lugar una aparición. Se trataba de un ser espeluznantemente delicioso, tal como lo describió Dante Alighieri. “Estaba allí el Diablo, ser maligno y perverso, señor de las tinieblas. Era un monstruo gigantesco, con tres rostros en su cabeza, con grandes alas, como las de un murciélago, e inmensas garras que causan gran destrozo, llorando a la vez por sus seis ojos, destilando lágrimas y sangrienta espuma, que se desliza por sus tres barbas”. Con él también se hacía presente, un inmenso perrazo de color indefinido, ojos inyectados de sangre y enormes colmillos que reclamaban carne. El animal mitológico se acercaba siempre amenazante, y le olfateabaminuciosamente. Repentinamente le miraba con aquellos ojos horripilantes, y mostrando su dentadura, gruñía desafinado y poderoso; pero segundos después, moviendo su grueso y tosco rabo, le dejaba en paz e iba a echarse al lado de su malicioso dueño. Lucifer escrutaba a su orador con su mirada infernal y, acercándosele demasiado, le decía en un idioma extraño y nunca percibido; que si estaba dispuesto a continuar su misión y ganarse finalmente, el puesto anhelado en el infierno, del cual era él, padre y señor de todo lo malo. Por supuesto que él contestaba que sí.
Nadie a su alrededor, percibía lo que era llevado a cabo en aquel lugar poseído por tan infernal ser. No podrían aunque quisieran. Nadie había sido inoculado de tanto mal, como para poder tener el privilegio maldito de codearse con el rey de las tinieblas; como sí podía hacerlo él. Los movimientos contorsionados, y aquel dialecto raro que exteriorizaba, hacían de él un bicho raro, al cual valía la pena seguir; porquetodos estaban completamente de acuerdo, que nadie podía superarle en cuanto a terror y muerte se trataba. Pactaba con su señor, y sus rigurosos lineamientos resultaban decretados de manera rigurosa. Prometía que cumpliría de manera creciente, cada uno de ellos. Pactaba igualmente, el ofrecimiento de almas puras y nobles a diario;desterrar la paz,proceder inclemente a humillar; a desterrar la dignidad de todo un pueblo. En fin, pactaba con el maligno ser, toda la maldad posible. Su misión era que la gente dejara de creer en Dios, eterno enemigo suyo.Queperdiera todo tipo de esperanzas.Queentendiera que la fe era algo vacío, y que definitivamente;le siguieran exclusivamente a él como el único salvador existente. No se trataba en esos momentos, de un pacto por riquezas. Eso se haría luego. No estaba vendiendo su podrida alma como muchas veces se cree posible, cuando se desea poseer mucho dinero de un día para otro. Para eso nadie necesita al demonio. Lo hacen los políticos corruptos a cada instante sin que el ser supremo de la maldad coopere en lo absoluto. Ellos son tan miserables que no necesitan ayuda. El pacto que era llevado a cabo era por su sueño de posicionarse muy cerca del diablo, exactamente en la silla presidencial. Era ese sugran deseo, ser el presidente. Pero ello resultaba en una tarea ciclópea, donde quedaba en sus espaldas, el tenebroso peso de producir mucha maldad y mucho dolor enpoco tiempo.
