El pasillo estaba tranquilo, bañado por la luz dorada que se colaba a través de los ventanales altos. El mármol blanco del suelo devolvía reflejos suaves y elegantes, y en el aire flotaba el eco lejano de una melodía clásica proveniente del salón principal. Ailani caminaba despacio, con los dedos jugueteando con la pulsera en su muñeca, cuando de pronto escuchó el sonido apresurado de unos tacones acercándose a toda velocidad. —¡Ailani! —exclamó Carla, casi sin aliento, irrumpiendo en el pasillo como una tormenta de verano. Ailani se giró con un gesto de sobresalto. Sus ojos se abrieron en sorpresa al ver a su asistente —y amiga— agitada, con las mejillas enrojecidas y los labios entreabiertos por la falta de aire. —¿Qué pasa? —preguntó con el ceño fruncido y una pizca de inquietud en l

