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—¡¡Estúpida, descerebrada!! ¡¿Qué demonios fue lo que hiciste?!
Era muy temprano en la mañana y Meredith que había tenido una tremenda noche de fiesta, no captaba bien la razón de los insultos. Desnuda, viendo la espalda del hombre de turno, intentó despertar mejor.
—¿De qué hablas? No entiendo una mierda…
—¡DOUGLAS! ¡DE ÉL HABLO, ZORRA ESTÚPIDA! ¡SE CASÓ!
—¡¿Qué?! Pero yo te dije que hice tal como me ordenaste… él debe estar de regreso…
—No pudiste hacer ni siquiera eso… Hablaré contigo después. ¡Imbécil!
La mujer al otro lado de la línea solo le tiró el teléfono a Meredith que a penas si lograba encontrarse con ella misma, en medio de esa cruda. Sin preocuparse, se acostó de nuevo y se durmió.
***
Rena estaba fascinada con la atención que se vivía en la primera clase. Ella jamás había tenido esos privilegios y cuando Doug le dijo que había cambiado su reserva, no imaginó todo aquel lujo. Estaba empezando a entender lo que era estar con un hombre rico.
—Me siento muy extraña… yo debería ir muy atrás, rogando porque el vuelo terminara…
—Ya te lo dije, tú pagaste casi todo en el hotel, esto es solo una atención.
Doug pidió un poco de brandy y quiso ofrecerle a Rena, pero ella prefirió una soda. Era muy tímida para pedir algo más. Después de eso, empezaron a ver una serie en la televisión del avión y hubo una escena que les recordó lo muy profundo que se conocían. Abordar ese tema, parecía algo complicado, aunque los recuerdos los emocionaran demasiado.
Claro, subió algo de todo aquella escena y Doug la detuvo. Era el momento y la oportunidad de hablar. No supo como empezar, así que solo lo trató como uno de sus temas favoritos, los negocios.
—Rena… ¿Te parecería bien si adjuntamos una cláusula al documento? Quizás… que podríamos tener… intimidad una vez a la semana…
—Tres…
—¡Tres, claro! —respondió Doug en extremo entusiasta al escuchar a Rena que se tapó el rostro. Ella tampoco se creía tan audaz.
De inmediato y sin dejar tiempo a arrepentimientos, sacó su laptop y agregó esa cláusula. Rena sonreía con la alegre actitud de su «esposo», demasiado fervoroso.
Ella ya había firmado el acuerdo y le llegó a su correo electrónico una copia. Se sorprendió un tanto con el estricto orden que él manejaba, supuso que así debía ser en sus empresas, un mínimo detalle que quedara por fuera y costaría millones. Los dos releyeron aquel documento con espacios por si surgía otra cláusula, como la del sexo.
El resto de viaje, durmieron un poco. El aterrizaje fue tranquilo, una vez pisaran el suelo de su país, la realidad comenzaría.
El día estaba opaco; cómo extrañaban el sol de aquella isla y más, el no tener que cubrirse tanto. Doug encendió su móvil y no paró de sonar con el millón de notificaciones que le llegaron, hasta que por fin una de estas parecía una llamada. Rena y él llevaban sus maletas a la salida, solo que la joven esposa fue directo a la zona de taxis sin que Doug lo notara.
Ella abrió la puerta del pasajero para empezar a subir sus cosas, y en tanto el amable conductor bajaba a ayudar, una mujer mayor solo se metió en el auto.
—¡¿Qué crees que haces, anciana estúpida?! —gritó Rena, furiosa.
—¡Yo había visto ese taxi antes! —gritó la mujer, intentando cerrar la puerta.
La pobre no sabía con quién se estaba metiendo. Rena entró a la parte trasera y la arrastró afuera, tirándole su bolso encima. Parecía que iba a iniciarse una pelea, hasta que Doug tomó por la cintura a su esposa para apartarla de la escena.
—¡Rena! ¡Deja que tome ese taxi…!
—¡NO! Es una vieja abusiva… ¡Loca!
—Rena… allá está nuestro auto…
La chica viró y se encontró con una hermosa limusina. Un elegante hombre de n***o ya subía las maletas en la parte trasera. Ahí Doug la soltó y ella pareció calmarse. Solo que, la otra mujer le hizo una grosería con el dedo, y cuando iba a subir al auto, Rena corrió hasta ella, le quitó el bolso y lo tiró al pavimento.
