y espera a poder

