XXI
Había logrado sortear una dificultad, que solo él conocía. Doug esa noche se intentó comunicar con Meredith para ponerla en su sitio, sin embargo, la mujer no respondió jamás. Harto de insistir, y sabiendo la hora tan tarde, se fue a dormir junto a su esposa.
Al llegar y verla profunda, sintió de nuevo ese cúmulo de sensaciones que no se explicaba. Ella era una chica sencilla que le estaba entregando su intimidad y su vida, su confianza total. Supo que estuvo bien en darle su fidelidad y no ir con Serena, como siempre ocurría. Por primera vez en su vida, había dado voz a sus pensamientos de ser fuerte, lográndolo y dándose una pequeña medalla de honor.
Se acostó al lado de su «mujer», en todo aspecto. Esa debía ser una noche tranquila, de sueños; ya se cobraría su tercera vez el viernes. Tenía planeado invitarla a cenar y luego, atacar. Pero el destino, su enemigo, le tenía otros planes cuando su móvil sonó.
—Maldita sea —balbuceó muy bajo.
Se levantó de prisa y se metió al baño para responder. No quería hacerlo, pero se exponía a que no se detuvieran las llamadas.
—¡Douglas! Cómo has podido…
—Serena, la nota es cierta. Tengo un acuerdo con Rena, y voy a respetarlo. Ella es legalmente mi esposa… quizás en tres meses…
—¡Por una estúpida venganza! —replicó muy alto la mujer—. Fuiste conmigo, hoy preferiste ir conmigo, eso dice lo mucho que me amas…
Doug suspiró. Claro que la amaba, lo había hecho por años, como si necesitara de esas migajas que Serena le daba los veranos, para sobrevivir. Había opacado tanto sus sueños y deseos, solo para probar las sobras de amor que creía era lo único que merecía.
—Serena, tal vez mañana…
—¿Estabas con ella?
La pregunta lo dejó helado. Tras él, estaba Rena, con su pequeña pijama de gatitos, a punto de estallar. Doug miró el móvil y de inmediato lo colgó.
—Rena, déjame que te explique, por favor…
—¡Mientras yo me peleaba con tu estúpida ex prometida! ¡Tú estabas con esa tal Serena! ¡¡Te odio en este momento!! ¡Lárgate!
Douglas intentó hacer de todo para calmarla, aunque no había mucho que explicar. Al final, con una manta, fue sacado de su habitación, y obligado a dormir en el sofá, que igual era muy cómodo.
El punto era, que no acababa de entender muy bien lo sucedido. Estaba por dormir, su amante lo llamó, Rena lo escuchó todo, y a pesar de haberla preferido a ella, ahora estaba metido en problemas.
—Diablos, qué difícil es el matrimonio —susurró acostándose en el sofá.
Meditó mucho tiempo, hasta que al fin se quedó dormido, muy profundo. La medicina provocaba eso.
No se dio cuenta cuando Rena despertó, le dejó desayuno preparado, menos, que en la mesa estaba su almuerzo, en un nuevo recipiente. Solo hasta que su alarma sonó muy alta, se ubicó de nuevo en el mundo y vio todo listo.
—¿Qué pasa? Estás totalmente flotando en el espacio.
Gilbert se sirvió un café, estaba algo alterado por unas ventas que aún no despegaban. Ese proyecto había consumido muchos recursos monetarios de la empresa y en el almuerzo con los potenciales inversionistas, Doug estuvo y no estuvo.
—Tuve una pelea horrible con Rena. Bueno, creo que fue horrible, yo no sé cómo son las peleas maritales. Lo cierto es que he estado durmiendo en el sofá, estas noches.
Gil se echó a reír al escucharlo contarle aquello con ese sentimiento. Cuando le pidió que le diera detalles, ya no se le hizo tan gracioso, porque estaba involucrada esa herida abierta en el corazón de su medio hermano.
