producía tanto dolor, como el ya padecido. Se quejaba constantemente debido al sufrimiento constante, por ello, su aspecto denotaba un padecimiento extremo. No consideré oportuno irme en medio de ese trágico momento. Mi familia me necesitaba. Mis hermanos estaban prestos a lo que fuere, pero era yo quien corría al momento de cualquier enfermedad. Mi raciocinio me indicaba una decisión y como tal, la seguí. No era fácil mi día a día. Afortunadamente, estaba mi hijo siempre a mi lado y su amor me colmaba de paz, de tranquilidad y de deseos de superación. Mi novia me regalaba momentos de felicidad; pero pocos nos veíamos ya que por tratarse de los últimos años de su carrera, se mantenía muy ocupada.
En ocasiones solía ayudar a Zenoncito en ciertos trabajos inherentes a su profesión, y que resultaban sencillos. Me ganaba un dinerillo extra en esos quehaceres. Estando en una oportunidad en un sitio muy apartado de la ciudad, realizando un trabajo de topografía del cual tomaba yo los apuntes, observé algo en la distancia que me trasladó directo a mis remembranzas. Analizaba concienzudamente todo lo que sucedía a mí alrededor. En ocasiones me daba miedo, puesto que pensaba que era capazde estar cayendo en un complejo estado obsesivo compulsivo, por todo lo que había soñado. De la misma manera, pensaba que aquellas apariciones, también podía se resultado de una especie de alucinaciones; tanto auditivas como visuales, tal como las había sufrido mi tía Mercedes. Me causaba pánico todo aquello. Pensaba que lo de ella, bien podría tratarse de un mal hereditario. Pero luego recordaba que mi comadre María, y hasta mi propia madre habían sido partícipes de ese mensaje.De manera contigua habíamos estado en presencia de aquellas visiones, yeso en algo me tranquilizaba. De todos modos, mis preocupaciones no dejaban de estar presentes. Ese detalle me ponía a pensar más de la cuenta. El país se estaba cayendo a pedazos. Por esa razón Zenoncito y yo, ambos profesionales en pleno ejercicio de nuestras carreras, nos veíamos impulsados a ejercer otras actividades, para poder complementar nuestros ingresos. Ya él tenía dos hijos, y Yeslán aún no terminaba su carrera universitaria, la cual había tenido que suspender debido a sus embarazos. No obstante, luchábamos forzadamente, y más o menos lográbamos cubrir las elementales exigencias de la vida cotidiana.
Fueprecisamente en ese momento cuando miré en la distancia, y en el azul del cielo, pudecontemplar un nubarrón n***o que se movilizaba de manera muy particular. Era una bandada de zamuros que, como rutina sagrada, revoloteaba de seguro; sobre el cadáver de algún animal. Siempre se miraba en esos escenarios naturales, aquel espectáculo que a muchos causaba repugnancia. Fue ese elemental hecho lo que produjo en mí, aquella remembranza. Algo que había visualizado en mi sueño y que, por lo que llegaba a mi mente, había ocurrido en la truncada infancia de mi tío Toto.En ese momento, entendí el significado de aquella extraña premonición,llegada a mí en forma de pesadilla. Sentía que mi país había resultado aniquilado porcompleto, tras intensos años de ser despojado de sus riquezas, por obra de la ambición de sus gobernantes. Ya no quedaba más que despojos. Ya no subsistía, más que los restos de una patria.Mi paísse asemejaba a esos restos, a los despojos de lo que alguna vez fue un ser con vida, que seguramente, habían atraído a las aves de carroña. De mi país no quedaba más que despojos, basura, poca cosa. Por esa razón, los buitres que nos gobernaban procedían a desguazar esos restos hasta no dejar nada. La visión de aquellas aves fue para mí una señal, por ello, aquel sueño se hizo sentir nuevamente. Era como si alguien me narrara una historia. En ella había recibido a manera de cotejo con aquellas nobles y necesarias aves, una advertencia de lo que habría de suceder en mi país si llegaba a caer el futuro, tal como ya estaba sucediendo; en manos de esos desgraciados.
