Los peleadores que ganaban las batallas, siempre eran recompensados para alivianar un poco el dolor de la droga que circulaba por sus venas. La droga que les inyectaban en el cuello no solo los alteraba emocional, sino que les elevaba sus hormonas y los ponía tan duros como roca. Todo era parte de los efectos secundarios que no redujeron en la producción de Fury. A Roman no le importaba si se excitaban en medio de la pelea. Solo le importaba que ganaran, y que él continuara domándolos como caballos. Lo bueno de todo, si había algo bueno, era que Roman no solo drogaba hombres, también mujeres de cierta edad para que satisficieran las necesidades de sus hombres. De las mujeres que traficaban, dejaban una porción para ser las putas de los guerreros. Cada uno de ellos tenía una seleccionada y exclusiva.
Monstruo fue azotado para que los dejaran llevarlo a la celda. Lo electrocutaron un par de veces, lo golpearon con sus porras, y lo cortaron para que se dejara atar de manos y cuello. Kirill se resistió todo lo que pudo, pero como siempre, ellos ganaron y lo empujaron de regreso a la celda. Las rodillas de Kirill impactaron el suelo, y colocando la punta de la porra en su espalda, lo electrocutaron una vez más antes de cerrar la celda. Cerraron mientras el hombre tenía el largo cabello sucio rozando el suelo, y sus uñas clavadas en la mugre que raspaba con ahincó.
Kirill traqueó su espalda y se colocó de pie. No estaba cansado. Estaba adolorido. El residuo de la droga permanecía en su cuerpo durante mucho tiempo, y los efectos secundarios le palpitaban en el pantalón rasgado. Las celdas eran abiertas, y en el mismo conjunto había cuatro hombres más, tres después de la muerte de su oponente de esa noche. Los otros tres estaban expectantes esperando, y cuando lo vieron regresar, apretaron los barrotes, sus dientes y su culo. Kirill no perdía jamás. Por muy grande y fuerte que fuese su oponente, no había uno que lo venciera. La droga lo volvía más letal, y sus puños eran trozos de hierro.
Kirill se sentó en el catre duro, y tocó la erección en su pantalón. El dolor que le producía era demasiado para soportar. Kirill pasó su mano ensangrentada por encima del bulto y la sensación llegó hasta la punta de sus pies. Sabía lo que debía hacer si quería que el dolor cesara, y tirando de los cordones de su pantalón, sacó su enorme y grueso pene que le rozó el ombligo con el glande. Kirill recostó la cabeza en la única pared sólida que tenían todas las celdas, y deslizó su mano ensangrentada desde la base hasta el glande. Parte del dolor era porque necesitaba eyacular.
Para ese punto, el pudor no existía. Todos veían como se masturbaban, cagaban, o cogían cuando ganaban. El espacio abierto no les creó inseguridades, y el pudor voló lejos cuando comenzaron a inyectarles las drogas. Todos al principio se resistían, o se metían bajo la única sábana que le dieron en todo ese tiempo, pero con el paso de los meses, masturbarse era como tomarse el único vaso de agua que les daban al día. Algunos se masturbaban cuatro y hasta cinco veces al día, pero en el caso de Kirill, solo era cuando le inyectaban la maldita droga. Su libido se elevaba, y lo siguiente que sabía era que estaba cogiéndose a sí mismo, respirando pesado y sintiendo como se endurecía más.
Kirill mantuvo los ojos abiertos mientras veía como su mano se deslizaba arriba y abajo, y cuando sintió la necesidad de mover su cintura adelante y atrás, cerró los ojos y volvió a recostarse de la pared. La sensación hormigueante le aceleraba el corazón, y pensó que eso solo lo haría más llevadero, que en lugar de tener su mano, fuese el culo apretado de una de sus putas. Y mientras su mano se movía volátil y acelerada sobre su dura erección, un hombre raspó su porra en la celda y Kirill abrió los ojos de golpe para encontrarse con el guardia y una mujer sujeta del codo.
El cabello rubio le caía sobre el rostro, y su cuerpo estaba sucio y desnudo. La mujer estaba temblorosa, y Kirill la reconoció cuando el segundo guardia abrió la puerta y la empujó.
—Monstruo, tu premio —dijo antes de empujar a la mujer por la espalda apara que se acercara a él—. Adentro, maldita perra.
El mismo guardia cerró la puerta y dejó a la mujer parada, con el rostro cubierto con el cabello y temblorosa en la celda de Kirill.
—Hiciste a Siniestro ganar mucho esta noche, y envió a Afrodita para agradecerte —dijo cerrando—. Tienes diez putos minutos.
El otro guardia le dijo que los aprovechara, porque eso era lo mejor que podría tener esa noche. Ellos dejaron el conjunto de celdas y Kirill se quitó la mano del pene erecto. Kirill estiró el pie y le tocó el estómago a la mujer. Ella era de las más hermosas mujeres que Siniestro tenía para ellos, y los otros prisioneros se acercaron a sus barrotes para ver el culo rosado de la mujer. Era delgada, alta, con senos pequeños y cintura de avispa. Era preciosa, y cuando Kirill sujetó sus caderas y la arrodilló, le alzó la cabeza al tirar de su cabello sucio. Ella no estaba llorando. Solo estaba cohibida para que él no le hiciera más daño del que le hacían.
