A la mañana siguiente, como cada comienzo de día, Roman fue al gimnasio, entrenó, y bebió uno de sus batidos verdes. Era un hombre que se cuidaba tanto por dentro como por fuera, y su entrenamiento, conjuntamente con una dieta balanceada, le daba el porte de millonario que necesitaba mostrar en sus negocios lícitos. Esa mañana tenía una junta importante con varios accionistas sobre un par de problemas en la importadora. Debía dejarlo todo perfecto para tener su ansiada luna de miel.
Catka no durmió en toda la noche. Las ojeras eran evidentes cuando esa mañana Roman entró a su habitación y la encontró sentada en la cama, con los brazos cruzados y la mirada en la puerta. Catka era como un cachorro aterrado, pero necesitaba decirle que no sería su esposa, y para cuando el hombre entró portando un traje azul como los ojos de su Catka, ella tragó grueso al verlo. Era evidente que era su captor, pero era un hombre.
—Buenos días, querida Catka —saludó cortés y educado al quitar el botón de su chaqueta—. ¿Lista para la boda?
Catka quitó la sábana de sus piernas y colocó los pies desnudos en el suelo. Esa noche no habían dormido en la misma cama por órdenes de Roman. Quería que la unión se llevara bajo la voluntad de Dios, y mantenerla intacta hasta el sí acepto era prioridad.
Roman la miró de arriba a abajo. Aunque llevaba un camisón de seda de tirantes, que alcanzaba sus tobillos, la miró preciosa. Aunque no se hubiese duchado, tuviera el cabello enmarañado y los ojos tristes, Catka era preciosa, al grado de moverle el corazón. Ella tragó saliva ante el escrutinio del hombre, y se cubrió el pecho al cruzar los brazos. Ella no sería un objeto del hombre que lastimó a su hermana y asesinó a su hermano. ¿Qué clase de persona sería Catka si desposaba a un asesino como Roman?
—No quiero casarme —dijo con la voz más fuerte que encontró.
Roman sabía que no se querría casar con él. Aun cuando era un criminal, era un hombre racional y lo bastante inteligente como para saber que las circunstancias no eran las mejores.
—Casarte conmigo tiene múltiples beneficios —dijo Roman al ajustar su corbata y buscar sus ojos—. Tendrás el dinero, los lujos, las extravagancias, la posición y el poder de chasquear los dedos y destruir a tus enemigos. Mi tarjeta negra es ilimitada, y solo mi poder sobrepasa el límite de mi cuenta bancaria.
Catka apretó más sus brazos.
—¿Recuerdas que soy millonaria? —preguntó ella—. No necesito tu dinero manchado con la sangre de los inocentes.
Roman dio un paso más hacia ella y Catka se mantuvo firme. Quería huir de ese hombre, y de su poder, pero si huía o temblaba, él sabría que le temía, y la presa no podía temerle al cazador.
—Tendrás protección de toda persona que quiera hacerte daño —añadió Roman y alzó una ceja—. Y tendrás mucho sexo.
Catka volvió a tragar cuando él dio un paso más cerca de ella.
—¿No te interesa el sexo? —preguntó Roman por lo bajo.
Catka lo miró a los ojos.
—Nunca tendría sexo contigo —aseguró con cierto temblor en su voz—. No me casaré con el asesino de mi hermano.
Roman mantuvo las manos en sus bolsillos, y le mantuvo la mirada. Catka tenía una fuerza interior que le encantaba. Esperaba encontrarse con un pequeño venadito aterrado, pero en cambio encontró una fiera que apenas mostraba los colmillos.
—Escucha, lyubov’ (amor). Conmigo nunca es una elección. Siempre se hará mi voluntad y vivirás bajo mi autoridad. El destino de tu vida, quedará a mi elección, y elijo que seas mi esposa —dijo Roman con el puño dentro del pantalón—. No tienes idea de lo que puedo arrodillar ante ti, solo por ser mi koroleva (reina), o el infierno que desataré sobre ti, si me decepcionas.