Mi vida privada iba viento en popa. Había conocido a doña Elina, la bella madre de Francelina, en una ocasión en que la matrona había acudido a visitarla, en la oportunidad en que permaneció internada en el sitio donde yo laboraba. Nos caímos bien, y en esa misma oportunidad fui objeto de una amable invitación a su casa. Tal vez lo hizo como una cortesía, de seguro; pero en vista de que nosotros cada vez nos enamorábamos más y habíamos decidimos formalizar un noviazgo que tenía desde ya, matices de matrimonio, acepté la invitación. Pensé aprovechar la ocasión para anunciar nuestro compromiso.En aquella primera visita preferí ir solo, no porque no quisiera llevar a Albertico, sino que por ser la primera vez que iría a ese sitio, no sabía con certeza como llegar y temí que,confundido, pudiera extraviar mis pasos, como en efecto ocurrió; y entonces fuese peor la cosa. Ella me había explicado con lujo de detalles la dirección de su casa; pero como defecto congénito, me confundí en extremo. Habíamos acordado materializar el encuentro para ese sábado en horas de la tarde. Me quedaría en su casa como huésped, según lo decidido por don Argenis, su padre. Y así mismo ocurrió. Estaba yo más nervioso que un filete de mala calidad, puesto que era la primera vez que era partícipe de un compromiso de esa magnitud. Nunca había tomado una relación tan en serio.
En horas del mediodía me despedí de todos en casa. Alberto lloró en un principio, pues pensó que iría conmigo. Ya tenía 5 años, y le gustaba acompañarme a todas partes. Como estaba acostumbrado a verme partir a mi trabajo,sólo lloró un ratito ya que como siempre, mi madre se lo llevaba a ver alguna caricatura, o llegaba Yozeth, su primo querido y se ponían a jugar de lo lindo. Desde niños, esos dos muchachos se trataron como hermanos. Horas más tarde, cuando me acercaba a la ciudad en la que Francelina vivía con su familia, me sucedió algo extraño. Tuve unestremecimiento sumamente particular; sentí que lo que estaba sucediendo ya lo había experimentado en algún momento. Cada instante, cada objeto observado, cada sonido, en fin; no supe en un primer momento de que se trataba aquella locura. Entonces todo se puso tan claro como agua de cristal de roca. Recordé que en aquel momento indescriptible en mi sueño, había recibido desde el futuro; eso que precisamente estaba por vivir.
Cada vez se arraigaba más en mí, lo cierto de una misión encomendada por la divinidad.Como en efecto lo había soñado, aquella tarde lejana me encontré perdido en una dirección, tratando de encontrar una ruta que me condujera a la residencia de mi novia, ya que efectivamente;habíamos acordado que ese día conocería a su hogar y a su familia. Por más que caminaba por doquier, tratando de hurgar en mi cabeza la dirección que de su casa ella me había dado, no lograba dar con la misma. Por esa razón, y en virtud de que no aparecía yo en el horizonte, Francelina,disimuladamente; caminó por los alrededores tratando de encontrarme, suponiendo lo que en efecto me sucedía. No tuvo que caminar mucho, ya que muy cerca de su residencia estaba yo, perdido y más arrecho que un sapo llevando sol; ya casi dispuesto a abandonar mi cometido, y marcharme cabizbajo sin conocer a la familia y la casa de la mujer de quien me había enamorado desde un primer instante.
Finalmente llegué, en su compañía, a una casa fabulosa. En primera instancia conocí a don Argenis, su estatura era leve, su carácter se notaba amplio y determinante;como quien espera que las cosas que se ordenan, se cumplan a cabalidad y en el menor tiempo posible. El tono suave de su voz era excelso,y decía curiosamente algunas frases alargando la última sílaba, como para que fuesen muy bien escuchadas. Me dirigí a él con sobrado nerviosismo; pero al poco tiempo, ya habíamosentablado una deliciosa y amena conversación. El patio de la casa era inmenso, y habitaban en él, varias gallinas ponedoras con su imponente crestudo de bellos y brillantes colores. Existían dos inmensos cujíes que regalaban frescas sombras. Fue justo debajo del más grande de ellos, donde don Argenis, doña Elina y yo, nos sentamos a conversar. Las preguntas principales las hacía él con una tremenda seriedad,lo cual me mantenía al filo del desespero.
