El portón del edificio hizo un suave clic al cerrarse tras la figura de señor D'angelo. El eco de sus pasos se desvaneció por el pasillo, y el silencio volvió a apoderarse de la sala de reuniones. Ailani sintió cómo el peso en el estómago subía pulsante, reclamando su atención. Allí, sobre la mesa casi olvidada, yacía la carta de su madre. Con manos temblorosas, se inclinó y la tomó. El sobre crujió al rozar sus dedos; la caligrafía femenina, elegante y pausada, se le antojó ahora extraña, ajena. Inspiró hondo, captando en el aire el aroma a madera pulida y jazmín, intentando anclar su mente a aquel momento, a la luz dorada que inundaba la estancia. Desdobló el papel con cautela, como si temiera rasgarlo de un tirón. Un leve suspiro escapó de sus labios. La tinta negra se extendía sobre

