XX
Al abrirse la puerta principal, Rena corrió al encuentro con su esposo. Ya era muy tarde en la noche, y a pesar de sus llamados, Doug no le respondía. En verdad estaba muy preocupada.
—¡Doug! ¡Gracias a Dios! —dijo saltando a su cuello.
El hombre tomó aire, aquello lo hizo sentir aún más miserable.
—Lo siento, no pude responder, a veces el trabajo…
—No te preocupes —respondió Rena caminando a la cocina—. Yo supuse que era algo así. Voy a servirte la comida.
Douglas no dijo nada. Se quitó lo que más pudo de ropa y lo dejó en la el sofá. Se mordió los labios, quería haber vuelto el reloj atrás y hacer lo que debía.
—Supe lo que pasó con Meredith.
—¡Ah! ¡Claro que los sabías! Tu guardia tuvo que sacarla de ahí para que yo no le arrancara más pelos de su cabeza.
Doug se rio un poco, y Rena se sentó en el comedor a contarle todo.
Meredith, sin saberse cómo, consiguió el lugar donde trabajaba Rena, le hizo el reclamo. Solo que no se esperaba que la joven y desconocida esposa de Douglas resultara una fiera. Luego de la bofetada, Rena la tomó por los cabellos y la arrastró por los pasillos hasta la puerta. Por fortuna, era una hora muerta en el almacén. La sacó de ahí y siguió jalando sus cabellos hasta que el guardia de Doug que Rena reconoció, apartó a Meredith.
—¡Eres una vulgar! ¡Una callejera! —gritó Meredith, revisando su cabeza.
—Será mejor que no regreses. Y no es conmigo con quien debes estar, ¿acaso ya viste a Douglas?
Meredith se subió a su lujoso auto y se fue. Las amigas de Rena, trabajadoras del almacén, saltaron de felicidad al ver que ella defendía su lugar. No entendieron bien el asunto hasta que lo narró correctamente.
—Mi guardia me llamó y yo estaba por salir para allá.
—Ya no hay caso. Espero no topármela más… ¿Es muy amiga de tu familia?
—Para nada —dijo Doug masticando el bocado de su exquisita cena—. Ni siquiera saben quién era, a nadie le importa mucho lo que yo haga.
Rena se acercó y le acarició los cabellos; aquello había sonado, desolador.
Doug siguió comiendo, indeciso en decirle la verdad a su esposa, de lo que en realidad había hecho.
Justo en el momento en que Serena lo llamó, ese impulso de idiotez masculino, que le impedía avanzar y solo desear lo que no iba a tener, hizo que respondiera.
—Serena…
—¡Douglas! ¡Necesito verte ahora! —dijo ella. Claramente, estaba llorando.
—Imposible, debo resolver otro asunto…
—Tú lo prometiste, que ibas a estar para mí cuando lo necesitara. Casi es nuestro encuentro anual. No obstante, debo verte ahora…
Doug sintió cómo todo empezó a darle vueltas, la voz de esa mujer lo llevaba a todos esos momentos en que casi lo lograba, casi podía hacerla suya para siempre. Aun así, luego de terminar esa semana de «celo», ella regresaba a su palacio, con su esposo noble. Nada iba a ser diferente.
Pese a saberlo, a estar casado, preguntó dónde estaba. Habían sido más de 17 años de amarla, al menos creía, otra vez, estúpidamente, que debía decirle en su cara que no podían verse más… al menos por un tiempo.
El guardia seguía llamándolo y Doug solo le envió un mensaje de voz, diciéndole que por favor cuidara de Rena. Él canceló su vida, como era su costumbre, para correr a los brazos de la desesperanza.
Estaba seguro de las palabras que iba a decirle. ¿Por fin se iba a divorciar? ¿Estaba en ese proceso? ¿Ya podía dejar de ser el amante de los veranos? No pensaba salir de ahí sin una respuesta.
Su chofer estacionó el auto y Douglas bajó de prisa. ¿Cuál era el afán de seguir regalando su dignidad? Nadie lo sabía. La cita era en un restaurante muy a las afueras, clasista, como le gustaba a Serena.
Él puso su mano en la puerta, solo debía empujar un poco, nada más; y lo vio. En su dedo, ese anillo que ahora compartía con Rena. Se quedó pasmado, incapaz de entrar.
—Señor, lo están esperando —habló el amable metre, invitándolo a seguir con su mano.
Lo hecho, hecho estaba. El metre llegó hasta la mesa de Serena y le entregó una nota. A quien esperaba, no llegaría.
«Ahora, tengo un compromiso. Debo respetarla».
La nota no decía más. Los ojos de la princesa se abrieron y estrujaron el fino papel con el logo del restaurante. Douglas, su perro fiel, estaba cambiando de dueño y ella no podía permitirlo.
Caminó mucho tiempo. Cerca había un pequeño y tranquilo parque, en el que se sentó a ver los patos, hasta que empezó a caer la noche y ellos buscaban sus refugios. Su cabeza era un lío, llegó a pensar incluso en romper el contrato que firmó con Rena, decirle toda la verdad y correr a brazos de Serena. Entonces recordó algo tan sencillo como ese «bento», que Rena le había preparado.
Todos daban por hecho que Doug tenía la vida soñada. Que no necesitaba muestras de afecto más allá del sexo. Era millonario, en extremo atractivo, fiero en los negocios, amable, gentil, lo que podía rodearlo solo era felicidad. La realidad no era tan así. Él no se la vivía en extravagantes fiestas ni orgías, como muchos pensaban. No era un ebrio, no podía salir casi nunca de viaje de placer, a pesar de conocer el mundo, aunque de paso. Ahora, alguien pensaba por primera vez en él de verdad, le había escuchado cuando dijo que nunca almorzaba como debía y entonces Rena, decidió remediarlo.
—Te debo mi lealtad. Ahora Douglas, no vale nada, no obstante, tienes mi lealtad.
Se levantó de la fría silla de madera; ya no había nada más que pensar en esa silla. En el camino encontró un puestito callejero de huevos de chocolates, adornados de muchos colores, como los de Pascua. Sonrió, de pequeño no le permitían comer muchos dulces, así que compró dos. Uno lo llevaría a esa que lo esperaba de seguro, con la cena.
***
—¿Doug? —interrumpió Rena sus pensamientos—. ¿Estás bien?
—Te traje algo —respondió, levantándose de prisa.
Del bolsillo de su abrigo sacó los chocolates y le entregó uno a Rena. Ella sonrió como una pequeña, le pareció muy hermoso. Sin esperar lo destapó y disfrutó como nadie. Ese sencillo acto, la hacía muy feliz. No necesitaba de una joya para que le sonriera con sinceridad, o le abriera las piernas.
***
Fin capítulo 20