El desquicio de aquel individuo no era consecuencia más que de la pobreza que lo arropó desde que era un niño, cuando le obligaban, al igual que a sus hermanos; a vender nimiedades gastronómicas por las calles de su pueblo natal.En muchas ocasiones, sintió lo que pensabaque era, el desprecio de mucha gente, la burla, el menosprecio; toda una gran gama de vagas percepciones de una realidad, que no era tal. Sus hermanos sencillamente, miraban hacia otro lado cuando alguien les tomaba el pelo, o simplemente cuando no querían, o no podían adquirir nada de lo que ellos ofertaban. La mayoría de los habitantes de aquella comarca, eran gentes pobres, tanto o más que ellos; por ello aunque se les iban los ojos tras aquella dulcería criolla, no portaban siquiera una moneda. En cambio, él no percibía aquellas negativas o vacías como lo que eran, sino como una humillación, como la peor manera de sentir desprecio por ser nadie, por representar una ínfima porción de un muchacho de tal insignificancia; que no merecía siquiera que le dirigieran una mirada. Eso era lo que él percibía, ante la imposibilidad de algún muchacho; de ceder bajo la golosa tentación de un dulce. De tal manera, se fueron acumulando uno tras otro, aquellos sentimientos de venganza contra la humanidad, contra aquellos seres a quienes él creía superiores; ante el mundo entero. Él tenía que ser grande, único, mejor que todos. De esa manera, su personalidad se fue cimbrando con cada desprecio, con cada humillación que sentía, ante cualquier inocente broma dirigida a él y, en muchas ocasiones, sin necesidad de ello. Sencillamente odiaba a quien pensaba que era mejor que él, tal como ocurrió con el humilde muchacho que prestaba el servicio militar,quienle sirvió como inspiración maldita.
Una noche, en la cual resultaba arropado por la soledad, después que todos en casa se habían entregado al exquisito embrujo del descanso; mis cavilaciones me envolvían en su empedernido afán de tratar de hacerme comprender, todo cuanto me sucedía y que indudablemente me había sido develado en mis sueños. Resultaba entonces, atrapado en el conticinio de una noche que parecía interminable; una noche en la cual ni el andar travieso de un perro en la distancia,denunciaba vida alguna. Pernoctaba yo con uno de mis eternos amigos, un libro. En esa ocasión devoraba: “El guardián entre el centeno” de J.D.Salinger. “Luego, mientras se quitaba la corbata, me preguntó si había escrito la redacción. Le dije que la tenía encima de la cama. La cogió y se puso a leerla mientras se desabrochaba la camisa. Ahí se quedó, leyéndola, mientras se acariciaba el pecho y el estómago con una expresión de estupidez supina en la cara. Siempre estaba acariciándose el pecho y la cara. Se quería con locura, el tío. De pronto dijo:
— Pero, ¿a quién se le ocurre, Holden? ¡Has escrito sobre un guante de béisbol!
— ¿Y qué? —le contesté más frío que un témpano.
— ¿Cómo qué y qué? Te dije que describieras un cuarto o algo así.
— Dijiste que no importaba con tal que fuera descripción. ¿Qué más da que sea sobre un guante de béisbol?”.
Atrapado como estaba en medio de aquella magna obra literaria, sucedió nuevamente algo que en realidad estaba esperando, como único medio posible para enfrentar aquella soledad que ya me aplastaba de manera inmisericorde. Una brisa atrevida se hizo sentir, destronando por completo a aquella que, suave y delicada, hacía mover hasta ese instante, la fina tela de la cortina que cubría tenuemente la ventana. Era una corriente fría,similar a la que otrora, me hiciera sentir pánico. En ese momento, cuando pude sentir aquella gélida sensación, me sentí por el contrario, completamente embargado de una felicidad indescriptible. Sabía que ya mi soledad iba a desaparecer. Me sentía solo, a pesar de la perfecta compañía que sentía al leer a J.D. Salinger, así como a cualquier otro autor de su talla. Miré instintivamente a mi derecha, mientras colocaba el libro sobre la mesa de la sala.Al mirar en esa dirección, lo pude contemplar nuevamente. Cada vez lo disfrutaba más. Se trataba de mi bello abuelo, mi viejo como ya le decía en confianza y por cariño. A él no le desagradaba que alguien le dijera así. Ninguno de sus hijos pudo hacerlo; no habían tenido tiempo para ello. Supuse que por ese motivo sus visitas eran constantes. Él las disfrutaba al igual que yo. Sabía que mi madre estaba al tanto de aquellos encuentros, por lo que no tenía que estar escondiendo nuestra conversación, haciendo creer que leía en voz alta. Mi viejo me miró detenidamente, tal como siempre lo hacía desde que comenzaron aquellos encuentros inusuales. Esas miradas me desconcertaban un poco, lo confieso; pero a la vez, me llenaban de esperanzas.
