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EL PAÍS DE LOS BUITRES. SEGUNDA PARTE

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tierra realista
slice of life
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Descripción

La presente obra es la continuación y parte final de “El país de los buitres I”. Se lleva a cabo la insurrección militar contra el gobierno democráticamente electo por la mayoría de los habitantes de un país con enormes riquezas naturales, una nación con mucho futuro en el subsuelo, ya que es una de las principales productoras de petróleo a nivel mundial. El líder de la revuelta es hecho prisionero y, luego de algunos años, es indultado por un anciano presidente, para después, tras convencer a un pueblo sediento de mejores oportunidades de vida, lo elige presidente de la república. Comienza una etapa azarosa en la vida de esa gran nación, pues, poco después aquel ser déspota, comienza a manejar el país obedeciendo los lineamientos de un anciano dictador de un país insular vecino, quien durante décadas, de la mano de un comunismo absurdo, sumió a su propio país en la miseria. Se presentan pactos satánicos, violaciones constantes de los derechos humanos de la población, hambre y miseria; dominio ideológico y un mar de desgracias. Al morir el tirano, cede la silla presidencial a un demente que tan pronto llega al poder, termina de hundir el la más profunda miseria, acompañado de un séquito de personajes diabólicos quienes, como buitres, despojan a la antes poderosa nación, de lo poco que el anterior gobernante había dejado; los restos de una patria.

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Fue él quien lo recibió. Los jóvenes que lo habían trasladado lo arrojaron sobre una cama y se marcharon presurosos. Era obvio que con esa reacción detestable manifestaban el deseo de no verse envueltos en aquel hecho de sangre. Al ver a su amigo el malogrado gritó: “¡Hermano, sálvame!, ¡No me dejes morir”! Fue una puñalada demasiado profunda. La perforación cardíaca fue de tal magnitud, que en minutos la enorme hemorragia acabó con su vida. Todo el equipo se abocó de inmediato tratando de hacer algo por el herido; pero desafortunadamente, todo resultó en vano. Murió en brazos de su amigo. Jesús por desgracia, no pudo hacer algo por evitarlo. Nadie pudo haberlo hecho. El médico de guardia certificó como causa de la muerte, shock hipovolémico producto de herida punzo penetrante en la región torácica, con ruptura cardíaca. Fue realizada esa aseveración, tras haber explorado el área en cuestión. Diagnóstico que sería corroborado al día siguiente, después de efectuar la necropsia de ley por exigencias del cuerpo policial. Trasladarían el cadáver hasta la capital del Estado tan pronto la unidad policial encargada de ello arribara. Julito huyó, y nadie supo de él. Por lo menos las autoridades no supieron nada. Ya llegaría el momento en que los familiares aplicaran la justicia. Eso era ya una costumbre.           Minutos después los familiares del difunto, tras haber sido alertados por un conocido desde el mismo hospital, se hicieron presentes; no podían creer lo ocurrido. Su madre se abalanzó inconsolablemente sobre el cadáver. Las hermanas de Reinaldo resultaron víctimas de sendos desmayos. Tuvieron que ser atendidas de inmediato. Fueron desgarradoras escenas de dolor las vividas en ese espantoso momento. Poco tiempo después, había tanta gente en la institución y tantas mujeres desmayadas, que no se podía caminar para atenderlas. Hubo de intervenir la fuerza pública, para conminar a la gran cantidad de personas a que se retiraran. No fue sino hasta las ocho de la mañana, cuando la furgoneta de la policía científica se hizo presente, con la expresa finalidad de trasladar el cadáver. Durante varias horas tomaron declaraciones, hicieron fijaciones fotográficas tanto del cadáver, como del sitio del