Su respiración es tranquila, su mirada no irradia esa luz tan dulce que siempre suele tener, acaricio su mano, ella esboza una sonrisa y con lentitud voltea a mirarme. Sabe el dolor que todo esto me causa, sabe cuan triste, cuan angustiante es toda esta situación para mí, llevo su mano hasta mis labios y dejo un beso en el dorso de esta. Yo misma acaricio mi rostro con su mano, cierro mis ojos y siento esa suavidad en mi piel, mi pecho se apretuja, mis hombros comienzan a temblar, intento apartar y reprimir esas ganas de llorar, pero me es imposible. Las lágrimas se agolpan en mis ojos, a tan solo un empujón, de derramarse por mis mejillas. – ¿Cómo va todo, mi niña? –sé que intenta la manera de alejar un poco este dolor que me embarga. –Las cosas con Roy, su padre, como... –Abro mis ojos