Eran aquellas ocasiones, las únicas en las cuales contemplaba miradas vacías de vidas, pero colmadas de experiencias, de realidades y de los vaticinios que servían para orientar unos planes ingentes. Pronto, al sentir que sus miradas eran interminables, me intimidé enormemente y me puse nervioso sin poder evitarlo. Cuando mi viejo sintió aquella incomodidad, apartó su mirada y dio inicio lenta y pausadamente a su parlamento. Él había partido del plano terrenal siendo aún muy joven; pero los tantos años de ocupar un lugar en el paraíso; habían tornado lentos sus procederes. Además, no era que muy seguidamente platicaba él con alguna persona en este plano existencial. Entre las tantas cosas que conversamos, hizo especial énfasis en lo que estaba ocurriendo en nuestra patria. De manera reflexiva, manifestaba la preocupación sentida en la gloria de Dios padre, con relación al futuro que se cernía sobre todos los habitantes de la patria grande.
Hizo un pequeño resumen de la forma como había sidogobernada a nuestra patria, destacando en el mismo, el afán casi generalizado de todos aquellos gobernantes. Los mismos quienes al ocupar ese cargo; de inmediato iniciaron una cruzada mezquina con el objeto de, en un tiempo perentorio, lograrapoderarse de las riquezas que Dios todopoderoso, había sabido colocar bajo nuestros pies. Lamentaba que, por esas desmedidas mezquindades, nunca se atendióa las tantas necesidades delagente. Nunca le importó a nadie, salvo dos excepciones, el presente y el futuro de los verdaderos dueños de las riquezas. Esos gobernantes infernales, durante muchos añossustrajeron los bienes ajenos con extrema astucia, y depredaron todo cuanto encontraron a su alcance. Ellos miraron a la rica nación, tal como mira el animal carnívoro a su presa. Ellos procedían a devorar todo cuanto podían, mientras tenían tiempo de hacerlo, antes que llegara un nuevo depredador a apartarlos de la manera más brutal, para ser él entonces; quien continuara depredándolo todo. Eran de esa calaña, los malditos gobernantes que habían llegado a través de mil ardides, a dirigir los destinos del país. Antes de la llegada de aquel demonio que había formado una maligna alianza, no quedaban más que los desperdicios de lo que había sido una de las naciones más ricas del mundo. En el momento en que por desgracia, aquel perverso hombre llegó a su ansiada meta, aquellos restos se tornaron apetecibles. Ya no eran los depredadores, quienes ambicionaban terminar con lo que quedaba de la nación. Al quedar sólo los restos de lo que un día fue, quienes se acercaron no fueron más que carroñeros, buitres. Predijo entonces, que desde un horizonte cercano, se acercaba el mayor de los rapaces de todos los tiempos.
En ese momento recordé algo que se había presentado en mi sueño. Lo que recordé, precisamente hacía eco a lo que mi abuelo conversaba conmigo. Se trataba precisamente de unos buitres. Daba la impresión que una extraña voz, me contaba una historia un tanto dramática. “Eran espeluznantes esas imágenes. Mientras sus alas surcaban los espacios, sus rostros iban tomando formas definitivas. Se trataba de buitres con rostros humanos. Enaquellos semblantes, se dibujaban los talantes de los personajes que habían aparecido en los instantes evocados. Cada uno era un buitre. Revoloteaban por los cielos hurgando sobre la patria grande. Buscaban los restos de las riquezas. Trataban de desguazar aún mucho más, lo poco que quedaba de lo que alguna vez fue una nación poderosa. Una hecatombe se había cernido sobre todos. No se visualizaba un horizonte. Ya no se palpaba un alma. Todo se había ido ya. Las malignas garras de los perversos gobernantes, habían arrasado con todo. Era terrible la sensación sentida. Palpaba los instantes en los cuales, los buitres acababan en grandes bandadas con las ilusiones, con la dignidad y finalmente con las vidas de quienes no merecían padecer tanto. Cuando parecía que se había visto todo, se acercaban retadores, otros buitres. Los mismos eran aún más grandes. Se podía palpar en cada uno de ellos, uno rostros terrible. Sus miradas tenebrosas buscaban indetenibles, asirse a lo que fuere y llevárselo cuanto antes. Eran unos buitres inmensos. Vestían verdes ropajes, y llevaban asidas a sus garras, un arsenal espantoso, con el cual pretendían acabar con lo único que quedaba. Querían llevarse en sus espantosas garras, las esperanzas”.