Resultaba obvio que él tratara de enterarse de todo cuanto tenía que ver con su hija, ya que de ello dependía el bienestar del futuro de la misma. Miraba yo por doquierdesesperado, con el único afán de encontrar el rostro Francelina para refugiarme en él, y allí encontrar el valor que necesitaba en ese momento. No logré divisarla por ninguna parte. Conversamos de todo un poco. Cuando me sentí que la calma había regresado a mí, les expresé mis intenciones. Sin ambages, les hablé de nuestra relación y de los planes matrimoniales que teníamos Francelina y yo. Ambos estuvieron de acuerdo. Ambos vieron con bueno ojos nuestra relación. El amable caballero me dio la bienvenida a su familia. En realidad pronto sería parte de ella. Me enteré esa misma tarde, que ella había estado más nerviosa que yo, encerrada en la recamara con sus hermanas, tratando de adivinar lo que nosotros estábamos hablando.
Después de las primeras preguntas de rigor, don Argenis se disculpó y se adentró a la casa. Yo, más calmado, me quedé conversando con doña Elina que con su serenidad, me hacía recobrar el valor que sentí perdido.Elogié de inmediato su bella residencia, y lo bondadoso y linda que era toda su familia; puesto que tan pronto llegué, pude conocer a todos sus integrantes. Recibí un excelente trato de parte de todos ellos. Se trataba de una familia extremadamente unida. Escuché el sonido del motor de un auto que era encendido, y que al poco tiempo se alejaba del lugar. Al poco rato, el ruido del vehículo se sintió nuevamente.Segundos después, la voz de don Argenis se hizo sentir desde el interior de la casa. Supuse que conversaba con sus hijos. Una gran risotada se dejó escuchar. Al poco tiempo, se apareció con sendas cervezas y me ofreció una a quemarropa.Imaginé que no se podía decir que no, y ni ganas que tenía yo de hacerlo.
“¡Échese una pueeeees!…. Esto hay que celebrarlo”.Me decía, a la vez que se sentaba, justo al instante en que doña Elina, disculpándose, se ponía de pie y se retiraba hablando en voz muy baja; algo que no llegué a escuchar. Cuando habían pasado algunos minutos y yo había despachado mi enorme cerveza, se apersonaron mis futuros cuñados, Argenis Segundo y AdriánJosé. Su padre los había llamado para que se agregaran al grupo. Lo hicieron sin pérdida de tiempo, por supuesto que con varias cervezas en sus manos. Nos sirvieron, y el resto las colocaron en un recipiente con hielo que poco a poco, se fue llenando de más botellas de la espumeante bebida. Entre trago y trago,nos dispusimos a charlar de todo lo que nos venía a la mente. El inicio de mi embriaguez no se hizo esperar, y al cabo de unas pocas cervezas, se notaban ya los primeros síntomas de ella. Cuando había transcurrido aproximadamente una hora desde que el sol se había ocultado, llegaron varias personas. El portón que salvaguardaba el patio de la casa estaba abierto, y se podía ver fácilmente quién llegaba o quién salía de la casa. Las personas en cuestión, llegaron a bordo de un pequeño auto de color azul intenso. Me quedé atónito al ver cuántas personas salieron del pequeño vehículo.