Kirill le frotó las mejillas con sus pulgares y le dejó residuos de la sangre de su oponente, antes de sujetar ambas manos de la mujer y colocarlas alrededor de su pene. La mujer sabía lo que debía hacer, y lo que le gustaba a Monstruo. Ella era una de las que más resistía la brutalidad del hombre, y por eso era a quien enviaban cuando ganaba. La mujer no alzó la mirada y se enfocó en deslizar sus manos por el pene. No estaba lubricado, así que Monstruo le escupió las manos y le facilitó la masturbación.
Ella, así como todos los demás, eran prisioneros de Siniestro. Cada uno cumplía una función dentro del lugar, y el de las mujeres era ser los objetos sexuales de los guerreros. Decir que lo hacían a voluntad, era demasiado, y más cuando algunas veces lloraban porque las desgarraban o las ahorcaban hasta perder el conocimiento. Monstruo solo las usaba para quitarse el dolor que la droga le producía, y una vez acababa, no le servían.
Monstruo le miró los ojos claros, y miró sus manos moviéndose en su pene. Era gratificante, pero no era suficiente, así que tirando de su cabello la colocó de pie conjuntamente con él, y la elevó sobre el catre. La mujer soltó un gemido cuando él la arrodilló de espaldas a él y le separó los muslos. No estaba lubricada, pero eso tampoco sería un problema. Kirill escupió en sus dedos, y usó los primeros dos para introducirlos en su interior. La mujer rozó la pared con su frente y clavó las uñas en el concreto.
—No tienes que hacerlo, no es necesario hacerlo —dijo ella.
Monstruo era un hombre de pocas palabras. Él solo respondía cuando era necesario, y cuando ella, mientras él la masturbaba para lubricarla, le hablaba, Monstruo le cubrió la boca con una mano. No quería charlas. Quería aprovechar sus diez minutos.
—Si no lo hago, el dolor no se irá —dijo ronco y grueso—. Eres tú o mi dolor, y mientras este aquí, me elegiré.
Y dicho eso, sacó sus dedos, le alzó el trasero, y se hundió tan duro en su v****a que la mujer gritó en sus manos. Kirill le mantuvo cubierta la boca mientras la embestía con furia, con enojo, con odio hacia el hombre que lo tenía allí. Con cada embestida que ella sentía que la rasgaba por dentro, Kirill sentía un porciento menos de dolor. Eso en sus venas que era como lava, dejó de arder, de quemarlo y de hacerlo sentir miserable, y cada ardor lo dejó en la v****a mojada de la mujer. Ella lloró y las lágrimas lavaron la sangre de la mano de Kirill. Monstruo no se detuvo, y en su lugar le apretó el cuello con la otra mano y la embistió más fuerte. Cada empuje era más doloroso y desgarrador.
—¡Acabó! —gritó el guardia cuando regresó—. ¡Suéltala!
Kirill continuaba bombeándose dentro de ella, casi llegando al clímax. Los guardias abrieron la puerta y prepararon las porras eléctricas para separarlos. Esa era la peor parte del trabajo, cuando tenían que interponerse entre el perro y su hueso.
—¡Al puto rincón, maldito perro! —gritó uno de ellos cuando encendió la porra—. ¡Aléjate de la mujer!
Kirill la ahorcó más fuerte, y empujándose una última vez, se corrió dentro de su v****a. Los hombres lo electrocutaron de nuevo y solo así la soltó. La mujer cayó sobre el catre, llorosa y temblorosa, y Kirill se mantuvo de pie mientras lo electrocutaban. Su pene aun goteaba cuando tiraron del cabello de la mujer y la arrastraron fuera de la celda. Kirill tenía el pantalón en las rodillas, y su pene tan conforme como para subirlo por sus gruesos muslos y volver a atar el cordón. El ardor en sus venas había terminado, y aunque era un monstruo, eso era lo que sabía que debía hacer.
Pocas veces les llevaban mujeres. La mayor parte del tiempo dejaban que se desahogaran solos, y solo enviaban una cuando Siniestro lo decidía. Debía estar de buen humor para enviarle una mujer. Monstruo regresó a su catre caliente y se tiró sobre la almohada delgada como una hoja. Él la dobló para que su cuello encajara mejor, y los otros hombres se pusieron duros ante la escena. Cada día, era como ver una película porno en HD, y ver como algunos de ellos cogía una mujer, eyectaba a los demás.
—Oye, Vikingo —preguntó Roca—. ¿Por qué el premio?
Cada uno de ellos tenía su apodo. Roca llegó dos años después que Monstruo. Tormenta llegó cuatro años después, y Tenebroso solo tenía poco más de dos años compartiendo celdas. Cada uno de ellos contó su historia y cómo llegó allí, y de todos, el hermético, cerrado y de pocas palabras era Kirill. Él hizo un voto de silencio que no rompió hasta que su esposa llevaba siete años muerta.