Aquel año fue testigo fiel de mi casamiento. Francelina y yo decidimos dar aquel gran paso, y fue precisamente ese año el seleccionado para ello.Esa tarde,viajamosmis padres, Zenoncito, Juanita y yo, hasta la ciudad donde residía mi Amada con su familia, y donde se llevaría a cabo la ceremonia. Había yo pernoctado varias veces en casa de la familia de mi novia. Recordé en el transcurso del viaje, el álgido momento que nacía de mi nerviosismo, cuando fui a pedir la mano de mi novia. Vino a mi recuerdo el momento preciso en el cual donArgenis, doña Elina y yo conversamos muy seriamente. De esa conversación surgió todo un futuro maravilloso.Recordé a todos los hermanos e mi novia. Entristecí de repente cuando recordé al fiel amigo Robertico, quien se quedó en el camino debido a las consecuencias malignas de una anemia drepanocítica. Lo recordé todo, y lo guardé en un recodo de ese tiempo que jugaba conmigo, para poder alegremente, ese gran momento de mi vida. Dos horas antes de la boda, llegamos a la casa de mi futura esposa donde, en un anexo, nos arreglarnos para la ceremonia. Mamá y papá estaban espectaculares y ni qué decir de mis hermanos. Mientras me arreglaba el nudo de mi corbata para procurar que quedara perfecto, sentí ese gran amor que duraría eternamente. Era un amor sagrado que surgió del encanto de miradas tiernas, de palabras bondadosas y de los planes de un futuro mágicos que mi amada y yo nos ofrecimos mutuamente. Mi corazón se quedaba pequeño para albergar ese amor sin límites.
Cuanto la amo, realmente la vida me regaló este intenso sentimiento infinito. La magia de este amor sin igual era mutua, ya que Francelina me demostraba a cada instante, que sentía lo mismo por mí. La conocí, y desde ese instante, el amor decidió pernoctar en nosotros para siempre. Nuestro primer beso dejó una honda huella, tan así, que aún en este momento de mi vida lo siento en mis labios, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Eso era, es y será el amor, el amor eterno. El sentimiento del cual mucho se ha hablado, y del cual muchos han escrito y lamentablemente; el que muchos desconocen. Esto es el amor, el que sentiremos eternamente mi amada y yo. La boda eclesiástica se llevó a cabo en una pequeña capilla cercana a su residencia. La decoración era fastuosa.Esa noche bendita, papá estaba más elegante que nunca. Vestía un bello traje color café que hacía un mágico juego con su camisa y con su perfectamente anudada corbata. Su calzado era fabuloso. Sus puños lucían unas yuntas maravillosas, las cuales le daban un aire de extrema elegancia. Mamá por su parte, lucía un precioso vestido azul celeste. Era su color favorito. Definitivamente estaba bella mi madre.Mis hermanos parecían dos ángeles, estaban muy bonitos ambos, cuanto los adoro.Me miraban orgullosos desde sus respectivos asientos.
De la mano de mi bella madre llegué al altar divino, donde, en presencia de nuestra gente y ante el Dios eterno, nos juraríamos amor eterno. Desde ese momento, cuando aguardaba que Francelina se acercara, descubrí que ese siempre había sido mi sueño, estaba seguro que el de ella también. El enorme automóvil color verde bonito, aparcó justo frente a la puerta del templo, conducido por un caballero de corta estatura y de canos cabellos que también estaba elegantementevestido. De dicho vehículo descendió una belleza, una fantasía, una deidad; el amor de mi vida. Francelina hacía acto de presencia para convertirse en mi esposa.Para convertirme en el hombre más feliz del mundo. Luego de haber estacionado debidamente el gran automóvil, el caballero en cuestión acompañó a aquella princesa hasta el altar, y desde ese momento iniciamos el recorrido de un camino que nos haría eternamente felices. Nunca olvidaré el hermosísimo día, en el cual me casé con la mujer más buena y más bella del mundo.