suceso. Recabaron las pocas evidencias de interés criminalístico en el lugar del suceso. Unas machas de sangre que detectaron sobre el asfalto en el sitio de la reyerta, unas botellas vacías según y que para corroborar las huellas dactilares, en fin, casi nada. El asesino se había desaparecido con todo y puñal. Pero a decir verdad, no era necesaria ninguna evidencia ya que hasta el mismo Reinaldo había expresado antes de morir, que había sido Julito quien lo había atacado. Además, muchos de los declarantes habían sido testigos presenciales de tan vil bajeza. Todos delataron al asesino. No había ninguna duda de la animadversión que todos sentían por ese muchacho malviviente.    En su adormecido estado sintió mucha pena Jesús, al revivir los instantes terribles en los que su amigo le pedía que no lo dejara morir. Miró nuevamente su rostro desencajado del dolor y del profundo miedo, pues, sabía que estaba a punto de morir. Contempló nuevamente aquella mirada que se despedía de la vida. Escuchó igualmente su último suspiro. Sintió como se apagaba la vida de un ser humano lleno de tanta bondad. De un hijo ejemplar. De un buen amigo. Estaba pronto a casarse, solamente esperaba culminar sus estudios para ello. Entre él y su novia le habían pedido a Jesús que apadrinada la boda. Todos esos sueños habían quedado en la nada, gracias a un miserable que malinterpretó una pequeña e inocente broma. La tristeza de Jesús fue tal, que su respiración se agitó en demasía.    Ya el alba estaba próxima a hacerse sentir. Alberto, tal como siempre lo hacía, se había levantado antes del alba. A esa hora aún estaba oscuro, por ello, su abuela estaba pendiente de él. Se lo llevó de inmediato con ella. Procuraba así, que su hijo continuara durmiendo plácidamente, tal como ella pensaba que lo estaba haciendo. En la cocina el niño le hacía grata compañía. Desde que se había quedado sin su madre, ella se había encargado del niño con suprema dedicación. En virtud de que Jesús trabajaba exclusivamente el horario nocturno, la abuela se llevaba al niño para que su hijo no se despertara tan temprano. Isaira era de la opinión de que la gente debe dormir lo suficiente, ya que los sueños nunca se recuperan. Por ello, cuando el joven estaba a punto de emerger de aquel cieno en que se encontraba y del que no había podido, aunque llevaba mucho rato intentándolo; ya estaba completamente solo en la alcoba.    Visualizó, luego que las imágenes de aquella aciaga escena se disiparon, otro suceso. Esa vez llegado desde un sitio indeterminado. Miró sorprendido aquello, tal como se contempla un film de terror. Parecía tan real todo eso. Cada escena, cada paso dado, cada detalle, hasta las voces llegaban muy reales a aquel hombre que se desvivía por salir de ese tortuoso sueño. Cada paso desatinado dado por el presidente, aquel abominable militar, jefe de un pequeño regimiento; lo tomaba como un punto a su favor. Fue a partir de aquel tambaleo económico que conllevaron a un desastre desenfrenado, cuando ese despreciable ser comenzó a verter su tenebroso designio.    Utilizó una imagen sagrada para aquel pueblo, la de su héroe patrio. La del libertador. No dejaba de mencionar aquel nombre sagrado para la patria. En ese país todos consideraban una especie de deidad, al hombre que había logrado la independencia de esa parte del continente. Esa sería su perversa estrategia. Exaltar la imagen del libertador y luego, procurar parecerse a él. No dejar de mencionarlo un solo instante. Con esa burda táctica, y basándose en los pensamientos nacionalistas de aquel legendario héroe, trataba de emularlo usando un lenguaje exagerado y empalagado de intrepidez.    