Veronika sentía cada vaivén, cada embestida, cada palpitación y gruñido del Monstruo mientras la penetraba y marcaba territorio como los felinos. Veronika arañó la espalda marcada de Kirill y le clavó tan fuerte las uñas, que el interior quedó cubierto de sangre. Cada arañazo era un gemido, cada embestida era una marcación. Veronika dejó de ser la prisionera de Roman, para convertirse en una monstruosidad como Kirill. Con él dentro de ella, olvidó cada embestida ahogada de Roman, cada toque indebido y asqueroso, y cada beso en su piel. Lo único que Veronika necesitaba para terminar de sacar a Roman de su interior, era el beso de la bestia. —Bésame —pidió cuando sus dedos llegaron a su nuca y tiró de su largo cabello rubio con fuerza—. Bésame, Monstruo. Kirill había olvidado por complet