De común acuerdo, decidimos mudarnos a la bella ciudad donde ella habitaba. En ese sitio las ofertas laborales eran mejores. Yo había salido de la administración pública, y creí propicio ese momento para regresar a ella; gracias a Dios, pude lograrlo. Ella consiguió emplearse tan pronto hizo la solicitud, en uno de los hospitales dependiente del organismo encargado de la seguridad social. En ese mismo hospital, comencé a ejercer nuevamente. A la par de ello, en una de los grandes centros asistenciales privados, también me inicié. Ya Alberto estaba acostumbrado a la presencia de la mujer, que desde ese entonces representó la figura materna que desde hacía ya varios años no sentía. De inmediato también se hicieronpresente en la vida de mi hijo, una gran cantidad de primos y tíos, amén de dos amorosos abuelos. Nunca fue tratado como alguien extraño a la familia, todo lo contrario, desde que llegamos ella, lo trataron como uno más. Lo trataron como si realmente llevara su sangre. Francelina nunca utilizó la palabra hijastro para referirse a él, y mucho menos mi hijo le dijo madrastra. Eran sencilla y grandemente madre e hijo. Mis suegros siempre le llamaron nieto, y mis cuñadas y cuñados; sobrino.
Los sobrinos de mi esposa, mis sobrinos políticos, siempre le dijeron primo. De esa manera sentí, que además de recibir en mi vida a una gran mujer, recibí como la mayor de las bendiciones; a una gran familia. Nunca dejaré de estar agradecido de la vida por ese gran milagro. Por desgracia, Francelina y yo nunca pudimos engendrar nuestros propios hijos. La tan ansiada niña de mis ojos nunca llegó. Eso nos dolió grandemente. Tratamos por diversos medios de superar la imposibilidad; pero nada resultó efectivo. Con el tiempo, se aferraron tanto madre e hijo,que sintió que Dios le había otorgado por otra vía, la dicha de ser madre. Nuestras vidas en aquel hogar bendito, comenzaron a discurrir con toda normalidad. Existieron los altos y bajos que nunca dejan de estar presentes en cualquier matrimonio; pero uno a uno fueron superados con amor e inteligencia.Por aquella época, cuando ya el año 1.997 transcurría, la situación de la patria grande no podía ser peor. Nadie se imaginaba que realmente lo peor estaba por comenzar.
El peor momento para ejercer mi apostolado fue aquel, ya que en los centros asistenciales públicos no había nada que ofrecerle a los enfermos. Lo primero que se hacía cuando alguien llegaba aquejado de cualquier problema de salud, era colocar en sus manos un papel mugriento donde estaban anotados todos los implementos que se necesitaban. Desde los medicamentos más esenciales, hasta costosos equipos. Sólo existía la buena disponibilidad nuestra para salvar vidas; pero por supuesto, eso no era suficiente. De esa forma, contemple con mucha decepción, cómo se perdían muchas vidas en los brazos del infortunio. La mayoría de aquellos seres humanos, fallecían por no contar con los recursos necesarios, con los cuales comprar los medicamentos o equipos que se necesitaban. Muchas deshidrataciones, infecciones, convulsiones, crisis asmáticas, entre otras patologías; acabaron con tantas vidas. Esa tragedia pudo haberse evitado haber existido lo necesario; pero la inacción gubernamental no daba cabida a nada bueno. Solamente llegaban desgracias, perjuicios y pesares; a un pueblo que merecía vivir en el paraíso. No se podía explicar, cómo en un país tan rico, existía tanta pobreza. Los pobres eran quienes más sufrían, y a quienes contemplábamos llenos de impotencia, sucumbir antes los estragos de las enfermedades o accidentes.
