Prólogo:Los fragmentos de una extraña.
Dicen que el destino de una persona puede cambiar en un parpadeo, pero nadie te advierte sobre el silencio ensordecedor que queda después del impacto.
Mi nombre es Eleanor Cavendish. O, al menos, eso es lo que dice el pasaporte de cubierta de cuero que descansa sobre la mesita de noche de esta impecable y fría habitación en Suiza. Me dicen que soy la heredera de un imperio financiero en Londres, que el estatus y la elegancia corren por mis venas, y que el lujo que me rodea es mi hábitat natural. Pero la verdad es que, cuando me miro al espejo, solo veo a una extraña con ojos llenos de preguntas.
Mi vida cambió de la noche a la mañana, literalmente. Un día —el que se suponía sería el más feliz de mi existencia— se convirtió en un lienzo en blanco.
No recuerdo el accidente. No recuerdo el sonido del metal retorciéndose, ni la lluvia de Londres que, según mis padres, caía con furia esa tarde. Solo recuerdo el despertar: el olor a antiséptico, el pitido monótono de las máquinas y unos rostros angustiados que afirmaban ser mi familia, pero que para mi mente rota eran perfectos desconocidos.
—Es por tu bien, Eleanor —me repite mi madre cada vez que viene de visita, acariciando mis manos con una frialdad corporativa que intenta disfrazar de afecto—. El ojo público en Londres es despiadado con las empresas familiares. Tienes que recuperarte aquí, lejos del escrutinio y de la prensa, hasta que los hilos de tu memoria vuelvan a unirse.
Y yo les creí. Les creí cuando me encerraron en esta jaula de oro entre las montañas, aislada del mundo, convenciéndome de que me estaban protegiendo. Les creí cuando me dijeron que el pasado que no logro alcanzar no tiene importancia, que lo único que importa es mi recuperación.
Sin embargo, hay noches en las que el frío de los Alpes no logra congelar los latidos de mi corazón. Noches en las que cierro los ojos y un eco lejano me atormenta: el murmullo del río Támesis, el olor a té y asfalto mojado, y la silueta de un hombre cuyos ojos no puedo ver, pero cuyo recuerdo me quema el pecho con una nostalgia que me asfixia.
Siento que me falta algo más que mis recuerdos. Siento que me robaron la vida.
Mis padres creen que me tienen a salvo en este exilio dorado, esperando a que vuelva a ser la pieza perfecta de su tablero empresarial. Pero se equivocan. La niebla en mi mente empieza a disiparse, y muy pronto, Londres volverá a saber de mí. Voy a regresar a reclamar mi nombre, mi imperio y la verdad que me ocultaron... aunque eso signifique destruir el mundo de cristal que construyeron sobre mis cenizas.