Con ello aturdía a quienes lo escuchaban boquiabiertos. Comenzó en su mismo cuartel. Por las tardes, después de la cena y aprovechándose de su superioridad, se reunía con “sus muchachos” comenzando una estela de sermones ideológicos con los que pretendía encender en ellos, la perversa idea de soberanía y de independencia. Procuraba con aquella perorata, hacer ver que no quedaba otra salida para que el pueblo disfrutara plenamente de las riquezas de la patria, más que salir del régimen imperante. Les inculcaba que habría que oponerse al neoliberalismo salvaje, al imperialismo mismo, a todo lo que oliera a dominio. Las mismas expresiones se repetían insistentemente. Sus espectadores en un principio lo escuchaban, por no tener otra alternativa. Se trataba de un dominio para evitar el dominio.    Eran oyentes a la fuerza. Tenían que obedecer una orden. Luego, lo escuchaban por convicción y por último, luego de haber inoculado su maldita ponzoña idealista y embustera; resultaba requerida aquella facundia maldita. Ya aquel grupo de soldados odiaba a todo lo que tenía que ver con la patria vieja, con aquel pacto perverso, con el imperialismo, con el capitalismo y con una sarta de idioteces que sólo al mezquino personero beneficiaban. El soñador sintió un gran estremecimiento, al contemplar la manera de persuadir de ese hombre. Ya el primer paso estaba dado. Ya había afianzado su liderazgo en su cuartel. Demostraba que sí podía, que su locuacidad embarrada en ideas marxistas, leninistas y arribistas, surtían el efecto deseado. Alimentaba su crecido ego. Había sabido pescar en río revuelto. Sólo faltaba ampliar sus estrategias. Recordó a sus compañeros de academia, y luego de varias llamadas telefónicas, acordaron reunirse con la intensión de exponerles un proyecto para salvar a la patria.    Su principal intención era, arrastrar adeptos con el fin de crear un movimiento que se encargara de desplazar a la vieja política, es decir, a la hegemonía salida del tristemente célebre pacto. Muchos decidieron que realmente lo mejor que pudiera sucederle el país, el cual estaba a la deriva gracias a los desaciertos de un líder, era enrumbarlo hacia un verdadero progreso. Uno libre de ataduras partidistas, de dependencia, tanto imperialista como capitalista. Contaría entonces con la posibilidad de que aquellas personas, antes manifiestamente identificadas con esos partidos, se sintieran ahora convencidas de surcar nuevos horizontes y entonces, considerar las disponibles para ser articuladas en sus nuevas alocuciones y discrepancias. Crearía junto a ellos, un nuevo movimiento opuesto a los partidos políticos tradicionales; puesto que la intención era hacerle tragar la idea al pueblo, de que eran ellos los verdaderos culpables de todos los males que aquejaban a la patria. Tendría que nacer el socialismo y con él, la patria nueva. Necesario era que se dejaran a un lado las pretensiones individualistas, que hasta ese entonces imperaba en el gobierno; para darle cabida al bienestar del pueblo.    Una vez convencidos aquellos pendejos de apegarse a una doctrina idealista, nacida gracias al paulatino descontento producto del retroceso moral, de la corrupción desmedida, de la iniquidad social y de la perdida de la identidad nacional; fundó el nuevo movimiento que siempre había anhelado, con el que siempre había soñado. El grupúsculo hizo un  juramento, copiado de lo dicho por el héroe patrio hacía algo más de 200 años. Dicho juramento rezaba que no darían tregua a sus brazos, ni sosiego a sus almas hasta no doblegar las ataduras que vejaban al pueblo. ¡Amén!, decían todos mirando hacia el cielo con caras de borregos que estaban siendo desollados en vida.      