—Sé que no hablas, pero llevamos mucho compartiendo este maldito lugar —dijo Roca—. Di una palabra al menos.
Roca miró a Tenebroso, que era el compañero de la celda frontal. Tormenta estaba hasta el fondo, y entre todos había celdas vacías de todos los muertos que Kirill no enterró.
—¿Sigues pensando en irte? —preguntó Tenebroso—. Todos queremos irnos, queremos dejar esta vida de muerte, pero no podemos… Roman nos tiene atados. Es como el lobo.
Kirill soltó un suspiro, con la mirada en el techo de concreto. Ellos estaban bajo tierra, en un complejo que solo era una fachada.
—Incluso los lobos tienen debilidades —dijo Kirill al final.
Los tres hombres se miraron cuando Kirill dijo algo. Llevaban más de cuatro meses sin escucharlo hablar con ellos. Solía hablar con sus putas, pero era una bóveda con sus compañeros.
—Encuentra una. Hazlo, Vikingo. Tenemos que irnos —dijo Roca apretando los barrotes sucios—. Hay un túnel, lo sé. Podemos matar a los guardias, tomar sus llaves e irnos.
Monstruo era un hombre que había intentado huir en más de una ocasión, y de más de una manera, Nadie nunca salía vivo de las garras de Siniestro. El túnel era la muerte oscura.
—¿Y morir en el túnel? —preguntó Monstruo cuando llevó sus brazos a su cabeza—. Prefiero continuar matando para vivir.
Roca, quien llevaba demasiado tiempo allí, golpeó los barrotes.
—¡No te puedes rendir! —gritó enojado—. No somos animales.
—Somos lo que Roman quiere que seamos —dijo Tormenta cuando el silencio se propició entre los cuatro—. Somos sus lacayos, sus perros, sus marionetas, y solo la muerte nos sacará.
Tenebroso miró el suelo, y luego arriba.
—O la Ruleta Rusa —dijo con algo de esperanza por el tablero—. Si ganamos más de doscientas peleas, podremos salir. Tu nombre encabeza la lista de los ganadores cada semana, y no te falta tanto para salir. Puedes buscar ayuda cuando salgas de aquí, Vikingo.
Los hombres lo llamaban Vikingo porque tenía el cabello rubio y largo, y su cuerpo era fornido como un vikingo, además de que nunca usó camisas, y su forma de matar era tan salvaje, como lo fueron los nórdicos. Vikingo era el mejor apodo que pudieron colocarle, y Kirill no peleó ni discutió para que se lo quitaran. En su lugar pensó en esa gota de esperanza que Roman les daba.
La Ruleta Rusa no era más que un enorme tablero digital que estaba en el círculo infernal, donde posicionaban a los ganadores para facilitar las apuestas. Kirill llevaba años encabezando la lista como el favorito, el más letal y la apuesta segura, pero el tablero no solo era para probar quién era mas fuerte. Lo era porque junto a su nombre estaba la cantidad de muertes, que cuando llegaran a doscientos y terminaran de llenar su barra de colores, tendrían la oportunidad de jugar ruleta rusa con Roman, y si ganaban, Roman les daba dos opciones: salir y morir, o trabajar para él. La libertad que ofrecía era nula, pero la esperanza era una droga
—Nunca saldremos de aquí. La Ruleta Rusa solo es una esperanza para que continuemos peleando para él. Nos engaña con esa tabla de posiciones, y cuando la alcancemos, moriremos —dijo Monstruo lo más largo que lo escucharon hablar—. Roman jamás nos dejará salir. La libertad no es una opción.
—¡Tiene que serlo! —gritó Tenebroso—. Gana la puta Ruleta Rusa y enfréntate a él. Si sobrevives, podrás sacarnos de aquí.
Kirill siempre fue el caballo ganador de todos.
—Pelea, Vikingo. No te rindas hasta que la ruleta gire y esa bala entre en el puto cráneo de Roman Rodiv —dijo Roca—. Venga a tus muertos, y cobra venganza por los amigos que has matado.
Nadie allí era realmente un amigo, pero cuando comenzaban a entablar una relación, Roman los colocaba frente a frente para que se mataran e hicieran un espectáculo para él. Por eso Kirill dejó de hacer amistades, o de hablar con los demás prisioneros. No quería abrirle el cráneo a otro de sus amigos. Ya no más.
—Tengo mi esperanza puesta en ti. Gana la puta Ruleta Rusa, y véngate de él —dijo Tenebroso con la evidente erección por el salir de la libertad—. Cuentas con todos nosotros. Confiamos en ti.
Kirill mantuvo las manos bajo su cabeza, y la mirada en el techo.
—Es un error confiar en mí —dijo Kirill—. Soy un Monstruo, y los monstruos no tienen clemencia ni conocen amistades.
Si algo era cierto, era que Kirill no perdía.
—Si me piden ganar todas las siguientes peleas, tendrán que aceptar su destino, porque una vez entre en la jaula, no veré más que rojo, y todos serán mis objetivos —dijo Kirill cuando soltó un sonoro suspiro y apretó la mandíbula—. Para ganar y llegar a la maldita Ruleta Rusa, todos ustedes morirán.