Cada uno al salir, respiraba hondamente acusando una inmensa incomodidad, y entre carcajadas, celebraban la osadía de haber ocupados tantas personas el pequeño auto. Se trataba de unos parientes de Francelina que,por cuestiones de la casualidad,habían llegado de visita. Ellos vivían en un bello pueblo de la sierra. Los conocí a todos y de inmediato, una invasión de sillas se instaló en el gran patio.No pasó mucho tiempo para que, guitarra en mano, una de las hermanas de Francelina, Marielis; amenizara la velada, secundada por el resto de las chicas: Mervin, Evelin y Glenis. Todas poseíanexcelentes voces. El enorme auto verde de mi querido suegro partió al poco rato, y cuando regresó, venía cargado con muchas cajas de cervezas, que de inmediato comenzaron a circular y a ser libadas. Colmada de un inmensurable orgullo, Francelina se sentó flamante a mi lado, y al oído me aconsejó que no tomara demasiado rápido, lo cual aprobé; ya que me di inmediata cuenta de que no estaba acostumbrado a libar licor como quienes nos acompañaban.De haber continuado ingiriendo alcohol a ese ritmo desenfrenado, pronto sería presa fácil de una inevitable borrachera.Era de imaginarse la imagen que de mí, hubiese quedado en mi primera visita.
Segundo, que era como le decían a Argenis hijo, encendió el estéreo de una lujosa camioneta, la cual estaba estacionada en esa inmensidad llamada patio, y la imponente voz de Vicente Fernández emergió, acompañada de un mariachi grandioso. Todos cantaron la melodía representativa del folklore azteca, y al poco rato me uní al coro. Los primos me trataban como si me conocían de toda la vida. Uno de ellos me jugó una broma, la cual todos celebraron con una carcajada enorme.Hasta yo mismo me reí de la vainita que me echó Robertico, como todos le decían al moreno simpático aquel. Había también una enorme garrafa de cocuy, famosa bebida artesanal, la cual a don Argenis nunca le faltaba. Robertico estaba tomando de dicha bebida, y como el recipiente estaba cercano a mí, cuando se terminó su trago, decidí ofrecerleotro por gentileza pura. “Robertotú me dices cuanto quieres”, le dije en la oportunidad con la finalidad de que me expresara la cantidad deseada. “Dele primo,que usted conoce la medida de mi palo”.Contestó el mamador de gallo de inmediato. Al momento no supe que me quiso decir con eso, puesto que yo no lo conocía, y evidentemente no podría saber qué cantidad solía tomar. Pero de inmediato comprendí la bromita. Casualmente en ese momento, la canción que escuchábamos había culminado,por lo tanto, se hizo un pesado silencio. Eso hizo que la broma que me regalara Roberto, fuese escuchada por todos.A todos les pareció graciosa la broma.
Poco después se presentó una señora muy simpática, Chila, la madre aquella tropa. Varios muchachitos, hijos de los primos también habían llegado, y formaron una algarabía que se escuchaba a varios metros de distancia.Comenzaron a jugar con la muchachera de la familia, los mismos que pronto pasarían a ser mis sobrinos, y como tal comenzaron a decirme tío. Me sentí muy complacido de haber conocido a la bella familia de quien pronto sería mi esposa. Degustamosuna exquisita parrillada. Yo había dejado de tomar, tan pronto sentí que estaba siendo abrazado por la ebriedad. Confieso que también lo hice tras la petición de mi novia. Menos mal que lo hice puesto que al término de la reunión todos andaban prácticamente a gatas, exteriorizando prácticamente todas las tripas. Yo si pude disfrutar de aquella excelente velada. Supe de inmediato que mucho de lo que había sido develado desde algún desconocido plano existencial, lo había vivenciado esa tarde y esa noche en aquella bella casa con la hermosa familia de mi novia.
Ya en mi país no se podía siquiera, caminar libremente por cualquier sitio, ni de día ni de noche, por el temor a la gran cantidad de delincuentes que existían, y a quienes al parecer; ningún cuerpo de seguridad del Estado lograba contener. Ninguna estrategia utilizada lograba poner a raya a tanta delincuencia. Entonces, como medidas alocadas, y para hacer creer que estaban actuando a favor de la seguridad del país, los cuerpos policiales la emprendieron contra la gente de bien. Varias situaciones poco claras, comenzaron a suscitarse en todo el territorio nacional. Surgieron grandes evidencias relacionadas con actuaciones policiales,las cuales daban cuenta de constantes violaciones a los derechos humanos.Nadie hacía nada para evitar esos desmanes, todo lo contrario; senotaba que la acciónpolicial no tenía control, y cada vez aumentaban los delitos provocados por dichos funcionarios; lo que originó una severa crisis de impunidad nunca antes vivenciada.