Nacía un proceso de complot marcial, oculto tras una falsa promesa de querer apartar a la patria, del corrompido régimen que la había llevado definitivamente a la miseria. El gobierno facilitaba todo aquello, puesto que tras sus disparatadas decisiones, prosperaba el descontento y la rabia de los militares, ante lo cual y por influencia de aquellas palabras hipnotizadoras del “mecías”, resolvieron forzar relaciones ideológicas con fracciones políticas de la vida civil; para tratar de buscar una solución inmediata por la vía armada. Paradójicamente, la propuesta inicial se había iniciado gracias a la animadversión sentida contra el imperio estadounidense. Lo curioso era que, lo primero que pretendía llevar a cabo aquel hombre si llegaba a lograr su cometido, no era más que afianzar el comercio petrolero con ese mismo imperio que adversaba. “Malditos sean los dólares; pero…. dámelos acá que los necesito”, parecía escuchársele decir a aquel patán.           De inmediato, aquellas visiones futuristas que tanto enojo causaron en Jesús, dejaron de sentirse para dar paso a una situación por demás triste. Se trataba de sus parientes. Fue recibida una penosa noticia. Elíseo como cada día, salía a caminar sin un rumbo determinado, obedeciendo sólo a sus instintos. Mercedes continuaba con sus perpetuas discusiones con la nada, insultando tal vez al viento. El resto de la familia se dedicaba cada quien a los suyo. Ya a nadie le extrañaba que Elíseo saliera cada mañana. Pero ese día todo fue distinto. Normalmente él llegaba a las cuatro de la tarde aproximadamente. En ocasiones, se demoraba un poco más o llegaba al mediodía; pero en esa oportunidad había caído la noche, y nada que aparecía. Desde las seis de la tarde los muchachos salieron a buscarlo, sólo que era verdaderamente imposible buscar a alguien sin saber por dónde comenzar. Él nunca recorría un mismo camino.    Su sentido dislocado no le permitía razonar en ese sentido. Durante toda la noche visitaron hospitales, reclusorios, albergues y todos aquellos sitios en los que podría haberse quedado distraído con algo, o tal vez, al verlo desorientado como muchas veces le ocurría, alguna alma piadosa lo hubiese llevado a una iglesia o a un cuerpo policial. Nada de eso arrojó algún resultado satisfactorio. Al día siguiente, bien temprano, cuando se disponían a continuar con la búsqueda; uno de sus hijos leyó algo terrible en un diario de circulación regional. En el mismo se hacía referencia a un arrollamiento. Ángel de inmediato, sintió un presentimiento. Acudieron a la morgue dela medicatura forense. Lastimosamente pudieron reconocer al cadáver del pobre Elíseo. Mercedes durante todo ese tiempo se mantuvo sin alteración mental alguna, preocupada sobremanera por su marido. Algo dentro de sí le decía a Mercedes que Elíseo estaba en peligro o le había ocurrido algo malo. Lo mismo sintió cuando en aquellos años detestables que nunca quería recordar, había contemplado temerosa y presa de la peor de las pesadillas, cómo los esbirros del gordito General, lo sometían a crueles tormentos. Se sintió morir aquella noble y sufrida mujer. De hecho, a partir de entonces comenzó su declive.    De pronto llegó un instante de quietud a la mente ya cansada de Jesús. Aquellos trágicos sucesos se desvanecieron, dando paso a la realidad que en ese entonces, desbarataba esperanzas y malograba intensiones. La rabia de todo un pueblo se acentuaba, en la medida que su mandatario malgastaba el dinero de todos. Tal como si fuese un magnate, aquel hombre ruin disfrutaba, junto a su amante y una pléyade de oportunistas; las mieles ofrecidas por la gloria del poder. Mientras el hambre hacía estragos en un pueblo sufrido, él se embarcaba en una nueva aventura oficialista. Lastimosamente tendría que abandonar el país durante dos semanas, ya que una importante reunión exigía su presencia. El congreso dio la orden. Nadie pondría objeciones ni tendría duda alguna de la importancia para la nación, de los acuerdos que para bien, serían firmados en dicha reunión. Lo acompañaron algunos miembros de su tren ministerial, consejeros, colaboradores, familiares, amigos y hasta aduladores. Aquello no parecía un viaje de trabajo, más sí de delectaciones insondables. Hizo muchas negociaciones. Y vaya que supo hacerlas. Su armario se colmó de trajes de altas costuras tanto para él, como para su damisela de compañía.    