La sonrisa que se extendía en mi rostro se borró cuando abrí la puerta de mi casa y encontré a mis padres y a mi hermano sentados en el sofá, todos angustiados, esperándome. —¿Y esas caras de velorio sin café? —intenté bromear, pero la mirada severa de mi padre me indicó que debía ponerme seria, así que dejé mi cartera en la mesa y me senté en un sofá individual—. ¿Qué pasó? —Kaede —pronunció mi madre con un hilo de voz. Me levanté por instinto, barriendo la sala con mis ojos. —La niña... ¿Dónde está? —mis cosas nasales se agrandaron. No era muy pegada a mi sobrina, pero la tenía tan consentida que le alcahueteaba comer galletas en la noche, siempre y cuando compartiera conmigo. Al ver que nadie me contestaba, me angustié yo también—. ¡¿Dónde coño está la niña?! Vamos, si era pegada