El hampa se desbordaba, en virtud de lo desprotegida que resultaba toda la nación, cosa que exasperaba a la ciudadanía. Los linchamientos no se hicieron esperar. A diario, amanecían decenas de cadáveres desfigurados en las vías públicas, como ilustración del rumbo desbocado que llevaba nuestra patria grande. Ya el estado de derecho había fracasado. Los sectores populares, los cuales resultaban más afectados, clamaban justicia. Prácticamente en las barriadas se imponía un toque de queda forzado. Resultaba una condena, el hecho de salir de las casas por las noches. Luego, esa misma situación se extendía a todos los sectores, indistintamente su posición económica o social. El hampa continuaba ganando terreno, y al poco tiempo, ya nadie podía salir de su casa no sólo de noche, sino a cualquier hora del día. El pueblo clamabapor justicia. La población en su mayoría, rogaba por la llegadadel salvador, del elegido. Así se los había hecho creer aquel hombre perverso.Esa había sido una táctica preparada, hacerles creer que él sería el único capaz de sacar al país del desastre. Se lograba así un propósito diabólico. Los habitantes en su gran mayoría anhelaban que la reencarnación del libertador se hiciera presente.Dentro de pronto lo haría. Faltaba poco para que se incrustara en el poder. Desde allí convertiráal país en el mismísimo infierno.
Como efecto del desastre al que había sido sometido el país, continuaron los fracasos. Hubo una austera paralización en el sector agrícola,resultado lógico de la falta de producción, al igual que de los incentivos necesarios para que los productores, continuaran llevando a cabo tan sagrada misión, por lo tanto; la seguridad alimentaria resultó pisoteada como nunca. Ya no podría pasar nada peor, pensaba la gente, ignorando lo que estaba por venir. El diablo permanecía cerca, muy cerca. Acechabanlentos sus pasos.Resultaban esos pasos embarrados de tanta seguridad, que asustaban. Había él nacido entre privaciones y penurias. Fue el segundo de diez hermanos. Al nacer el tercero de ellos, a él lo echaron de casa como ya lo habían hecho con su hermano mayor, y como lo harían con los que nacerían luego. Cohabitó con un gentío en una morada muy humilde, lejos de sus padres.Las privaciones fueron muchas, y aunque al llegar a la cima diría que tuvo una infancia feliz a pesar de la pobreza, no fue así. Saboreó de una manera muy cruel, los amargos sabores de la inopia. Siempre se jactaría diciendo, cuando ya no sabía dónde guardar el gran caudal de billetes mal habidos;que daría la vida y hasta más,por regresar a su infancia aunque sólo fuese un instante.Era aquella ilimitada manera de hacer que sintieran lástima por él, lo que lo llevaría directo y sin escalas, hasta el sitial que iba a ocupar; para la desgracia de toda una gran nación.
En realidad siempre aborreció su origen humilde, y aquella pedantería que expresaba cuando aparentaba sentirse orgulloso de haber nacido pobre, de haber crecido en medio de miserias y de sentir amor por la pobreza que siempre lo cobijó; solamente disfrazaban un enorme resentimiento hacia todo lo que tenía que ver con la penuria. Por ello, se detestó con todas su fuerzas. Ese resentimiento lo llevó a esforzarse por cultivar una identidad distinta a la suya. Los recuerdos de su infancia lo atormentaban. Su abuela lo enviaba a diario a zapatear las calles de su pueblo,con la misión de vender todo tipo de artesanías, de dulcerías y todo lo que se pudiera comercializar; puesto que el dinero que ganaba el abuelo, resultaba insuficiente para alimentar a la tropa que sus padres se habían encargado de engendran, y que enviaban a sus abuelos para que fuesen ellos quienes dieran la cara.Resultó atraído por las artes y ciencias militares desde que era apenas un tripón, cuando se encontró frente a frente con un paisano suyo uniformado. De repente, tal como lo exigía su naturaleza usurpadora y mezquina, quiso ser como él, quiso ser mejor que él; ambicionó que aquel soldado raso que había inspirado su vocación armamentística,desapareciera de la faz de la tierra, para ser únicamente él el admirado en el pueblo, solamente él y nadie más que él. Esa idea quedó fijada en su mente, en su alma y hasta en la última de sus células.