Llenaron alacenas de exquisiteces insospechadas, dignas de paladares reales. Se atiborraron de todo tipo de joyas y de abrigos de pieles arrancadas miserablemente de la naturaleza. En fin, todos compraron de todo, y a manos llenas. No se escatimó en gastos. Todos se divirtieron de lo lindo, comiendo manjares extraños y degustando exóticas bebidas. Y el pobre en el fogón tratando de azuzar el fuego, no sabiendo que echarle a la olla. Sintiendo el llanto nacido del hambre de los niños desnutridos. Que injusticia se cometía a la sombra del poder. Se asistía a conversaciones que arrojarían mediaciones en los procesos de paz, mientras que en la patria grande, los pobres se arremolinaban en las calles clamando por un mendrugo de pan para llevar a casa. Ignominias de la vida que conllevaría a pensar en la manera de verter sobre aquellos pecadores, la férrea mano de un castigo ejemplarizante. Pero esa utopía denotaba aún más, la rabia de un pueblo. Por ello, aquel largurucho arrogante había surgido de la nada, para ocultar sus verdaderas intenciones tras el sufrimiento de la gente.    Mientras se acercaba el final de un año, también se acercaba un fatídico momento. Jesús contemplaría un suceso espeluznante que nunca habría de olvidar. A su sueño se presentaba, aquel episodio de un pasado que les cambió la vida a todos los integrantes de su familia. Un suceso reciente que aún se mantenía como un péndulo zigzagueante y tortuoso sobre él, y lo estaría de seguro, hasta más allá de su muerte. Se trataba de Zaidita, aquella chica tan bella, su hermana del ama, su amiga de infancia y de toda su vida. Había enfermado la doncella de una manera muy penosa. De nada valieron todos los esfuerzos. Sufrió mil tormentos e incontables sinsabores. Su madre velaba constantemente sus quietudes y sus sueños. No se vislumbraba una salida favorable ante aquel mal que marchitaba una rosa, a una beldad increíble. Alrededor de Zaidita, la familia sufría inclemente. Lloraban de penas y de impotencias. Zenón sentía un amargo sabor en su boca al igual que Isaira. Ambos se abrazaban y lloraban, dándose los consuelos que sabían que ya no podrían existir. Ella miraba a la nada con sus ojitos tan tristes. Y se marchó Zaidita una tarde opacada de diciembre, dejando a una familia sumergida en una pena inmortal que nunca se habría de olvidar.    En aquel terrible momento sumergido en una mente atrapada, surgió nuevamente su voz expresando un sentimiento. No miraba una imagen, sólo palpaba un sufrimiento. “Hoy se borraron las sonrisas de mi rostro. Siento que la alegría se va, las penas ahora llegaron. El sufrir es ya mí ahora, pues la desgracia ha anidado, está aquí a mi lado. Sintiendo cómo el dolor me traspasa y me ahoga, en ésta vida que aboga por tener una alegría: por volver a ésta mi vida, emprendedora y soñadora. Pero el destino no quiso que la luz brillara, que existiera ya el mañana, un día bien bonito; el bello rocío del alba y un canto bien tempranito. Se desgarra ya mi pecho, se transforma una vida. Mis manos hoy temblorosas no se aferran, ya no tocan  ni acarician, ya no sanan. Ya no llaman a la vida,  ya no las veo. No más  el querer tocarlo todo, se entierran en el sucio lodo, no palpan hoy a mi hermana; claman por ella. Que marchito es el  destino. La vida quiso una broma y hela allí cerca de mí,  desgarrando ya mi alma, destrozando la existencia. Haciendo que mi corazón sufra esta condena. Que se vuelve una pena y hace perder mi razón. En su vida el sendero se acabó. He allí el precipicio, el término, el final, mirando sólo hacia atrás; no adelante como antes, ¿A dónde la vida le lleva?