Mientras tanto, aquel ser que llevaría más desgracias a mi patria, cacareaba maravillas por todos los rincones. Su verbo crecido e inagotable, ofrecía las maravillas que realmente necesitaba el pueblo. Por eso las esperanzas se concentraban en él. Nunca imaginé que en algún momento diríamos, que ese pasado que creímos pernicioso, había resultado una marejada de bendiciones;al compararlo con el futuro que se avecinaba. El futuro gobernante sacaba una gran ventaja de aquella tragedia vivida por todos. Sus lágrimas fingidas ocultaban un oscuro sentimiento. Maquinaba aquella mente enferma, la posibilidad de llegar lo más lejos posible. Su meta ya existía. Quería perpetuarse en el poder. Quería superar a aquel dictador,cuya única forma de haber salido del mando fue muriendo. Quería aquel ser diabólico, precisamente con la ayuda del demonio; lograr romper ese récord. Buscaría aquella mente perversa, encontrar una manera, y ya se asomaba la infalible. Propondría como tabla salvadora, edificar una nueva Constitución Nacional. En ella, plasmaría en un futuro cercano, la posibilidad de perpetuarse en el mando. Ese sería su primer gran paso de ganar la presidencia. Por ello, concentraba todas sus fuerzas para convencer a la gente que él significaba, no la mejor opción;sino la única opción.
Ya aquella mente excéntrica y definitivamente desquiciada, maquinaba la manera de lograr sus ansiados objetivos. Se había propuesto comenzar desde cero. Quería hacer como aquel ser maligno que, en medio de una conflagración mundial, trató de formar una r**a única, superior; donde él resultara el mejor. Quería aquel loco incurable, refundar la patria, acabar con un pasado que aunque con muchas fallas; resultaba un pasado decoroso. Por ello, desde un principio había dicho: “El país tiene que ser otro.Todos tienen que ser iguales. Al diablo la diferencias sociales.Hay que acabar con el país viejo. De manera urgida tiene que surgir el país nuevo. La patria de los sueños, donde definitivamente el pueblo se enrumbe por el camino de la felicidad suprema. El primer enemigo de nuestros propósitos esy siempre será, el imperialismo….”. Expresiones como esa había calado tan hondo en el pueblo, que definitivamente un grueso número de los habitantes de la patria grande; estaba de acuerdo con semejante patraña.
Consideró convocar democráticamente a una Asamblea Constituyente. Él no era tonto, y tenía que tejer una estrategia, podría decirse que infalible. El pasado hablaba. En sus constantes e insistentes lecturas analíticas, ese hombre había aprendido demasiado. Le había quedado muy claro que en la historia constitucional, en un períodode dificultadesde gobernabilidad y de perdida de autentificación delaautoridad, no hay otro modo de reorganizar al Estado y al régimengubernativo; que no sea a través de una invitación al pueblo.En definitiva, para reconstruir la República no había otra salida. Tenía que, necesariamente, convocaral pueblo; hacerle un llamado certero, urgente. Él pueblo es sabio, y sabe lo que le corresponde por naturaleza, decía. El pueblo, para él, no significaba más que un grupo de pendejos que, de seguir diciendo lo que ellos querían que dijese, terminarían eligiéndolo presidente. El puebloera quien tenía que disponer. Ya estaba decidido, tan pronto llegara al poder, cosa que estaba más que segura;se tendría que convocar y escoger una Asamblea Constituyente.Esa herramienta tendría a su cargo,elaborar un nuevotexto constitucional. Tendría queconfigurarse comoel mecanismo quedebería representar al pueblo en su todo. Por esa razón,quienes la conformentendrán queprocederde acuerdo con su conciencia,y no estar sujetos por disposicionesexpresas. No sería una tarea fácil, lo sabía perfectamente; pero tampoco sería imposible.