—¡Rápido! ¡Corre! —decía la esposa, riendo y tomando de la mano a Doug, que no sabía qué hacer.
Se metieron al auto de prisa, ella reventada de risa. Solo hasta que se calmó, experimentó de nuevo el confort de la riqueza.
—Entonces, tal como acordamos, viviremos en mi casa. ¿Te parece si recogemos tus cosas ahora mismo?
—Sí, no tengo problemas con eso —respondió Rena sonriendo—. Aún es sábado, será perfecto para irnos… ¿Adaptando?
Doug dio las indicaciones a su chofer, que parecía confundido con la situación. Esperaba a otra mujer, una altanera y en extremo arrogante, y su jefe llegaba con una jovencita, descomplicada y alegre. También de un fuerte carácter.
Al llegar, Doug se bajó con ella y le pidió al otro hombre que los esperara. Sería cosa de un par de horas. El ambiente en general de aquel vecindario era muy tranquilo, había muchos árboles y pequeños comercios. Claro, él jamás andaría por cuenta propia en sitios así, cosa que lo hizo pensar de lo mucho que se perdía del mundo.
—¿Pasa algo? —preguntó Rena al verlo tan observador.
—Es un lugar muy bonito.
No dijo más. Siguió a su esposa, dos pisos arriba de un edificio al que le entraba mucha luz por todas partes. Rena le invitó a pasar y todo el lugar tenía su aroma, ese que absorbió tanto de su piel, cuando la hizo suya. Era como verla en todas las paredes, los muebles, no podía ser de otra manera.
—Haré algo de café, mientras empaco mis maletas.
—Está bien —respondió Doug quitándose el abrigo. Tenía ropa muy casual, y se veía demasiado sexy.
Rena abrió finalmente la puerta de su habitación, que resultó enorme. Se tuvo que topar el nuevo esposo con muchas fotografías del que iba a ser el marido de Rena. No le gustó verla sonriente en todas ellas. «Ese» no parecía muy diferente a un tipo cualquiera, cabello oscuro, expresión algo desinteresada.
La joven sacó una valija del closet y se dispuso a abrirla. Mencionó lo del café y cuando iba camino a la puerta, la detuvo la máquina contestadora, que estaba cerca de la ventana. Doug se sentó un poco en un sillón, a curiosear unos libros que ella tenía en una mesita, hasta que ese mensaje que no deseaba escuchar, llegó a sus oídos.
—“Rena, soy yo, Justin. No sé ni cómo empezar a disculparme, porque sé que no merezco tu perdón, porque siempre elijo mal. Ahora estoy acá sin ti, y no se siente para nada bonito. Tendríamos que estar los dos, organizando nuestro lugar especial, como marido y mujer, abrazados, soñando con ese futuro del que hablamos tantas veces… por favor, te suplico, dame la oportunidad de hablar contigo. Yo te amo, te amaré por siempre… esperaré tu llamada”.
En la máquina no había más, El silencio entonces llenó la habitación y Douglas estaba por tomar ese aparato y lanzarlo por la ventana. Era un descarado, no obstante, tuvo que controlarse. No había de otra en ese momento.
—Vaya… parece muy arrepentido… —dijo Doug, rompiendo el aire tenso. Rena le daba la espalda, viendo hacia fuera.
—Siempre lo está. Siempre está muy arrepentido, muy avergonzado, totalmente «compungido». Y así yo regreso con él.
Doug sintió un remezón en su interior. El documento también decía que podía romperse unilateralmente si había fuertes razones y esa parecía una.
—Rena…
—Pese a todo el dolor que dice sentir, es mentira. En su corazón no soy la primera, quizás ni siquiera la segunda. Ya estoy harta de competir con esa que le dio la vida, no debería ser así, ya no.
Doug se levantó y fue hasta ella, que no soportó y lo abrazó, para después echarse a llorar. Él la estrechó contra su pecho con fuerza, nunca había consolado a nadie y cuando él buscó ese consuelo, no lo obtuvo.
Un rato después, ambos se recostaron en la cama, ella se dejó llenar de su calidez, la de sus brazos y su pecho. Se quedó dormida, Doug no la despertaría, así que le escribió a su conductor, que podía marcharse. Así los dos, durmieron profundos, solos y a la vez tan unidos. Era la primera tristeza que afrontaban como esposos. Así era ahora, la vida real.
***
Fin capítulo 10