¿Quién eres?
Annie, era una viuda desde hacía 5 años. Había perdido a su amado esposo y pasaba largas tardes solitarias, contemplando el cielo y esperando ver, en algún instante, su rostro reflejado en alguna nube, con aquella sonrisa que solía erizarle la piel. Pero eso no ocurriría, porque su esposo estaba muerto. Aunque en muchas noches lloraba hasta quedarse dormida, en otros días se levantaba con renovado entusiasmo. Sin embargo, a veces los bajones eran tan fuertes que su dolor era incontrolable.
A Anniele gustaban mucho las flores y pasear en el parque, y aunque tenía solo una amiga, eso era suficiente para ella. Hasta que un día, mientras tomaba un sorbo de su delicada taza de té de porcelana, el timbre sonó, desconcertándola. No había tenido visitas en mucho tiempo, especialmente después de perder a su mejor amiga, quien simplemente solía entrar sin tocar el timbre. A pesar de que al principio no quería atender la puerta, la curiosidad ganó y decidió levantarse.
Annie comenzó a caminar por el pasillo, deslizando sus delicadas y largas piernas mientras ajustaba su vestido de tirantes que dejaba sus brazos al descubierto. Al estirar la mano para alcanzar el pomo de la puerta, apenas la giró un poco, solo lo suficiente para abrir, y en ese momento se desmayó. No sabía cuánto tiempo había pasado, si habían sido horas, minutos o segundos, pero al abrir los ojos, se sobresaltó al ver frente a ella la figura perfectamente idéntica a la de su esposo.
"¿Eres tú, Leonardo?" preguntó Annie, con lágrimas en los ojos.
La persona que creía ser su esposo, luego habló, confundiéndola aún más.
"No, lamento decirte que no soy él", dijo con calma.
"¿Y quién eres? ¿Por qué te pareces exactamente a él?" preguntó Annie, aterrada, retrocediendo todo lo que podía.
Aunque tuvo un sobresalto y se mordió los labios, dijo: "Soy el hermano gemelo".
Ella preguntó sin comprender las palabras, y él sonrió. "Él nunca te habló de mí", continuó. "No, yo quería saber si tenía un hermano gemelo. Quería saber si podía hablar con él", dijo ella, sin entender del todo, decidió girarse, le hacía mucho daño verlo, era idéntico, exactamente igual, incluso su peinado, su manera de caminar y su voz.
"Él falleció", murmuró ella, pensativa, mientras buscaba un cigarrillo en su cartera. Lo encendió con dedos temblorosos. Se acercó a la ventana abierta de la cocina, había agarrado ese hábito después de perder a su esposo.
"¿Mi hermano falleció?", preguntó él, y ella asintió sin girarse, sin mirarlo, porque le hacía daño, aunque el rostro de aquel hermano se reflejaba en el vidrio.
Annie decidió cerrar los ojos, molesta por su presencia.
"¿Puedes decirme qué necesitas?", preguntó ella.
"Solo quería hablar con él", respondió él.
"¿Sobre qué?"
Él estaba muy molesto por la intromisión. Nadie pensaba que su vida se había vuelto tranquila, pero se había equivocado notablemente, ya que aquel sujeto no solo acudía para traer buenos recuerdos al corazón, sino de una manera desafiante.
Annie
quería llorar y sumergirse de nuevo en aquel vacío existencial que había conocido después de perder a su esposo. Pero nada le garantizaba que podría salir de allí de nuevo. Sin embargo, miró al desconocido que sonreía y suspiró, dándose la vuelta para encararlo.
"Bueno, dime qué necesitas", dijo ella.
"Necesitaba hablar con mi hermano para pedirle ayuda", respondió él.
"Lo que no entiendo es por qué él nunca habló de ti", expresó Annie, molesta, cruzándose de brazos.
Annie tenía tres hermanas mayores, Lucía, Camila y Olivia.
"Necesitaba ayuda, he perdido todo en una mala inversión y no tengo dónde quedarme. Sé que él me hubiera ayudado", explicó él.
"Lo que no entiendo es por qué nunca me habló de ti", comentó Annie, molesta. Suspiró.
"No lo sé, quizás él tenía vergüenza de mí. Él era rico y ostentoso, mientras que mi familia siempre fue muy humilde", dijo él.
"Está bien, si era la voluntad de mi difunto esposo solamente ayudarte, te dejaré quedarte. Pero intenta no frecuentar demasiado la casa, por favor. Que sea solo para dormir", dijo Annie.
"Así será. Muchas gracias", dijo él acercándose a ella, tomó su mano y la besó. Annie, desconcertada por la actitud de su cuñado, quitó la mano molesta y se apartó. Fue refunfuñando, arrastrando los pies y con una mueca en el rostro que era difícil de quitar hasta que llegó a sus plantas, las cuales la relajaban, y comenzó a regar, quitando algunas hojas amarillas y suspirando.
Era lo único que le faltaba, que su esposo tuviera un hermano gemelo y ella no se enterara. Eso la molestó bastante, que Leonardo le haya ocultado algo así. Pronto se dio cuenta de que no le había preguntado el nombre, pero tampoco tenía tanta importancia. Suspiró, sintiéndose cohibida y triste, como si hablar con él hubiera revivido tantos recuerdos, tantos días de amor.
Ambos se amaban profundamente en un amor único y difícil de encontrar. A pesar de sus intentos, no pudieron tener hijos, pero su amor por su esposa era total. Ahora que ella ya no estaba, eso le partía el alma. Pasaron 5 años desde su pérdida, 5 años en los que lo único que pudo hacer fue estar sola con su amiga, a la que había ignorado durante mucho tiempo, pero que aún así siguió siendo su amiga, porque de lo contrario se sentiría muy sola. Ahora se daba cuenta de que ese no era el camino, especialmente después de ver a alguien tan parecido a su esposo. La aparición de ese gemelo parecía haberle abierto las puertas a algo diferente.
Regresó a su casa corriendo y subió las escaleras hasta su habitación. Buscó uno de sus vestidos más bonitos y se duchó. Al salir, vestida con una enorme sonrisa, al abrir la puerta, chocó con alguien que la sostuvo de la cintura para evitar que se cayera. El desconocido la miró un poco desconcertado y comentó: "Eres tan bonita. Lo lamento", dijo ella, apurándose un poco, sintiéndose culpable.