¿A dónde lo amargo le arrastra? Al término de su vida,  al sufrir que nunca olvida. Hoy miro ya su partida, y lloro triste un destino que la vida ya no quiso. Permitió la propia vida que en mí floreciera tanto dolor. Que mi fe se marchara y se perdiera dejando a mi corazón desolado y destrozado. La vida misma le dijo que se alejara, y ella se alejó porque no pudo más luchar. No pudo ver su mañana. Darles un beso tibio y bello a unos padres y a unos hermanos, que quedaban devastados. Adiós hermanita, adiós”.    Sendas lágrimas descendieron por las mejillas de Jesús. Aún en su semiinconsciencia, él sentía desgarrársele el corazón. Sintió aquel terrible momento que apenas había sucedido hacía poco más de un año. Aún sentía punzante la herida, la misma que nunca habría de sanar. Se miraba a sí mismo en ese sueño profundo, sufriendo de la manera más cruel un amargo dolor. Llegaba la imagen de una casa desolada. Sentía Jesús que el día trataba de abrir su puerta, pues la noche se había ido ya. Percibía una habitación inmensa, unos mosaicos tan vivos, una luz que ya no iluminaba y un silencio que caía sobre él como un pesado tormento. En ese momento solado se percibía un largo camino. El camino del dolor, el camino del tormento. Sintiendo estaba aquel hombre, una gran pena en el alma. Intangible, sentía como su espíritu se desprendía de sí, se trasladaba por la casa y llegaba raudo a la alcoba. En ella no existía nada. Salía muy pronto de allí, y no sabía a dónde mirar. Al patio había dado ya, y al infinito contemplaba. Quería ver a las estrellas, tal vez podría ver el firmamento.    Que inmensa pena sentía Jesús. Esa maldita pena  que se anidaba para siempre en su marchito corazón, en lo más íntimo de su alma, donde por  sentirlo que sentía; parecía el peor de los hombres. ¿Qué era lo que quería esa pena? ¿Porqué no se marchaba ya dejándolo de una vez?¿Por qué no lo dejaba entonces soñar tranquilo? En su destierro, Jesús se sentía quemar por la pena. La rabia roía sus sentidos. Sentía una gran impotencia, y un inmenso rencor hacia sí mismo. El amor de toda una vida, aquel amor que siempre estaba presente, débilmente lo sentía. ¿Qué le pasaba a su hermana? ¿Porque no le veía sonriente?¿Dónde estaba su dulce voz? ¿Donde permanecían sus pasos alegres? Toda una vida, toda una bendición estaba ahogada en una pena. Jesús sentía, estando sumergido en ese sueño profundo, que ya su vida no valía absolutamente nada. Sentía el joven enfermero que ya su vida le atormentaba. ¿Qué le pasaba a su hermanita que no cantaba sus canciones? Él miraba que ella se encontraba demasiado sola sintiendo mucha tristeza. Jesús sentía que los recuerdos se robaban las lágrimas de sus adormilados ojos. Era un joven lacerado inmisericorde por un inclemente sufrimiento. Jesús sufría horriblemente por la muerte de su hermana. Nunca habría de olvidar sus encantos, sus miradas y su dulce voz. Nunca olvidaría Jesús a Zaidita, por más que pasaran los años. No fue sólo una hermandad. Fueron momentos mágicos decorados de fantasías. Seguro estaba que la amaría eternamente; porque un amor como el que sentía por su hermana, era de esos amores que se recuerdan tiernamente y que nunca se han de olvidar.    El recuerdo triste se marchó dejando una congoja irremediable en un corazón sufriente. Aquel año le había propiciado momentos inolvidables. Uno definitivamente adorable, inigualable y lleno de la decorosa pasión paterna; el admirable instante del nacimiento de un hijo que se amará por siempre. Luego otro, que había propiciado un profundo dolor; la muerte de Elíseo, de su querido tío. Pero fue la partida de Zaidita la hecatombe, la tragedia. La mayor de las penas que hasta ese momento había palpado. En sus sentidos fulguraban esas almas que se elevaban despacio hacia la gloria de Dios padre. Repentinamente se sintió la beldad. Llegaban nuevamente fragmentos de felicidad desde otro rincón del pasado. Se sintió en aquel sueño confuso, un paisaje hermoso. La belleza de la naturaleza extrañamente se presentaba ante él. Contemplaba un paisaje concebido en otras oportunidades; en los lindos sueños de su infancia. Los sueños en que recorría mil caminos con la hermana de su vida. Era un sitio fantástico.        