Misma ansiedad

1131 Palabras
"Tienes la misma ansiedad que tu hermano", dijo ella, carraspeando un poco incómoda y desviando la mirada. "Sí, yo también me muerdo los dedos, aunque prefería las uñas. Pero no sé." "Eso es asqueroso. Sabes que hay muchos gérmenes en las uñas", respondió Annie, mirándolo mal. "Sí, por eso me como el bordecito. También hay mugre, las manos siempre están sucias a menos que te las pases lavándolas." "Tienes razón, pero debes cuidarte. Además, a tu hermano le dio..." "Lo sé, sé lo que le dio." "Bueno, olvídalo, no está bien hablar de mi hermano. ¿Lo extrañas?", preguntó Andrés mientras salía del ascensor. Annie dio por terminada la conversación. El chico suspiró notoriamente al darse cuenta de que quizás no era lo mejor hablar con ella. Más tarde, regresó a su oficina y siguió trabajando hasta las 6 de la tarde. Habría terminado más tarde, pero se dio cuenta de que estaba cansada. Por primera vez en mucho tiempo, se fue antes. Valeria la miró sorprendida, pero ella no dijo nada y simplemente desapareció. Tenía ganas de ir a un restaurante como McDonald's, comer unas buenas papas fritas con una gran hamburguesa, saltarse la dieta y disfrutar de su propia compañía. Pero mientras hacía planes mentales para salir de la empresa, una voz la interrumpió. "Yo también terminé mi turno, ¿cómo vamos a casa?" preguntó él, mirándola frustrada. "¡Maldición! Me he olvidado de que tengo que llevarte a casa", comentó ella, sorprendida al escucharla usar un término grosero. "Es la primera vez que te escucho decir una mala palabra", dijo él. "Como sea, te llevo a ti y luego me voy". "¿Y a dónde te vas?" preguntó curioso. "¿Qué te importa?" respondió ella. "Lo lamento, no quise meterme donde no me llaman", se disculpó. "Quería ir a comer algo". "¿A uno de esos restaurantes finos que quedan cerca de aquí?" preguntó él. "No", murmuró ella, y él suspiró. Él solo quería darle un poco de conversación, pero ella se mostraba reacia a la idea. Apenas le dirigía la vista y, en alguna que otra ocasión, lo miraba con enojo. Andrés supo que lo mejor era no molestar a la jefa. Ella comenzó a acelerar y pronto estaban frente a la casa. "¿Puedo ir con usted?" preguntó él, molestando con su mirada. "¿Por qué querrías ir conmigo?" preguntó ella molesta, mirándolo mal. "Porque soy divertido", respondió él. "No, por favor, bájate", dijo ella. "Señora, por favor", insistió. "Bájate", dijo Annie molesta, desbloqueando las puertas. Sin embargo, para su sorpresa, el vehículo no respondió. Por más que apretaba el botón, no lograba desbloquear las puertas. "¿Pero qué… demonios?", preguntó, tocando repetidas veces el botón y viendo que la puerta seguía cerrada. Frustrada, golpeó el vidrio un par de veces y lanzó insultos. "Malditos autos de mierda", comentó molesta. "Tranquila, cálmese, veré qué puedo hacer", dijo él. "¿Vas a desarmar mi coche para poder salir?" preguntó sarcásticamente. Él asintió. "Sino, ¿de qué otra manera quiere salir? ¿Tener que llamar a los bomberos?" "Espere, intentaré hacer algo", dijo él, mirándola mal. "¿Podré?" murmuró ella, abriendo la guantera, buscando algo útil, pero no encontró nada. De pronto, vio que ella tenía una hebilla en el cabello y se la arrebató. "¡Oye!", protestó ella sin entender sus intenciones. Él comenzó a desarmar la tapa del vehículo. "Intenta después por favor, ¡no rompas nada!", pidió ella. Él sonrió mientras curiosamente examinaba los cables y notó que uno estaba quemado. "Aquí está el problema", murmuró. "¿Puedes arreglarlo?", preguntó ella, suspirando al darse cuenta de que estaban encerrados dentro del auto. "Supongo que sí, aunque no sé si tendrás cinta aisladora", dijo él. "Obvio que no, ¿qué te piensas, que tengo una ferretería aquí adentro?" "Bueno, intentaré ver qué puedo hacer", dijo él, cortando los cables y uniéndolos correctamente ya que estaban pegados. "Aprieta el botón, digo, perdona, apriete el botón". Efectivamente, las puertas se abrieron. "Eres un genio, maldita compañía. Después voy a pasar esto por el seguro. ¡No nos van a dejar encerrados de esa manera! Ahora tengo miedo", expresó ella. "Tranquilízate, eso no va a volver a ocurrir, a menos que vaya sola y me vuelva a pasar, pero si vas conmigo..." "¿Me estás chantajeando?", preguntó ella cruzándose de brazos. "Así que tuvieron que llegar juntos al lugar", comentó él con una sonrisa. Ella llegó resoplando, estirando las piernas y dando grandes pasos para alejarse de él. Sin embargo, disfrutaba de hacerla molestar. Otra vez estaban solos en el restaurante y eso le resultaba muy divertido. Molestarla era su pasatiempo, pero lo que más le importaba era verla sonreír, ya que su sonrisa lo encantaba. "Entonces, ¿qué vas a pedir?", preguntó él, mientras ella lo miraba pensativa, revisando el menú. "Deja de ser así, hace 5 años que no vengo a un lugar así. Me gusta venir", dijo ella. "Entonces, pediré por ti", propuso él. "No, yo no sé qué irás a pedir por mí", respondió ella. "Tú pagarás tu parte, jefa", dijo él. "Sabes que no tienes dinero", replicó ella. "Bueno, entonces me debes una salida", dijo él. "¿Me estás invitando a salir?", cuestionó ella, sabiendo que cualquier cosa que dijera sería usada en su contra. Annie suspiró y se acercó al mostrador para pedir una caja, dos cajas en realidad, y una gran porción de papas con queso cheddar, sus favoritas. Se sentó en una mesa aislada y Andrés hizo lo mismo, sentándose frente a ella. A pesar de la gran similitud entre Andrés y Leonardo, DAnnienotaba sus diferencias. A punto de cumplir 30 años, se sentía más como una señora que la joven que solía ser cuando conoció a Leonardo. Lo echaba de menos y siempre trataba de recordarlo todo, de memorizar cada detalle. Incluso guardaba los tickets de cada cita. En ese momento, abrió su billetera, guardó el ticket de esa compra y se dio cuenta de que no tenía sentido. Ya que era su hermano, él preguntó curioso: "¿Por qué guardas eso?", y ella se encogió de hombros. "Una tontería mía", respondió, a punto de arrugarlo y arrojarlo lejos. Sostuvo el papel y lo guardó en su billetera. "¿Ves que estoy pobre?", bromeó divertido, abriendo la solapa, y ella se rió. "Ya veo", dijo. "Gracias por traerme aquí, señora", expresó Andrés. "De nada, Andrés", contestó ella. "Es raro que me llames por mi nombre", señaló curiosa mientras abría la caja para sacar la hamburguesa. La desenvolvió y dio un pequeño mordisco. Andrés, por su parte, dio uno grande y terminó con salsa en la cara. "Tienes salsa en la cara", dijo Annie entre risas.
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