prologo
El aire de la noche de Halloween siempre traía consigo un frío distinto, uno que calaba hasta los huesos, como si la propia oscuridad se apoderara del ambiente. La pequeña ciudad se sumía en el pánico cada 31 de octubre, aguardando en silencio, con las puertas cerradas y las luces apagadas, como si eso pudiera detenerlo. Él. El hombre sin rostro. Siempre con su máscara de Scream, con ojos vacíos que no mostraban piedad.
Era la misma historia cada año. Un cuerpo, luego otro, desaparecían en la penumbra de la noche, envueltos en gritos ahogados y miedo desesperado. Nadie conocía su rostro, ni siquiera su verdadero nombre. Solo sabían que volvía una y otra vez, como un cazador acechando su presa, incansable y brutal.
Pero aquella noche sería distinta.
Viviana se sentó en el borde de su cama, abrazada a su soledad. Los días pasaban en silencio para ella, llenos de risas que solo ella podía escuchar y conversaciones con sombras que la mantenían compañía. Su corazón, roto una y otra vez por promesas vacías, había dejado de creer en el amor. Y sin embargo, algo en ella aún ansiaba sentir. Algo profundo, aunque fuera una fantasía, la llevaba a soñar con un amor tan intenso como peligroso.
Mientras la ciudad se acobardaba en sus casas, Viviana dejó la ventana abierta. El aire frío la hizo temblar, pero no cerró. No. Algo en el viento le hablaba. O quizás era solo su propia locura, esa misma que la hacía reír cuando no debía, esa que la envolvía en un deseo inconsciente de escapar de la rutina.
Y entonces, él la vio.
Oculto entre las sombras, observó cómo Viviana reía sola, como si la desesperación fuera su única compañía. Algo dentro de él se agitó, una sensación desconocida, como si esta vez no se tratara solo de cazar. Ella, con su tristeza palpable, era diferente a sus otras víctimas. El hombre bajo la máscara sintió un extraño impulso: acercarse, no solo para matar, sino para conocer.
La ventana abierta era una invitación. El filo del cuchillo brillaba a la luz de la luna mientras avanzaba en la penumbra hacia su próximo objetivo. Pero esa vez, algo en su interior titubeó. Su mano, que tanto placer encontraba en la violencia, vaciló por primera vez en años.
Ella estaba rota, pero él lo estaba también.