No se puede negar que se esforzó por lograr la superación. Pero no lo hizo por la distinción en sí, sino por envidia, por soberbia; por la rabia que sentía al saberse poca cosa, un estorbo de la propia vida. La enorme subestimación que sentía hacía sí, le inducía a devorar los libros, a indagar en todo cuanto atraía su curiosidad; por ello era de naturaleza callada, aparentemente tranquila, pero explosiva a la menor provocación. Siempre permanecía solitario, huraño, despreciable; comportamiento éste que le había apartado de cualquier vestigio de amistad. Se acostumbró a su soledad, y en ella fue feliz a su manera. Superó obstáculos, y poco a poco se fue adentrando en los estudios, hasta ingresar a la academia militar. Ya en ella, se sentía como pez en el agua, puesto que era atraído por todo cuanto le rodeaba. Comprendió entonces, que no sólo había sido aquella inspiración divina que había sentido por aquel muchacho vestido de verde oliva, a quien había llegado a odiar al creerlo mejor que él; sino que sintió en el fondo de su alma, que había nacido para ser militar, para triunfar, para ser grande; por lo tanto; se juró que haría hasta lo imposible, por lograr sus firmes propósitos. Para ello, desde el primer día intentó destacarse en todo cuanto le era asignado. Comenzó, como artificio bien disimulado, por hacerse sentir amigable con todos. Una sonrisa permanente se dibujaba en su rostro a toda hora. Desde el primer día, provocó aversión en sus compañeros, quienes fueron considerados envidiosos por ello, cosa que por supuesto; le hacía ganar puntos con sus superiores, y lejanía con sus “cursos”. En menos de lo que tarda un suspiro, se volvió el más servil jalabolas de todos, haciendo que ese asqueroso artificiolo impulsara a calar en la simpatía de sus superiores. Eso era lo único que le importaba. Era esa su meta, y para llegar a ella, utilizaría todo lo que considerara necesario; completamente todo. De allí al estrellato, había sólo unos cuantos pasos.
Existía un lugar dentro del cuartel, el cual le resultaba unaalucinación. Cada vez que le era posible, se adentraba en sus dominios, y se dejaba arrastrar por aquella especie de encanto que parecía sentir dentro de esas cuatro paredes. No sabía cómo explicar aquello grandioso que se apoderaba de sí, cuando entraba a la biblioteca de aquel sitio ya sagrado para él. Le gustaba adentrarse en ella hasta la madrugada, para lo cual, rogaba a sus superiores su permanencia en dicho sitio, cosa que no le pareció descabellada a nadie, ya que por tratarse solamente de una inmensidad de textos; ningún daño podría causarle a nadie, mucho menos a sí mismo. Al contrario, sintieron una especie de admiración por alguien a quien le gustara de esa manera la lectura, los conocimientos que a través de ella se adquieren; las luces del saber.
