El cielo de Londres volvía a estar encapotado por más de una semana cuando Ailani regresaba a casa, apoyó la frente en la ventanilla mientras la llovizna resbalaba en forma de lágrimas heladas sobre el vidrio. No podía evitar sentirse desconectada, como si el mundo girara más rápido que sus pensamientos. Todo su cuerpo parecía pedir auxilio, y el vacío en el estómago ya no era emocional. Era físico. Real. Abrumador. No había pasado un solo día sin que vomitara. El mareo la acompañaba como una sombra cruel. El sabor amargo en la boca, la presión en el pecho, la palidez en su rostro. Apenas comía. Apenas dormía. Cada vez que abría los ojos, la habitación le daba vueltas como un carrusel descompuesto. Estaba agotada. Y no quería preocupar a Elijah, así que decidió ir directamente al depar