Catka separó sus labios y tomó aire por la boca.
—No vas a doblegarme —dijo Catka mirándolo a los ojos.
Catka había visto muchos documentales de la vida animal, y eso que Roman hacía con ella no era más que intimidar a su presa para que se dejara morder. Catka era temerosa, pero una parte de ella quería disfrutar de ser valiente por una vez. El problema fue que su nuevo dueño usó un poco más su fuerza y Catka comenzó a retroceder hasta el borde de la cama. Si retrocedía más, caería, y antes de que cayera, Roman la sujetó por la cintura y la posicionó delicadamente sobre la cama, mientras escalaba sobre ella. El corazón de Catka parecía que explotaría en su pecho cuando él abrazó su espalda con el brazo y la alzó para que sus narices se rozaran. Catka tragó grueso y Roman sintió su corazón explotar.
—Puedo hacer maravillas con tu cuerpo, Catka, pero también puedo causarte muchísimo dolor —gruñó contra sus labios, mientras su pecho presionaba el de ella—. Dijiste que era un monstruo, pero aún no conoces al monstruo. Estoy siendo demasiado indulgente contigo, así que pórtate bien.
Roman miró sus labios y los rozó con su nariz. La maldita mujer era una puta tentación aun aterrada, y el deseo de besarla era demasiado. Era más de lo que podía soportar, y cediendo, la besó. Fue la primera boca que Catka besó en sus dieciocho años. Era tibio, era suave, era el beso de la muerte. Catka mantuvo sus labios cerrados y sus ojos igual. Los labios de la mujer eran delicados como el resto de su anatomía, y Roman metió la mano por debajo de su cabello y apretó su nuca para alzarla y mordisquearlos.
Catka sintió un puntazo de dolor en su estómago y su corazón se aceleró aun más cuando él la besó y jugó con la punta de su lengua para que despegara los labios. Catka estaba hermética, como si intentara protegerse de la persona al otro lado. Roman separó sus labios de los de ella, y arrastró su nariz hasta su lóbulo izquierdo.
—Abre la boca, lyubov’ —ordenó al lamer su lóbulo y lograr que ella soltara un leve sollozo—. Abre la boca para tu dueño.
Los labios de Roman se deslizaron de regreso a sus labios, y Catka abrió los ojos. Los ojos de él habían cambiado de color y su pupila estaba dilatada. Estaba excitado con tan solo un beso de boca cerrada, y cuando de nuevo aplastó su boca contra la suya, Catka cedió ante su primer beso y él introdujo su lengua seductora para tocar la temerosa de Catka. Roman se preguntó por qué era tan mala besando, pero se tomó el tiempo de guiarla mientras alzaba más su cuello y saboreaba los dulces labios de Catka.
—Eres dulce como una cereza, lyubov’ —gruñó cuando lamió su labio inferior y la dejó respirar agitada ante la sensación que la recorría—. Si así saben tus labios, muero por probar el resto.
Catka respiró agitada cuando él tiró del camisón de seda hacia arriba y colocó su mano desnuda en su muslo delgado. Su piel estaba tibia, suave y tan delicada como la tela que la cubría. Roman volvió a besarla, y Catka apretó los brazos de Roman. Sus uñas se clavaron en su saco, y Catka alzó un poco la espalda de la cama cuando él ascendió la mano hasta el borde de su ropa interior y la rasgó con tanta facilidad, que ella se preguntó cuántas veces lo hizo. Roman estaba ansioso por probarlo todo, por saborear cada porción de su piel, y por ello sus dedos descendieron sobre su vientre hasta la piel delicada de su v****a.
