El cielo tenía un tono gris perla que bañaba la ciudad de una melancolía serena. En la oficina más elegante y sofisticada, ubicada en el último piso de un edificio con ventanales de marco n***o y cristales impolutos, la luz tenue de la mañana se filtraba entre las persianas entreabiertas. Elijah permanecía de pie, mirando la ciudad como si buscara a Ailani en cada rincón del horizonte. Llevaba días sin dormir bien. Tenía el cabello despeinado, el cuello de la camisa abierto y la chaqueta colgada en el respaldo de una silla de cuero. Sus manos se apoyaban con desgano en el borde del escritorio. James entró sin hacer ruido. Traía dos tazas humeantes y una expresión tranquila. Colocó una frente a su nieto y tomó asiento frente a él, cruzando las piernas con elegancia. —¿Ailani está bien? —

