A esas horas de la madrugada, Mateo se dirigía con sigilo a las cocinas del último patio, rogando porque Aurora o, quizás María, se hubiesen apiadado de él le hubiesen dejado algo de comida. Tenía hambre y sueño. Demasiado sueño y para peor de los males, todavía le quedaba demasiado trabajo por terminar. «Al menos lo importante ya lo hice …» Pensó mientras caminaba por los pasillos a oscuras. Había prometido tener la mitad del primer manuscrito terminado para el día siguiente y no solo lo había cumplido, sino que además, había conseguido llegar a más de los tres cuartos. Le habría gustado terminarlo, pero tenía que seguir con las cartas que le había pedido Madame Adelle. No era que lo hiciera por puro gusto, sino que, necesitaba tener los trabajos hechos si quería tenerlos a ambos a su