Lo verde se confundía con los imperecederos matices del cielo. La vegetación tupida daba cobijo, a toda la vida que allí se divisaba. El murmullo de un riachuelo, cuyas aguas diáfanas se movían con serenidad, llegaba a sus oídos. Era un sitio bello. De la vida, el mejor regalo que se podía obsequiar a ojos algunos. Desde el centro de ese vergel, hizo acto de presencia una linda mujer. Era ella, era Zaidita, a quién se podía contemplar muy bella, exquisita y fascinante. Caminaba diligentemente en medio del Edén observado.    Sus pasos recorrían mimosos, el suelo cubierto de una eterna hojarasca. Crepitaban por sobre las hojas secas, y con su suavidad angelical, engrandecía aún más el sonido de sus sendas. Desde el centro de aquel oasis soñado, ella lo miró con ternura. Lo miró con una magia infinita en los ojos, y se le acercó lentamente. Sus labios quisieron decirle algo. Sus manos pretendieron palparlo con devoradora calidez. Su cuerpo virginal también era observado por él, con la ternura que crecía como la serenidad de aquel paraje. La belleza de su hermana nunca podría descifrarse. Jamás pudiera siquiera plasmarse. No habría ningún genio capaz de inmortalizar en un lienzo, tanta deidad y tanto amor.    Se miraba en esa imagen a un ángel que, travieso, quiso aventurarse en ese sueño de verdor, para ser contemplado por un mortal que devoraba esa presencia con ímpetu crecido. Era esa la imagen de la naturaleza, era la naturaleza en esa imagen. Ella quiso presentarse ante Jesús para tratar de calmar un inmenso dolor. Ese padecimiento eterno que su hermano cobijaría para toda la eternidad. Jesús contemplaba a su hermana en ese sueño, que lo tenía atrapado sin poder él hacer nada. Que bella era. Que linda y elegante. Sentía que ella era feliz en la gloria de Dios. Definitivamente era feliz. No podría ser de otra manera.    Como macabra obra de quien pretende hacer mucho daño, la penumbra regresó nuevamente al sueño perturbador que ya amenazada con el total desespero, el mismo que sin ambages, quería que de tanto dolor, un hombre despertara. Isaira sentía que su vida también se había ido. No podría existir dolor más grande para ella. Se desesperaba hasta lo inimaginable, al sentir que se quedaba sola en un camino que habían planificado juntas. En su corazón sentía un terrible tormento que amenazaba su vida, que tal vez quería llevársela con ella. Sentía igualmente un gran vacío en el alma, y una gran ganas de marcharse; de acompañarla como siempre lo había hecho.    Quería tenerla a su lado en todo momento, y en ese momento sólo la tendría en cada rincón de su vida, en cada flor, en cada fragancia bendita; en cada rayo de sol, y en su eterno amor de madre. Sufría Jesús al papar la consternación de su madre. Era infame la sensación de mirar la angustiosa tragedia. La sentía devastada. Sentía que su madre desfallecía de tantos sufrimientos. Nunca superaría Isaira, la muerte de un hijo. Ignoraba entonces que otro dolor se acercaba despacio. Acechaba ese dolor, aguardando en un recodo del tiempo, presto a provocar más desconsuelos. Roger estaba enfermo. Le habían diagnosticado ese mismo año un cáncer maldito. Apenas comenzaban los sufrimientos de una madre. Jesús en su lecho de soñador, no quería ya siquiera respirar. El dolor que visualizaba era de tal magnitud, que destrozaba la poca calma que a esas alturas de su angustiante sueño le quedaba.                    