capítulo 6

928 Palabras
Ecos en la Oscuridad El frío de la madrugada se había asentado en cada rincón de su habitación, envolviendo a Viviana como un manto pesado. Apenas había logrado regresar a casa desde el bosque, y aunque había intentado convencerse de que estaba a salvo tras esas cuatro paredes, su mente no se lo permitía. Él seguía allí, acechando en la oscuridad, en algún lugar cercano. Se dejó caer en la cama con la ropa aún puesta, los músculos tensos y el corazón palpitando con fuerza. Cerró los ojos por un momento, deseando que el cansancio finalmente la venciera, pero el insomnio la mantenía alerta. No podía olvidar el terror en su pecho, la sensación de ser observada en cada esquina. El silencio de su casa solo era interrumpido por los ecos de su mente, enredados en una mezcla caótica de ansiedad y dolor. Dolor por lo que había pasado en el bosque, pero también por lo que no podía arreglar en su vida personal. La sombra del amor que alguna vez creyó sentir, ahora era una herida abierta que latía cada día con más fuerza. Viviana suspiró, encendiendo su teléfono casi por inercia, deslizando la pantalla sin un destino claro. Era un intento desesperado de distraerse de la realidad que la asfixiaba, pero nada parecía aliviar su mente. De repente, la primera nota de "Big Boy" de SZA llenó la habitación, y un nudo se formó en su garganta. La canción resonaba en su alma de una manera que dolía. Era un himno de todo lo que anhelaba y todo lo que había perdido. "I need a big boy, give me a big boy..." Las letras la atravesaron como dagas. Ella también había querido a alguien. Había deseado con toda su alma sentirse amada, protegida... pero todo lo que había conseguido era el vacío. Ese vacío que ahora, más que nunca, se hacía eco en su interior. No había espacio para el amor en su vida. Cada vez que se había permitido abrir su corazón, la decepción había sido su única compañía. Había amado con una intensidad peligrosa, un amor que la había consumido lentamente, hasta dejarla rota. El estribillo de la canción continuaba, el ritmo suave pero lleno de tristeza. Viviana se llevó las manos al rostro, reprimiendo las lágrimas que amenazaban con escapar. El amor, para ella, solo había traído más oscuridad, y ahora esa oscuridad parecía haber invadido cada rincón de su existencia. La depresión la abrazaba, silenciosa y cruel. Se sentía cansada, más que cansada, estaba agotada de luchar contra todo. Contra el miedo que la atormentaba, contra los recuerdos de relaciones fallidas, y contra el dolor que sentía por lo que podría haber sido y nunca fue. La música la arrastraba a ese abismo emocional, cada verso resonando con una verdad que era difícil de ignorar. No era solo miedo lo que sentía. Era el dolor de haberse enamorado de personas equivocadas, de haber dado su amor sin recibir nada a cambio, y de estar tan rota por dentro que sentía que no había vuelta atrás. Se levantó de la cama de repente, incapaz de seguir quieta. Caminó por su habitación como un fantasma, descalza y temblorosa. No podía escapar de sus propios pensamientos, y la canción seguía reproduciéndose en un bucle interminable, como si supiera exactamente lo que necesitaba escuchar, pero también lo que más la hacía sufrir. “Necesito un chico grande…” ¿Pero qué chico podía salvarla ahora? ¿Qué amor podía llenar ese vacío cuando todo lo que había conocido era dolor? Él estaba allá afuera, el cazador, el hombre de la máscara. Y, de alguna manera, incluso esa figura aterradora parecía una personificación de todo lo que había fallado en su vida amorosa. El terror que él le producía estaba ligado a la misma desesperanza que sentía en lo profundo de su ser. Apagó la música de golpe, dejando que el silencio de la casa la envolviera nuevamente. El silencio era peor. La mente de Viviana volvía una y otra vez a la misma pregunta: ¿por qué no era suficiente? ¿Por qué su vida parecía estar tan rota? Incluso antes de todo esto, incluso antes de verlo a él en la fiesta, ya había sentido que algo en su vida estaba colapsando, un sentimiento de soledad inescapable. Se asomó a la ventana, con las manos apoyadas en el frío cristal. Afuera, el viento soplaba con fuerza, moviendo las ramas desnudas de los árboles. El bosque. Los recuerdos de esa noche en el bosque la golpearon con fuerza, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Sabía que, en algún lugar de ese vasto y oscuro terreno, él seguía acechando. El hombre de la máscara. Lo que había sentido no era solo un temor irracional, era real. Él la quería a ella. Sabía que la cacería aún no había terminado, y la idea de enfrentarlo de nuevo le revolvía el estómago. Mañana sería 31 de octubre. Halloween. La fecha en que las barreras entre lo real y lo irreal se volvían borrosas, y ahora parecía que su vida estaba entre esas dos líneas. La pesadilla estaba lejos de terminar. Viviana cerró los ojos por un momento, intentando calmar su mente, pero solo lograba escuchar su respiración entrecortada. No importaba lo que intentara, el peso del terror y la depresión la hundían cada vez más en un abismo. Mañana, lo sabía, sería la noche en que todo cambiaría. La noche en la que la caza realmente comenzaría. Y ella, aunque no quería admitirlo, estaba perdiendo la esperanza de escapar.
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