LUCIEN
El amanecer me encuentra en el gimnasio de la mansión. Mi cuerpo exige este ritual diario como una necesidad primaria, cada músculo tensándose y relajándose bajo el peso familiar de las pesas. Es mi forma de mantener el control, de recordarme que cada parte de mi vida debe estar tan disciplinada como mi cuerpo.
Después de una ducha meticulosamente cronometrada, me visto con un traje Tom Ford gris oscuro. Cada movimiento es preciso, cada detalle está en su lugar. El reflejo en el espejo muestra al Dr. Blanchard, no al Chacal. Perfecto.
—¡Lucien! ¿Pretendes matarme de hambre? —la voz de Eli resuena desde el comedor cuando bajo las escaleras.
Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios mientras entro.
—Bon matin, petit monstre (Buenos días, pequeño monstruo) —la saludo, besando su frente.
—Je meurs de faim! (¡Me muero de hambre!) —dramatiza ella, haciendo reír a Nana, quien está colocando el desayuno en la mesa.
Me acerco a Nana, besando su mejilla arrugada. No es mi madre, pero es lo más cercano que Eli y yo hemos tenido desde que ella partió.
—Buenos días, Nana.
—Mon petit (Mi pequeño) —sus ojos me examinan con ese amor maternal que nunca ha cambiado—. Siéntate ya, que se enfría el desayuno.
Apenas me siento, Eli prácticamente me lanza un folio sobre la mesa.
—Voilà! (¡Aquí está!) —exclama con ese acento perfecto que heredamos de père (padre)—. Las opciones que me pediste.
—¡ Eli! —la reprende Nana—. ¡En la mesa no!
—Pero Lucien me lo prometió anoche... —hace un puchero.
—¿Anoche? ¿A qué hora estabas despierta, jovencita? —Nana entrecierra los ojos.
—Ce n'est pas grave (No es grave) —intervengo, hojeando los papeles—. Yo se lo permití.
—Tu es impossible, mon frère (Eres imposible, hermano mío) —Eli ríe, robando un croissant de mi plato.
—Tout comme toi, ma soeur (Igual que tú, hermana mía) —respondo, permitiéndole el pequeño hurto.
—¡En esta casa se habla inglés durante el desayuno! —Nana nos regaña, pero puedo ver el cariño en sus ojos.
—Hablando de cocina... —Nana añade, sirviendo más café—. Quizás estas clases sean una buena idea. Después del incidente del mes pasado...
Eli se sonroja.
—¡Ken exageró con el extintor!
—Casi incendias mi cocina, *chérie*(cariño) —le recuerdo, arqueando una ceja.
—Tengo clases —Eli se levanta precipitadamente—. ¡Revisa las opciones!
—Me debes una conversación sobre seguridad en la cocina —le advierto mientras sale corriendo.
El silencio se asienta en el comedor. Nana se sienta frente a mí, sus ojos penetrantes.
—Estás cansado, mon petit (mi pequeño).
Tomo su mano arrugada, depositando un beso en ella.
—Tuve una operación anoche.
—¿Solo una operación? —su mirada me atraviesa—. ¿Hasta cuándo, Lucien? ¿Hasta cuándo seguirás con esta vida?
—Lo que sea necesario, Nana —respondo suavemente—. Lo que sea necesario.
Sus ojos se humedecen levemente, y sé que está viendo al niño que una vez fui, no al hombre en que me he convertido. El niño que corría a sus brazos después de los "entrenamientos" de père (padre), el que ella curaba en secreto mientras susurraba canciones de cuna en francés.
—Mon petit garçon (Mi pequeño niño) —suspira—. Tu padre no ganó, ¿sabes? No mientras mantengas ese corazón que tratas tan duro de esconder.
Me levanto, ajustando mi corbata.
—El corazón es un lujo que no puedo permitirme, Nana. No en mi posición.
Pero mientras salgo del comedor, sus palabras me persiguen. Porque en el fondo, sé que tiene razón. En estos momentos, estos pequeños instantes de normalidad con Eli y Nana, soy más humano de lo que jamás admitiré.
Al salir de la mansión, le entrego el folio a Ken.
—Investígalos a todos —ordeno, mi voz cortante como el hielo matutino—. Quiero saberlo todo: antecedentes, conexiones, rutinas. Hasta el nombre de sus malditos perros. Si van a estar cerca de Eli, no podemos correr riesgos.
Ken asiente, guardando el folio con la eficiencia que lo caracteriza. El Aston Martin ronronea bajo mis pies mientras nos dirigimos al hospital. Es hora de comenzar con la actuación diaria, de ser el respetable Dr. Blanchard.
El Farmacy Medical Center me recibe con su familiar aroma a desinfectante y café. Mi oficina, en el último piso, ofrece una vista privilegiada de la ciudad, un recordatorio constante de todo lo que tengo que proteger. Sin embargo, hoy el panorama está contaminado por una presencia indeseada.
—Primo querido —la voz de Joseph Blanchard resulta tan irritante como siempre. Está sentado en mi silla, un gesto deliberado de desafío que no me sorprende.
Joseph, el eterno segundo lugar. Desde niños, siempre ha intentado superarme: autos más caros, mujeres más hermosas, logros más impresionantes. Diferencias sutiles que solo hacen más evidente su mediocridad. Lo miro y veo lo que siempre he visto: un hombre que vendería su alma al diablo... si tuviera una.
—¿A qué debo el disgusto? —pregunto, manteniendo mi voz neutral mientras me apoyo en el borde de mi escritorio.
Su sonrisa es un ejercicio de falsedad.
—Oh, solo pasaba a comentarte las últimas noticias del mercado. Parece que alguien ha estado vendiendo información muy... sensible.
Nuestras miradas se encuentran, un duelo silencioso de amenazas no pronunciadas. Joseph cree que puede jugar este juego, pero olvida quién soy realmente.
—Qué interesante —me inclino hacia él, bajando la voz—. Y si llegara a enterarme que tienes algo que ver con eso, primo... me encargaré personalmente de arrancarte los dientes. Uno por uno.
—¡Los Blanchard nunca traicionamos a la familia! —se levanta, indignado, pero puedo ver el miedo en sus ojos.
Se dirige hacia la puerta, topándose de frente con Ken, quien entra con más documentos. El encuentro los hace tambalearse a ambos.
Joseph sale sin decir más, su presencia dejando un sabor amargo en el aire. Sé que está tramando algo, pero su juego aún no es claro. Mi primo nunca ha sido de los que hacen visitas sociales; cada movimiento suyo tiene un propósito, como las serpientes antes de atacar.
—Señor —Ken me mira, sosteniendo los documentos—. Todas las personas fueron investigadas. Están limpias —hace una pausa, revisando los papeles—. Interesante elección, por cierto.
Apenas registro su comentario, mi mente aún procesando la visita de Joseph. ¿Qué puede haber de interesante en unos simples instructores de cocina elegidos por Eli?
—Retírate —ordeno, sin prestar verdadera atención a las palabras de Ken.
Me acerco a la ventana, observando la ciudad que se extiende bajo mi dominio. La visita de Joseph me inquieta más de lo que quisiera admitir. Mi primo puede ser muchas cosas, pero no es estúpido. Si vino hasta aquí, tiene un motivo.
El Chacal en mí se agita, inquieto. Los instintos que me han mantenido vivo todos estos años me dicen que algo se está gestando, algo que no puedo ver claramente. Todavía.