—Douglas… Serena es mi prima, compartimos sangre, es casi mi hermana, como tú. Pero por mucho que la quiera, ella no te ha tratado como mereces. Ahora que estás con esta esposa postiza temporal, deberías replantearte, buscar una nueva relación, una mujer, para la que tú seas el primero.
Doug fue hasta la pequeña sala de estar de su oficina y regresó con el recipiente transparente. A pesar de no dirigirle la palabra, ella había cumplido con dejarle su comida. Gilbert no vio nada extraordinario en aquello, pero para el CEO Akerman, todo tomaba un matiz muy diferente.
—Tal vez tengas razón, Gilb. Una mujer que se preocupe si me enfermo, y que no le importen los regalos caros. Que esté interesada en escuchar cómo termina mi día, y que me dé el sexo más increíble de la vida…
Gilbert no tenía claro a qué se refería, pero eso del sexo se le hizo muy bien. Doug destapó el recipiente y sonrió, al ver que ella había tratado de hacer un corazón con la cáscara de un pimiento.
—Mira, es la invitación para la gala. Debes asistir. Si quieres llevar a tu «esposa», puedes hacerlo. Sabes que debemos besar los pies de este estúpido, o se nos caerán importantes proyectos.
—No quiero —respondió limpiando sus labios con la servilleta—. Otra vez no deseo ir solo, tener que soportar sus insinuaciones, de que soy un Don Juan, que gasto mi dinero complaciendo amantes, y que por eso algunos negocios no prosperan…
—Por eso te digo, lleva a Rena…
—¡¿Pero es que no me has escuchado quejarme estos dos días?! ¡No quiere verme, ni hablarme! Por supuesto, tampoco querrá ir conmigo a la estúpida fiesta.
Hablaron un rato más, mientras Gilbert robaba la comida de Doug. No podía negar que Rena cocinaba exquisito, además él tampoco comía mucho en los restaurantes en medio de las reuniones.
Esa noche, de nuevo, la cena estaba lista y Rena, encerrada en la habitación. Tendría que hacer un primer acercamiento, no le quedaba de otra. Subió las escaleras casi de cristal, se posó frente a la puerta de su habitación y tocó un par de veces, sin respuesta.
—Rena, habrá una gala, una fiesta, con temática Roma, a la que quisiera me acompañaras. De verdad, anhelo llevarte de mi brazo.
No hubo respuesta de ningún tipo. Doug entonces deslizó debajo de la puerta, la invitación que le correspondía a ella.
—También, si quieres, puedes usar mi tarjeta de crédito, para que compres un vestido…
El hombre, que, al fin y al cabo, estaba acostumbrado a eso, deslizó igual por debajo de la puerta la tarjeta negra, de letras doradas. Fue hasta ahí, que escuchó ruidos por dentro, como si ella corriera. Segundos después, algo se deslizó por debajo de la puerta, de regreso a él.
La tarjeta de crédito salió envuelta en una hoja con la palabra, «Púdrete» y el simpático dibujo de un muñeco mostrando el dedo de en medio, con ojitos furiosos. Doug lo vio y no pudo evitar las ganas de reírse, así que guardó la nota y la tarjeta de nuevo en su billetera.
Bajó las escaleras, la cena olía delicioso. Dentro de la habitación, Rena lloraba viendo la invitación, quería salir, abrazarlo, besarlo y que la cogiera como solo él sabía, no obstante, el orgullo, su pecado capital, la estaba consumiendo.
Cuando amaneció, Doug por poco se cae del sillón, al ver a Rena frente a él, observándolo muy fijo. Ella pareció confundida, así que tomó sus cosas dispuesta a salir.
—Ten buen día.
—¿Irás esta noche?
No obtuvo respuesta. Doug se sentó y se tomó la cabeza. Solo había que ir, poner la cara un rato y salir de ahí, a intentar hablar con su muy enojada mujer.
Por fortuna, su noche, se iluminó con su diosa.
***
Fin capítulo 21