Como ya todos suponían, además que era lo más esperado por un pueblo esperanzado, el hombre se lanzó al ruedo. Se inscribió un día “glorioso” de julio, precisamente cuando se conmemoraba una fecha patria;apoyado por un misterioso partido político, el cual por vez primera se asomaba en la vida política de la patria grande. “El Gran Polo Nacional” se denominaba aquel circo, que no era más que una serie de agrupaciones nunca antes mencionadas, además de uno que otro partido tradicional echado a menos durante un tristemente recordado pacto. Ese hecho causó mucho entusiasmo, pues sentía el pueblo que por fin iba a ser feliz. Miraban en aquel esperpento, el milagro de la justicia. Sentían que él era el elegido, para hacer que la equidad divina se hiciera sentir. Por esa razón, se acrecentaba la fe de la gente. Eso era precisamente lo que había querido, después de un minucioso y bien logrado designio.Ellema de aquella insólitacruzadapropagandística fue: “Una sublevacióndemocrática”. Po esa razón perversa, aquel hombre parecía nunca cansarse de sus maratónicos discursos. Hablaba durante horas repitiendo siempre lo mismo. Un mar de mentiras que ni el mismo creía; pero lamentablemente el pueblo sí. Esa era su mejor arma, el poder del convencimiento. Su labia convincente, aunada a las repetidas veces que expresaba sus mágicas y a la vez, sagradas intenciones darían resultado. De eso estaba más que seguro.
Elprincipal rasgo de su ofrecimiento político,fue precisamente aquel que llevaba vociferando grandemente desde hacía mucho tiempo; convocara una Constituyente, con el fin detransformar un marco político-jurídico excesivamente macilento, y dar lugar a una genuina democracia soberana. En mi país se sintió entonces, un verdadero fenómeno. Se trató de una carrera muy desigual. Tan igual como si en una carrera de caballos tradicional, compitiera un corcel volador. Nadie podría ganar más que él, por más vertiginoso que fuese.En cada sitio que llegaba, el pueblo se volcaba a las calles. Sus fantásticas promesas resultaban creídas a tal extremo, que nadie, absolutamente nadie, dudaba que las cumplirá. Surgió un contrincante misterioso. Pocos habían escuchado hablar de él. Tras un consenso salido nadie sabía de donde, se presentó también al ruedo un ser apagado, de hablar pausado y cara de pendejo. Ya todo estaba cuadrado. Una carrera de dos. La competencia ideal. La gente se creyó esa mamarrachada. Ese candidato significó un trampolín. No fue más que un títere que daría sólo con su presencia, un viso de legalidad a aquella gran estafa nacional.
Se gritaba a todo lo largo y ancho de la patria grande, que él resultaba la paz. Que era el camino para llegar a la avenencia.La gente no hablaba más que de eso. La oposición trató desesperadamente de hacer que el pueblo abriera los ojos; pero todos aquellos intentos fueron infructuosos, puesto que esas tentativas eran sentidas como una vil mentira. No había luz al final de un túnel.Colmados de impotencia pudimos contemplar, cómo la patria grande caía en aquellas manos, mismas que la hundiría en el fango de la destrucción. Comenzaba de esa manera, mi intervención. Aquella misión que por gracia divina me fue encomendada. Ya no me quedaba duda alguna. Todo lo expresado y percibido en mis sueños, se materializaba ante mis ojos. Todo lo expresado por aquellos entes que se habían aparecido ante mí, se hacía realidad paso a paso. Ya había llegado el diablo a conducir las riendas de un país rico, una gran nación que aún podía emerger de aquel cieno en que había sido conducida por unos gobernantes desleales, vende patrias. Un territorio colmado de riquezas en su subsuelo, y que contaba con un pueblo trabajador, luchador; decidido. No sabría cómo expresar en éste instante, lo que comencé a sentir al contemplar que se hacía realidad, la peor pesadilla que nación alguna pudiese llegar a vivir.
En el horizonte, se podía mirar un manto verde oliva acercarse a pasos agigantados. Me daba tanto dolor sentir que se perfilaban las armas, que las fuerzas armadas llegarían a formar parte de la vida cotidiana. Se apersonaría nuevamente lo que tanto costó desterrar; un militar en la presidencia de la república. No podría entender cómo caeríamos subyugados ante un militarismo que se transformaría en barbarie. Lejos