Catka cerró los ojos con fuerza, y su corazón reventó. Estaba aterrada de que él la tocara donde nadie más la tocó jamás. Sus labios volvieron a los suyos, y Roman deslizó el dedo corazón entre los dulces pliegues y sobre su seductor clítoris. Catka sollozó por lo bajo y él sintió la cálida humedad sobre su piel perlada. Catka cerró más fuerte los ojos y las lágrimas cayeron de sus ojos. El temor que sintió cuando él solo la tocó por fuera, fue brutal, y cuando deslizó más abajo el dedo, ella rompió en llanto.
—Por favor, no me lastimes —suplicó—. Haré lo que sea.
Roman mordió su labio inferior y rozó su mejilla.
—Lo que haré jamás te lastimaría, Catka —dijo antes de recordar que solo una persona inocente pediría eso, y mirando sus ojos cerrados y sus lágrimas, lo entendió—. Eres virgen.
Catka nunca admitió o negó eso. Las personas a su alrededor le decían que ser virgen era una estupidez, y ella siempre mintió cuando le preguntaban si había perdido su virginidad. Supuso que en un momento como ese, con el dedo de Roman jugueteando sobre su clítoris y haciéndola sentir cosas que en su vida imaginó sentir, pensó en mentir para que él no la maltratara.
—No lo soy —mintió Catka.
Roman había estado con suficientes mujeres para saber si alguna era o no virgen, y ella le mentía. Roman era un hombre que odiaba las mentiras. Él era lo más transparente posible, y saber que ella le mentía descaradamente, no lo toleraría. Y Roman, tomando acciones rápidas para que no se repitiera, la tomó por sorpresa y le apretó el cuello con tanta rudeza que ella sollozó.
—No quiero que de esa pequeña boquita salga otra mentira, o tendré que ahorcarte para que me digas la verdad —gruñó levemente enojado porque ella no entendía sus simples reglas de vida—. Si no permití que mis hombres te lastimaran, es porque eres una diosa que veneraré de rodillas cada puto día, pero si me tientas, me mientes y me traicionas, te lastimaré sin piedad.
Los ojos de Catka estaban llorosos, y sus uñas raspaban el traje de Roman. Lo que le hacía era una señal del poder que tenía.
—Sería un placer lastimarte, lyubov’, pero el placer más grande proviene de ser lastimado por ti —dijo soltando su cuello y frotando sus labios antes de separarse para ordenarle algo.
Roman se quitó el saco, aflojó su corbata y rodeó la cama para acostarse junto a ella. Catka temió mirar a un lado. El ardor que el hombre le dejó en el cuello era severo, y le dolió mucho.
—Siéntate, lyubov’ —ordenó mirando el dosel de la cama.
Ella miró a un lado y las lágrimas cayeron de su nariz.
—¿Dónde? —preguntó temerosa.
Roman giró el cuello hacia ella y lamió sus labios.
—En mi boca —ordenó—. Te haré ver las malditas estrellas.
Catka tembló ante la propuesta de Roman, y más cuando él le repitió que se sentara sobre él. Ella no sabía lo que debía hacer, y él le dijo que elevara su camisón de seda y se sentara mirando hacia la pared. Catka le dijo que no podía hacerlo, y Roman, experimentado y con el menor pudor, la tomó de la cintura y la alzó. La colocó de rodillas sobre su torso y le sacó el maldito camisón por encima de la cabeza. Su cuerpo desnudo era una puta obra de arte, y sus pezones sabían a cielo cuando los llevó a su boca húmeda y movió la cintura de Catka sobre la erección en su pantalón. Catka estaba desnuda, desprotegida, y comenzando a sentir algo que en su vida había sentido por un hombre.
Roman saboreó sus pezones con la punta de la lengua, y le dijo que era tan cremosa como el glaseado, y que sus pezones eran tan adictivos como el vodka. Catka no sabía que hacer, y solo miró abajo, al poder que tenía sobre el hombre. No podía solo dejarse llevar, pero por un instante olvidó que era su prisionera, y se dejó alzar hacia la boca de Roman. Roman le dijo que se sostuviera sobre sus rodillas y bajara tan solo un poco para saborearla. Ella no sabía que podían hacer eso, pero cuando él abrió más sus piernas y miró su v****a rosada, húmeda y goteante, deslizó su lengua desde su entrada hasta su clítoris. Fue como lamer la tapa del yogurt, a excepción de que ella sabía mejor que el puto yogurt.