Pero el estado de estupor que lo mantenía cruelmente retenido, hizo desaparecer aquella visión. Todo quedó inmerso en una total penumbra. Parecía un maldito ir y venir de los tiempos vividos y por vivir. Repentinamente visualizó algo terrorífico. Se trataba de una bandada de negras aves. Era un nubarrón oscuro que se extendía por toda la inmensidad del cielo. No permitía ver la luz del alba. Revoleteaban incesantes, tratando de divisar algo desde la distancia. Se trataba de una enorme cantidad de buitres negros; aves de carroña comunes en esas zonas. Ocupaban muchos espacios. A cada instante se unían más buitres a esa enorme nube negra. Cuando ya no se soportaba la oscuridad reinante, la gran mayoría de esas aves se marcharon bruscamente sin dejar huellas. No se supo a donde habían ido a parar. Simplemente se esfumaron como una ligera nube en el viento. Solamente quedaron algunas de ellas. Continuaban ellas volando sin cesar, dando vueltas y más vueltas. No se miraba ser humano alguno. Era el país de los buitres, lo único que se palpaba en aquel momento de un sueño demasiado profundo. Aquellas negras aves, los zamuros como se les decía como un regionalismo enraizado, volaban y cada vez se acercaban más a su rostro. Sintió un miedo congénito al ver aquellos picotazos destrozar un espacio vacío. Todos le rodeaban como danzando golosos a su alrededor. Había quedado un pequeño grupo. Diez a lo sumo. Los animales comenzaron a crecer hasta alcanzar un tamaño descomunal. Poco a poco, ante los incrédulos ojos de Jesús en aquel sueño, fueron tomando formas humanas sin dejar de poseer el n***o plumaje y sus alas ciclópeas. Eran espeluznantes esas imágenes. Mientras sus alas surcaban los espacios, sus rostros iban tomando formas definitivas. Jesús pudo comprobar que en esos misteriosos seres, se dibujaban los semblantes de aquellos personajes que habían aparecido en sus instantes de evocación. Alzaron vuelo con tal ímpetu, que dejaron una intensa nube de polvo en aquel paraje. Revoloteaban por los cielos, hurgando sobre la patria grande. Buscaban los restos de las riquezas tratando de desguazar aún mucho más, lo poco que quedaba de lo que alguna vez fue una nación poderosa. En ese momento de su sueño, ya el pueblo había perecido. Una hecatombe total se había cernido sobre todos. No se visualizaba un horizonte. Ya no se palpaba un alma. Todo se había ido ya. Las malignas garras de los perversos gobernantes, habían arrasado con todo. Jesús no podía creer lo que a su sueño llegaba. Era terrible la sensación sentida. Concebía los instantes en que los buitres, en grandes bandadas, acababan con las ilusiones, con la dignidad y finalmente, con las vidas de quienes no merecieron padecer tanto. Cuando Jesús creía que lo había visto todo, se acercaron retadores, otros buitres. Esos eran aún más grandes. Se podían palpar en sus horrendas facciones, unos gestos terribles. Sus miradas tenebrosas buscaban indetenibles, asirse a lo que fuere y llevárselo cuanto antes. Eran unos buitres aún inmensos. Vestían verdes ropajes, y llevaban asidas a sus garras; un arsenal espantoso, con el que pretendían acabar con lo único que quedaba. Querían llevarse en sus espantosas garras, las esperanzas de que en un futuro, pudiese surgir nuevamente la vida.       Esos buitres aniquilaron con su poderío, a quienes habían estado allí inicialmente. Aquellos que representaron a los otrora gobernantes de la patria grande. Los subyugaron con sus armas diabólicas. Acabaron con ellos de la peor de las maneras, propiciándoles una muerte en extremo dolorosa. Uno de los recién aparecidos, el más ágil, el más despiadado; quien lucía una boina sobre su cabeza; poseía una mirada altanera, y eran arrogantes sus aleteos. Los demás lo seguían como se sigue a un líder. Realmente lo era. Venían desde el futuro. Aquellos seres demoníacos querían destrozarlo todo. En sus malévolos ojos se podía ver que no iban a desfallecer en sus intenciones. No iban a parar hasta ver convertido en cenizas a un país otrora rico y hermoso. Sentía Jesús que en el futuro que se acercaba arrogante, ellos batallarán poseídos de mucho odio. La superioridad numérica se impondrá. 

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