La Trampa del Bosque Leonid avanzó lentamente, con Viviana pisándole los talones. Aunque él había intentado persuadirla para que regresara a la cabaña, ella se negó rotundamente, insistiendo en que no lo dejaría solo. Cada sombra entre los árboles parecía una amenaza, cada crujido del suelo hacía que Viviana se aferrara más fuerte a su brazo. La risa, esa maldita risa, resonó de nuevo, esta vez tan cerca que ambos se detuvieron en seco. Leonid movió la cabeza hacia los lados, como un depredador que busca a su presa, mientras sus dedos se apretaban con fuerza alrededor del cuchillo. —Quien quiera que seas, sal de una vez. No tengo paciencia para tus juegos —gruñó, su voz cargada de rabia contenida. El silencio fue su única respuesta, pero no duró mucho. De repente, una figura emergió de