—Por todos los dioses —gimió Roman al llevar sus manos hasta sus nalgas y apretarlas mientras deslizaba su lengua reiteradas veces por su clítoris hinchado—. Tu sabor… ¡Maldita sea! Sabes a diosa, lyubov’. Quiero lamerte cada puto día de mi vida.
Catka sintió la necesidad de cerrar los ojos y de apretar el espaldar de la cama. Lo que él le hacía sentir, era mejor que cualquier cosa que hubiera experimentado con anterioridad. La estaba llevando al puto cielo con cada lamida. Roman apretó el clítoris entre sus labios y jugó con su lengua para excitarla más.
—Oh… Ah… Oh… —gimoteó ella—. ¿Qué haces?
Roman apretó más sus nalgas y la balanceó adelante y atrás.
—Enseñarte todo lo que te has perdido, lyubov’ —respondió.
Roman sintió la necesidad de frotar su clítoris con su pulgar y de lamer al mismo tiempo. Ella estaba perdiendo lentamente el control. No sabía por qué se sentía como si necesitaba que él aumentara la velocidad y hundiera más su lengua en ella, pero casi le suplicó que lo hiciera. Catka apretó más fuerte la cama y Roman sorbió su clítoris con fuerza hasta arrancarle otro gemido que cesó cuando lamió lento, con pausas, rápido, y luego lento de nuevo. La forma en la que la tocaba, era casi orgásmica. Y para cuando él sintió que ella comenzaba a temblar, aceleró sus lamidas y la hizo explotar en su boca. No tuvo un squirt, pero alcanzó el primer orgasmo que la hizo menearse sola sobre él.
Catka respiró agitada, con las manos aun en el metal de la cama. No entendía lo que había sucedido, pero se sentía liberada.
—¿Qué me hiciste? —preguntó mirando abajo.
Él la elevó y la sentó a horcajadas sobre su dura erección. Él pene de Roman casi entraba en la v****a de Catka, y estaba tan lubricada, que mojó la tela de su pantalón con su orgasmo.
—Eso, lyubov’ es un orgasmo, y será lo que te daré cada día con mi lengua —dijo Roman cuando la inclinó sobre él—. Esto es solo el abrebocas de lo que haremos. Te enseñaré el sabor que tienes.
Roman presionó la boca contra la de ella, y Catka se saboreó en su lengua y en sus labios. Roman apretó más duro sus nalgas y las dejó rojas por las palmadas que le daba mientras la besaba duro.
—Y si esto te gustó, cuando te penetre, te correrás tan duro, que me suplicarás volver a cogerte —dijo Roman antes de caer en cuenta que había roto con el deber de no tocarla antes de la boda—. Perdóname por haberte tocado antes de la boda, pero te juro que no pude soportarlo. Hueles a azúcar y canela.
Roman hundió su nariz en el cuello de Catka y ella cerró los ojos.
—Tú serás mi ruina, Catka Leva —dijo rendido ante ella.
Eso que tanto deseó, finalmente estaba ante él gracias a esa apuesta perdida de Oslo. Oslo le entregó a su hermana en bandeja.
—Esto es solo el inicio de nuestra vida de placer, Catka, y necesito que la siguiente vez que te toque, gimas mi nombre —dijo moviéndola lentamente sobre su dura erección y eyectando sus pezones por la fricción de la piel desnuda contra el pantalón—. Quiero escuchar mi nombre mientras te cojo duro y rápido.
Roman le dio un beso y le dijo que la vería en el altar para terminar de consagrarla como su primera esposa.