El hospital St. James era una edificación solemne, casi intimidante, de arquitectura victoriana con pasillos largos y ventanas altas que dejaban pasar la tenue luz de la tarde londinense. Uno de tantos proyectos que regalo James Brown a quienes más lo necesitaban. Dentro, el aroma a desinfectante se mezclaba con la humedad del ambiente, y el murmullo de voces bajas y pasos apresurados se arrastraba como un eco constante por los corredores. Ailani se detuvo al cruzar las puertas automáticas. El interior del hospital la envolvió con un silencio que le pareció más pesado que la lluvia que había dejado atrás. Su respiración se aceleró. Las palmas de sus manos estaban frías y húmedas, y su pecho subía y bajaba con una ansiedad contenida que amenazaba con romperse. —¿Estás bien? —preguntó Eli