En ocasiones, no se presentaba al comedor para la cena, por estar metido de cabeza entre aquel mundo de libros; y no era sino hasta las tres de la madrugada, cuando se iba a la cama. Ya a las cinco tenía que estar de pie. Sendas ojeras comenzaron a caracterizarlo, lo que le valió el mote de “cara de muerto”. Le llamaban así a cada rato, hasta que en una ocasión, quien ideó aquel apodo apareció medio muerto a golpes. Todos supusieron lo que le había pasado, y de manos de quien; pero la ley de la boca callada, siempre prevalecía antes que cualquier intento de delación. Era esa una norma de obligatorio cumplimiento, y hasta el más machito la cumplía, ya que los severos castigos que se derivaban de su incumplimiento; resultaba lo más parecido al infierno que se podía imaginar. Había una razón para justificar, aquel testarudo empecinamiento por permanecer casi que todo el tiempo en aquel lugar, a quien los demás odiaban; una gran colección de la vida del Libertador. Esa fue sufijación, la causa de aquella perturbación en su personalidad. Quiso conocer cada detalle de la vida de aquel héroe de naciones, cada uno de sus pasos, cada palabra, cada movimiento; toda su vida por completo. A nadie le resultó extraña aquella excesiva admiración por el padre de la patria que,“fantasmagórico”, nuevo apodo que se decía en secreto, profesaba de manera desmedida.
Poco a poco fue sumando a sus actos del día a día, las mismas palabras que,salidas de la boca de aquel hombre admirado, fueron gloriosas. Cada vez que lo consideraba necesario, y hasta cuando no lo era, traía a colación los pensamientos del héroe, mismos que habían sido condensados en extensas obras literarias; las cuales se había aprendido de memoria. Sin que nadie lo notase, comenzó a hablar distinto, a actuar diferente y hasta a pensar de una manera que no era la misma con la que fue conocido hacía poco tiempo. Era curioso contemplar, cuando al entablar una plática acerca de cualquier tema por más trivial que resultare, cómo reflexionaba hondamente adoptando una posición idéntica a la célebre esfinge de “El Pensador”, antes de emitir su punto de vista, perdida su mirada en cualquier punto, como hurgando en algún lugar imaginario; las estupideces que decía. Por lo general, evocaba un pensamiento del padre de la patria ante cualquier tema que se tratara. Eso le valió la consideración de muchos, puesto que el libertador era eso, el padre de todos, el héroe nacional y, al conocer mejor que nadie en el mundo todo cuanto a él se refería; resultó admirado en demasía. No perdían oportunidad los seguidores que de inmediato nacieron, para formularles las más extrañas interrogantes, en torno a la vida de aquel hombre inmortal; y él tampoco dejaba escapar aquellas oportunidades de hacerse parecer importante y por supuesto, sentirse como tal.
Siempre cayado, se dedicó a cumplir con todos los requerimientos propios de su preparación académica,con mucha dedicación. Obtenía excelentes calificaciones, y constantemente era invitado a dictar conferencias acerca de la vida de quien consideraba su ídolo. Viajó por todo el país debido a esos menesteres, y hasta más allá de sus fronteras. Obtuvo las más altas distinciones, y egresó como oficial del ejército patrio con las más altas estimas; una bien merecida mención honorífica. De inmediato, fue nombrado comandante de un batallón lejano y, gracias a su particular carisma e inteligencia, comenzó un vertiginoso ascenso que solamente se vería interrumpido por aquel aciago suceso que ocurriría más adelante. Ya la personalidad del libertador se había adentrado en él. En un futuro,ésta se mezclaría con la del mismísimo diablo, con la de un engendro de éste;el dictador sin sentimientos de un país insular ycon la de un personaje de la segunda guerra mundial, líder de un movimiento malévolo; además de otras que surgirían al llegar a la cúspide de un poder absoluto, obtenido democráticamente tras una mentira desmedida y perturbadora con la cual supo envolver a su pueblo. Ese fue el inicio de una gran tragedia.
Creo que en aquel momento tan trágico para mi país, muy pocas personas no creían en la bestia; entre ellos me contaba yo. Teníamos que andar con mucho cuidado, puesto que nuestras posiciones no eran aceptadas, ya que contrariaban el espíritu libertario deaquel ser cuya benevolencia, inteligencia y verbo esperanzador;resultaban elanhelo de todo un pueblo, el cual se sentía desde hacía un tiempo, hondamente vilipendiado por sus gobernantes.Todos los dirigentes del país, habían resultado unos falsos, unos ineptos y sin duda alguna, unos ladrones. Eso era lo que él les repetía en los innumerables discursos maratónicos que se lanzaba a diario, en todos los rincones de la